Diario de campo

Energía sin ideología

El alud de reformas que se ha desatado en lo que va del gobierno del presidente Peña Nieto ha tenido efectos contrastantes entre los actores políticos y la opinión pública: desde los que aprueban los cambios aseverando que significan un enorme salto hacia adelante, hasta los que los rechazan tajantemente con argumentos que se fundamentan en el nacionalismo o en la descalificación apriorística.

En lo personal, considero que durante décadas los mexicanos nos quejamos de la inmovilidad del sistema productivo y estructural de nuestro país, debida a las resistencias de grupos de interés y atavismos al pasado. Demandábamos que nuestros gobernantes fueran capaces de sacudir esa molicie para recuperar el camino del crecimiento. Muchos países nos rebasaron gracias a su capacidad de cambiar y adaptarse a las exigencias de la posmodernidad, mientras que en México nos aferrábamos a esquemas mentales y políticos propios de la posguerra y la posrevolución.

Entre los elementos simbólicos que nos impedían transformarnos estaba –y está- el nacionalismo aislacionista que caracterizó a nuestro país hasta los años noventa. El nacionalismo fue un recurso identitario que nos dio viabilidad como país independiente, y garantizó un desarrollo sostenido durante las décadas del modelo del “desarrollo estabilizador”. Pero la globalización convirtió en anacrónico al modelo, y la incapacidad de mudarlo con oportunidad explica las terribles crisis económicas que se desataron entre 1976 y 1995.

México tuvo que transformar su modelo de desarrollo, pero lo ha hecho a tumbos y sin consistencia. El último gran periodo de reformas estructurales se dio entre 1992 y 1995. Luego se volvió a caer en la inmovilidad. Sólo en esta administración federal se han vuelto a retomar los grandes pendientes en muchas áreas estratégicas, entre ellas la cuestión energética, que hoy está siendo sometida a cirugía mayor. Pero no sin resistencias.

Los debates que hemos presenciado entre los actores políticos sobre los asuntos del petróleo, la electricidad, la energía, y su aprovechamiento y transformación, me han convencido de que los mexicanos no tenemos idea de qué tipo de país queremos heredar a nuestros hijos. Veo con preocupación que no se dan discusiones fundadas en argumentos técnicos y objetivos, sino más bien sobre discursos ideológicos y prejuicios, con constantes referencias hacia un pasado añorado. No puedo entender que se revivan los fantasmas del nacionalismo más rústico para defender el aislacionismo que tanto daño nos ha hecho.

La pretendida defensa del petróleo se confunde con la defensa de la soberanía. En realidad el petróleo nos ha hecho un país dependiente y estancado. Nos hemos acostumbrado a los fáciles ingresos petroleros, y no hemos sabido construir un sistema tributario eficiente, justo y generalizado. PEMEX fue sangrado durante décadas por el fisco, y se le impidió crecer como una empresa normal. Los pasivos que acumuló se explican en buena parte por esa extracción brutal de utilidades, lo que le impidió crecer sus activos, entre ellos un fondo de pensiones que le permitiera responder a las exigencias laborales futuras.

El hecho duro es que hoy somos terriblemente dependientes de un recurso finito, y que debemos aprender a no serlo más. La reforma del sector me parece un buen paso en esa dirección, pues le otorga a PEMEX y la CFE el carácter de empresas, aunque públicas, y se les obliga a competir en un mercado abierto. Dejarán se ser monopolios públicos. El Fondo Mexicano del Petróleo me parece una excelente idea, sobre todo si se le respeta la autonomía de gestión. El que vaya a depender del Banco de México y no de Hacienda será una garantía de esa potestad. Sólo transferirá recursos al gobierno federal hasta por el 4.7% del PIB; si se supera esa proporción se formará un fondo de largo plazo, a la manera como se hace en Noruega. Por primera vez se piensa en las generaciones futuras.

Independientemente de los debates bañados de ideología, considero que es mejor correr el riesgo de equivocarse a quedarse paralizado por el miedo al cambio. Las añoranzas del pasado no nos van rescatar de nuestra depresión nacional. Ya es tiempo de que los mexicanos volteemos hacia el futuro y nos atrevamos a ser lo que podemos ser.

(*) Antropólogo social. Profesor investigador de la Universidad de Guanajuato, Campus León

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