Diario de campo

Descalificando al árbitro

Se está convirtiendo en una fea costumbre en nuestro país la de socavar las bases de confianza de las instituciones nacionales.

La presunta crisis en que muchos actores políticos quieren ver sumido al consejo general del Instituto Nacional Electoral (INE) es, desde mi opinión, un intento más de desviar la atención pública nacional de los grandes asuntos que deberían recibir más atención de parte de esa clase política, como son las diversas urgencias que atravesamos en campos como la violencia social, la corrupción, la baja calidad de la educación, la crisis petrolera, el desempleo, la informalidad económica y demás apremios que atravesamos. Entre ellos está también el descrédito de las instituciones, sobre todo las de representación política.

Hay que decir que en los instrumentos demoscópicos que han medido el nivel de confiabilidad de diversas instituciones nacionales, el antiguo IFE y el actual INE no han salido mal librados. En el Informe País sobre la Calidad de la Ciudadanía en México, que publicó el antiguo IFE en junio del año pasado, aparece una evaluación de esa confianza ciudadana: el ejército era el más confiable (62%), luego los maestros (56%) y las iglesias (55%). Fueron seguidos por el gobierno federal (36%), las ONG’s y el IFE (34% ambos), las organizaciones de ayuda para las adicciones (33%), las organizaciones vecinales y los medios de comunicación (32% ambos). Más abajo los gobiernos estatales y municipales(30%), los empresarios (27%), los jueces (24%), la policía (22%) y los sindicatos (21%). Hasta el fondo se ubicaron los partidos políticos (19%) y los diputados (18%). Es decir que ante la población general el órgano electoral es casi dos veces más confiable que los actores de la política.

Haciendo metáfora con un juego de futbol, no me sorprende que los jugadores, al verse incapaces de desplegar un buen lance, la emprendan contra el árbitro al acusarlo de parcialidad cada vez que marca alguna falta. Así interpreté el “levantón” de los representantes de los partidos políticos de la sesión del 18 de febrero. El argumento de los “dos bloques” de consejeros –unos buenos, otros malos– me pareció aventurado e interesado. He sido un observador cuidadoso de los debates y las votaciones en el consejo general del INE, y lo que he visto es que el sentido del voto de cada consejero cambia con gran facilidad, en función de sus convicciones personales, nada más. En esas convicciones pueden transparentarse ideologías y doctrinas, como las que todos profesamos dentro de nuestra libertad de opinión y opción políticas. Eso es totalmente válido e incluso deseable, porque la pluralidad conduce a la objetividad. Lo que debe cuidarse con gran esmero es el profesionalismo en el desempeño de la función arbitral, no las filias ideológicas a las que todos tenemos derecho.

Mi querido colega y amigo Javier Santiago Castillo, profesor de la UAM-Iztapalapa y hoy consejero general del INE, publicó ayer un artículo en El Sol de México (“Mayorías y minorías en el Consejo General del INE”) donde expone cifras sobre el comportamiento del voto particular de los consejeros. Su argumento es en favor de la pluralidad que ha exhibido ese cuerpo colegiado a la hora de decidir sus acuerdos. Comportamiento muy lejano al que se podría esperar si en efecto existieran esos dos bloques, que serían imposibles de disimular considerando que en casi diez meses (4 de abril de 2014 a 29 de enero de 2015) el consejo sesionó 57 veces, y se emitieron 521 votaciones, de las 381 fueron unánimes (73%) y 140 por mayoría (27%). En estos últimos casos, la distribución de los votos particulares de los consejeros ha sido muy heterogénea y dispersa, según los datos del articulista, y haría falta una gran imaginación para ver uniformidades o cofradías.

Los “levantones” de cualquier mesa de diálogo me parecen un recurso paupérrimo en términos de lógica argumentativa. Están dirigidos a atraer la atención mediática, o bien para que el representante gane puntos ante su partido. Luce bien escupirle al árbitro y acusarlo de parcialidad, cuando fueron los propios partidos quienes reclutaron a los miembros del órgano de gobierno. Una contradicción de origen. Por eso resurgen las voces en favor de un cambio en el proceso de selección de los consejeros generales, que yo suscribo. Pero no se vale inventar el coco y luego asustarse con él.

Considero que se está convirtiendo en una fea costumbre en nuestro país la de socavar las bases de confianza de las instituciones nacionales, como también le está sucediendo a nuestras fuerzas armadas. Los intereses de grupo o de partido no deben ser superiores a los intereses de la Nación. Por eso nos conviene a los ciudadanos seguir otorgando nuestra confianza a los órganos del Estado que nos permiten resolver nuestra natural conflictividad, con los recursos civilizatorios del Derecho y el respeto mutuo.

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(*) Antropólogo social. Consejero electoral del Instituto Electoral del Estado de Guanajuato. Profesor ad honorem de la Universidad de Guanajuato.

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