Diario de campo

México y Guadalupe

El guadalupanismo mexicano es un fenómeno que rebasa lo netamente religioso. Mucho se ha escrito sobre la trascendencia de esta identidad sobre la construcción de la mexicanidad. Desde que en el siglo XVIII los precursores del nacionalismo mexicano e hispanoamericano buscaron referentes simbólicos que sustentaran la originalidad y derecho de existencia del ser americano, en contrapunto con lo viejo e impuesto desde Europa, abrazaron con entusiasmo los despojos de las viejas naciones derrotadas y humilladas del nuevo mundo. Los convirtieron en los “clásicos” grecolatinos del Nuevo Mundo, civilizaciones misteriosas y desconocidas, pero por lo mismo muy útiles para sus fines.

Los criollos, esos hijos y nietos de los colonizadores ibéricos, se sintieron cada vez más incómodos con su situación subordinada y discriminada. El sistema de castas los ubicaba en una posición de inferioridad racial y social, y les impedía el acceso a posiciones de elite y privilegio equivalentes a la de los gachupines puros. Las medidas políticas y administrativas que aplicaban los ambiciosos y despóticos reyes Borbones permitieron la expoliación sistemática de las empresas y negocios de criollos y mestizos, lo que añadió un componente material y económico a la indisposición ideológica creciente de los naturales de la Nueva España.

Los símbolos de identidad cultural cumplirían un papel fundamental en la gestación del nuevo patriotismo criollo, ese que luego fue designado como “lo mexicano”. Es aquí cuando los mitos y ritos prehispánicos son retomados de manera interesada por los precursores de la nueva nacionalidad. Quetzalcóatl, por ejemplo, fue relacionado por criollos jesuitas, como Clavijero, con Santo Tomás evangelista, para tumbar la única justificación moral de la conquista: la evangelización de los indios impíos y sacrílegos.

El mito guadalupano, como lo ha mostrado Jacques Lafaye y David Brading, cumplió un papel fundamental en la conformación y consolidación de la nueva conciencia americana, que luego sería la base del nacionalismo mexicano de los siglos XIX y XX. El mito poseía profundas raíces en la ritualidad indígena del centro de lo que hoy llamamos México. Es una advocación de la madre tierra Coatlicue, Tonantzin “nuestra madre preciosa”, que se veneraba en el Tepeyac. La de la falda de serpientes, madre virgen del dios del sol Huitzilopochtli el “colibrí zurdo”. Era muy fácil hacer el paralelismo con María, la madre virgen de Jesús, pero en una advocación morena, española pero indianizada.

La imagen resultó muy poderosa, y se convirtió en el referente del éxito evangelizador. De ahí, la Guadalupe evolucionó desde lo religioso hacia su adopción como símbolo político y de unidad de los americanos, tanto criollos como mestizos e indios. Su vinculación con el nacionalismo mexicano sólo fue incrementándose, hasta que ya no hay manera de desvincularlos, al punto de que con frecuencia la imagen guadalupano desplaza al escudo nacional dentro de la bandera tricolor.

En cuanto a su ascendiente popular, no hay celebración que supere la capacidad de convocatoria del 12 de diciembre. Ni siquiera la del grito del 15 de septiembre o cualquier otra conmemoración. Su fuerza es tal que aunque no entra en los días feriados oficiales, las empresas, instituciones y gobiernos no pueden evitar conceder el día inhábil.

Lo que hoy llamamos México no existiría sin estos elementos de identidad, que amalgaman al cuerpo de la nación. La viabilidad de nuestro país ha sido amenazada con frecuencia, tanto por factores externos como internos. Precisamente como los retos que hoy día enfrenta el Estado y sociedad mexicanos. Yo no soy religioso, pero pondero el valor que tiene la fe para que los conjuntos sociales se amalgamen en torno a creencias, símbolos, mitos de origen común –non fecittaliteromninatione- y ritualidades –como las peregrinaciones y prácticas religiosas. En fin, que nadie puede negar que Guadalupe es México, y viceversa.

(*) Antropólogo social. Consejero electoral del Instituto Electoral del Estado de Guanajuato. Profesor ad honorem de la Universidad de Guanajuato.

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