Diario de campo

Herminio Martínez, el escribidor

El domingo 17 de agosto pasado recibí por la red social un mensaje desde la cuenta de mi querido amigo y laureado escritor Herminio Martínez Ortega. Era evidente que lo había escrito alguna de sus hijas, tal vez Lluvia, dando a conocer el fallecimiento de su padre en la madrugada de ese día. Me sorprendió y dolió mucho. Los amigos del escribidor, nacido hace 65 años en Cañada de Caracheo, habíamos estado muy al pendiente de su larga batalla contra el maligno cáncer que le aquejaba. Tres difíciles intervenciones habían resultado aparentemente bien, y alimentaron nuestra esperanza de que la fuerza y buen humor de nuestro cronista de Celaya le permitirían salir del trance. Desgraciadamente el mal superó las atalayas de su cuerpo mortal, y apagó una de las luces literarias que más han brillado en el Bajío, su querida tierra.

No recuerdo cuando conocí a Herminio. Tengo la sensación de que lo conocí siempre, aunque en persona debí encontrarlo allá por los años ochenta, y creo que fue en el Centro de Investigaciones Humanísticas de la Universidad de Guanajuato, donde ejercitaba el estudio de la literatura. Mi padre me había recomendado leer su novela recién publicada, Hombres de temporal, que él juzgaba como una de las mejores obras del joven escritor provinciano. No me decepcionó. Su limpia prosa era la del hombre del campo: llana, sincera, alegre, y con los arcaísmos que tanto musicalizan los dichos de los mayores, que huelen a tierra mojada. Compartí con Herminio mis impresiones, y desde entonces me agregó como su amigo y tuvo la deferencia de enviarme varios textos adicionales conforme los fue publicando, que coleccioné y leí con fruición. Recuerdo con deleite sus Cantos de Machigua, que me trasportaron de nuevo a sus querencias campiranas.

Sus novelas históricas evidenciaban otra característica del escribidor: su amor por la historia, en particular la regional. Su sapiencia sobre este campo era admirable, a pesar de que su formación académica lo ubicaba en el ámbito de la filosofía y las letras. Y es que Herminio era un devorador de libros, un autodidacta en muchos campos, y un procesador de hechos dentro de su magnífica imaginación, que nos permitió experimentar la humanidad y los sentimientos de los personajes que recreó: así podemos escuchar los pensamientos del conquistador, gracias a su Diario maldito de Nuño de Guzmán, percibir los dudas y requiebros de Cristóbal Colón en Las puertas del mundo, o avistar las faenas de los Montejo en Yucatán en Invasiones del paraíso, y así en muchas otras obras que evidencian que la literatura puede ser un excelente recurso para ejercitar la hermenéutica histórica.

Su producción poética y de narrativa –cuento y novela- le valieron un número impresionante de premios nacionales e internacionales. Conté dieciséis en una reseña publicada por la prensa. No me sorprende, porque Herminio nunca fue timorato ni parroquial: se lanzaba a los grandes ruedos del escenario literario global. Por eso varias obras suyas se tradujeron y circularon en otros países. Proyectó su obra y ganó reconocimientos que lo ubicaron como el mejor escritor vivo de Guanajuato. Lo mereció.

Y todavía tuvo el tiempo y la afición para dedicarse a la política: buscó la gubernatura y luego la senaduría bajo las siglas del PRD. Era un hombre progresista, de izquierda. Esa aventura le costó que en el 2000 el Congreso del Estado le negara el premio estatal Miguel Hidalgo, que ya se había anunciado en su favor. La mezquindad de los políticos fue respondida por la solidaridad del gremio artístico e intelectual de la entidad, que condenó la grosería. Yo publiqué entonces: “Por lo pronto le envío a Herminio Martínez una felicitación por el premio no otorgado, que considero le pertenece moralmente. También te deseo suerte en tu lid electoral, aunque con franqueza, querido Herminio, me cuesta mucho trabajo imaginarte sumergido en las solemnidades del cuerpo senatorial, metido en el laberinto de los menesteres legislativos y distrayendo un tiempo valiosísimo a tu industria de la palabra. Por eso creo que me has metido en un dilema: votar por ti casi sería resignarse a una merma en el legado cultural que recibirían nuestros hijos.”

Me pregunto: ¿en qué nuevas lides y aventuras andará metido nuestro escribidor, en donde quiera que se haya ido?

(*) Antropólogo social. Profesor investigador de la Universidad de Guanajuato.

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