Diario de campo

Crimen y castigo

Nuestra conducta se ve determinada por factores externos, sociales, que nos impulsan incluso a conductas anómicas, antisociales.

Debo confesar que estoy preocupado con la política de seguridad pública y nacional del actual gobierno federal. No desconozco el valor de la captura del Chapo Guzmán y de otros capos de la delincuencia organizada, pero creo que son medidas tan espectaculares como ineficaces en el largo plazo. Esos líderes serán pronto reemplazados por otros secuaces, parientes, lugartenientes y demás acompañantes segundones, con el agravante de que se pulverizarán los cárteles en medianas y pequeñas células independientes, dirigidas por capos de segundo y tercer nivel. Ese fue precisamente el error del presidente Calderón, que privilegió la espectacularidad sobre la labor de zapa y de inteligencia que socavara los fundamentos de las mafias.

Sin ser experto, pero eso sí un lector ávido de trabajos de indagación sobre el tema, como los que han publicado las revista Nexos, Proceso y Este País, además de otros medios serios, me pregunto si la estrategia actual, a la que sólo le veo de diferencia con respecto a la de la administración federal anterior la discreción y el cuidado en su política de comunicación social sobre el tema, no estará repitiendo errores ya apuntados por los estudiosos. Esto se evidencia en la confusa actitud oficial ante las autodefensas de Michoacán y Guerrero: al mismo tiempo que se les persigue y encarcela, se negocia con sus líderes y en chico rato se les contrata como policías rurales, en una inquietante referencia a los rurales porfirianos que sembraron el terror en el campo mexicano. Eso sí, éstos fueron efectivos, a cambio del exterminio tanto de bandoleros como de inocentes.

El fondo del problema es que el Estado mexicano se ha evidenciado corto ante una criminalidad estimulada por la crisis económica, la falta de oportunidades y la vecindad con el mercado consumidor de drogas más grande del mundo. Esto último, nuestra ineluctable vecindad con ese país, está fuera de nuestro control. Pero en cambio la crisis y la pobreza sí están dentro de nuestra esfera de posibilidades. 

Los más de cien mil mexicanos victimados mortalmente por la guerra contra el crimen organizado –que no ha acabado, sólo se ha silenciado- optaron por trasgredir la ley no por un gusto natural o voluntario, como muchos obtusos han querido interpretar. La voluntad individual tiene límites estrechos; eso nos lo demostró hace más de cien años Émile Durkheim, el padre de la sociología. Nuestra conducta se ve determinada por factores externos, sociales, que nos impulsan incluso a conductas anómicas, antisociales. El hambre, la necesidad y la escasez crónicas provocan desesperación y deseos incontrolables de poseer satisfactores como los que pavonean los afortunados ricachones, que no ocultan su gasto suntuario. ¿Cuántos vehículos de lujo vemos circular por las calles de las ciudades mexicanas?: Hummers, BMW, Mercedes, Lincoln, incluso Lamborghini y Ferrari. Las residencias ostentosas no son raras en ciudades de todo nivel, exhibiendo riquezas bien o mal habidas.

Vivimos en una sociedad que se ha acostumbrado a sus contrastes, y finge aceptarlos. Pero los excluidos aparentan resignación por temor, para luego reaccionar con violencia a la menor oportunidad. Delinquir es una opción ante la desesperanza. Ahora los mexicanos nos tenemos miedo, algo que no ocurría desde la Revolución. Ya no creemos en los vecinos ni en los conocidos, porque nos pueden robar si nos descuidamos. Algo que no sucedía hace veinte o treinta años, cuando los mexicanos compartíamos el optimismo y la noción de progreso inter generacional.

Termino esta reflexión dando gracias al gobierno municipal de Guanajuato y a su corporación policiaca, al alcalde Luis Fernando Gutiérrez y al director de seguridad pública Samuel Ugalde García, por el ágil y contundente apoyo que mi familia recibió de la corporación policiaca municipal, cuando en la madrugada del jueves 20 pasado acudieron al llamado que les hizo mi esposa ante la irrupción de ladrones en la casa de mi hermano Jorge, mi vecino, ausente en ese momento. Los policías llegaron en diez minutos y desplegaron un eficaz operativo que condujo a la captura de uno de los malhechores. Nos impresionó el profesionalismo de los elementos participantes, su cortesía y valentía. Quiero dejar patente mi agradecimiento y mi deseo de que la agrupación mantenga ese espíritu de servicio, comprometida con la seguridad de los ciudadanos y el mantenimiento de su prestigio institucional. Gracias.

(*) Antropólogo social. Profesor investigador de la Universidad de Guanajuato, Campus León

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