Diario de campo

Futbol y mitologías nacionalistas

Un largo campeonato del mundo ha distraído las conciencias de los ciudadanos sobre los asuntos importantes de los países en particular y del mundo en general. Durante este periodo futbolero prácticamente no hay noticias que compitan con los resultados de los partidos y sus comentarios adláteres. Ni siquiera la masacre de Gaza perpetrada por la aviación israelí, que bombardeó “objetivos militares” pero se llevó entre los pies a una cantidad aún no clarificada de personas inocentes, entre ellos niños. Las famosas “bajas colaterales”, que de colateral no tienen nada, son un termómetro que nos permite medir el salvajismo al que con frecuencia nos atrevemos los seres humanos. Nos odiamos los unos a los otros por razones fútiles; muchas veces basadas en esa mitología a la que denominamos “nacionalismo”.

El futbol es un deporte noble, por ser accesible a cualquier persona que pueda patear. Sólo requiere de una pelota –o una lata–, un campo y un par de piedras que marquen la portería. Así los jugamos muchas veces en nuestra infancia. El futbol llanero le proporciona diversión y deporte a miles de mexicanos de escasos recursos, y los aleja de la ociosidad negativa, la violencia y las malas tentaciones. Por esa razón me parecen loables las iniciativas de grandes corporaciones como la Coca-Cola o Telmex que impulsan ligas populares, donde participan cientos de equipos de todo México. Lástima que otro gran patrocinador de esas ligas sea la Corona, que obtiene pingües ganancias por expender su bebida embriagante, que luego se convierte en el detonante de la violencia llanera.

Por otra parte el futbol, como ese gran negocio en poder de la FIFA, se ha transformado en un espectáculo cada vez más ridículo y extremo. Los gobiernos y sus ligas nacionales compiten encarnizadamente por ser la sede del siguiente gran certamen, para el que tienen que comprometer enormes inversiones en infraestructuras que después no tendrán mayor beneficio para las poblaciones locales, como sucederá con el enorme estadio que se construyó en Manaus, en medio del amazonas, en una ciudad que no tiene equipo profesional y donde sólo se verificaron cuatro partidos del mundial. Los miles de millones de dólares, sobre todo públicos, se justifican en función de la “promoción” turística y la “derrama” económica que supuestamente dinamizarán a las economías locales. Si fuera así, México debería ser una potencia económica luego de haber organizado dos mundiales, mientras que Corea, que le tocó la mitad de uno, debería estar a la zaga de nuestro país.

En lo personal me irritan las exclamaciones nacionalistas que rodean a los partidos y eventos de los campeonatos de la FIFA. Por supuesto, siempre será mejor que la violencia y los odios irracionales se canalicen por una vía pacífica como el deporte, incluso el profesional. Pero en los estadios la masa expone lo peor de nosotros: el desprecio hacia el diferente, hacia el otro. Por eso somos capaces de expresar a grito pelón, refugiados en el cómodo anonimato, nuestros odios raciales, nuestra homofobia y demás prejuicios irracionales. Incluso la frustración violenta ante la derrota, como sucedió en Brasil luego de la goliza que les propinó un robótico pero efectivo equipo alemán.

Los nacionalismos se basan en mitos y en ritos. Un  mito es una creencia compartida por un grupo social alrededor de alguna historia extraordinaria que les da sentido de origen y unidad. En torno a de ese mito se tejen ritos, como el del deporte nacional. Queremos creer que los equipos son “representativos” de las naciones. Falso: son representativos de las federaciones profesionales, que con frecuencia son nidos de corrupción. No basemos nuestra identidad como país en esos falsos ídolos. Son parte de un show de paga; es todo.

* Antropólogo social. Profesor investigador de la Universidad de Guanajuato, Campus León

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