Diario de campo

Aprender a amar

Creo que nunca he escrito algún texto sobre el amor. Supongo que ha sido por temor a ser tachado de cursi o de verme consecuente con la comercialización galopante del festejo de San Valentín.  Detesto la cursilería y la mercadotecnia del suceso, pero debo confesar que me atrae la idea de manifestar los buenos sentimientos que me despierta mucha gente, tanto en mi familia como mis amigos. Sin pena confieso que amo a mi esposa, amo a mis hijos, amo a mis hermanos y amé mucho a mis padres. También amo a los amigos que aún conservo de mi infancia, adolescencia y juventud. Amo a mis primos hermanos y a los tíos que aún me quedan. Y he aprendido a amar a muchas personas que en un principio me fueron indiferentes, o incluso vi como rivales.

En cambio, no puedo amar a muchos vivales que ejercen la violencia contra los demás, excusándose en la crisis y la carencia de oportunidades. Detesto a los criminales que hacen sufrir a mi patria y a mis semejantes. Soy incapaz de justificar a quienes encontraron la vía fácil mediante el engaño, la amenaza, la extorsión, el secuestro y el crimen para ganarse la vida a costa del sufrimiento ajeno. Odio a los engañadores que obtienen ganancias a costa de la ingenuidad y la buena voluntad de los demás. Lo digo por vivencia personal, pues yo y mi familia hemos sido víctimas de los extorsionadores telefónicos. Los detesto.

Pero con esa notable excepción, puedo afirmar que no me cuesta trabajo amar a los demás. No por ser muy bueno, o santurrón: es que así me educaron mis padres. Nadie nace amando, pues el ser humano es fundamentalmente egoísta; lo es por necesidad de supervivencia, no por poseer una naturaleza maligna. El hombre como lobo del hombre, afirmaba Hobbes. Por eso se aprende a amar a los demás, a superar la natural desconfianza, el inevitable narcisismo personalista. Y se aprende imitando a los que aman. En ese sentido puedo afirmar que mi principal maestro en el amor fue mi abuelo materno, el médico de pueblo Miguel Ramírez Tinoco, quien dedicó su vida a ayudar a sanar a miles de personas humildes del sur de Guanajuato, en Yuriria y su región. Como partero, atendió centenares de partos de campesinas humildes. Como cirujano, operó un sinfín de heridas y dolencias de labriegos que no tenían acceso a ningún servicio de salud. Fue un hombre fabulosamente rico: rico en el amor que recibió en retribución a sus esfuerzos.

Recuerdo aquella campaña de mercadeo de los años setenta, cursilona, que rezaba “Amor es nunca tener que pedir perdón”. Creo que la frase fue tomada de una película que hizo época: Love Story, con Ali Mac Graw y Ryan O’Neal. Se estrenó en 1970, y la vi cuando yo era un adolescente enamorado de una compañera de escuela. Por supuesto que el filme me marcó e idealicé el modelo Mac Graw, de la bella chica de pelo oscuro y lacio. Ese fue mi ideal de belleza femenina, aunque también relacioné el amor con la adversidad, al estilo de la película. Algunos noviazgos fallidos parecieron confirmarme el patrón. Años después me casé con una mujer de pelo oscuro, aunque no lacio, y nunca hubo desgracia, para mi buena fortuna.

Amar es una buena decisión al final de cuentas. El odio conduce al ostracismo y a la frustración, además de avinagrarle a uno la existencia. Pero no me parece buena idea amar sin reservas, a la manera cristiana, porque abrirle el corazón a cualquiera puede ser peligroso: no falta quién te lance la cuchillada traicionera, abusando de tu ingenuidad. He conocido personajes taimados que me mostraron la máscara amable antes de develar el rostro canino. Por eso pienso que, al igual que los buenos vinos, al amor hay que decantarlo y dejarlo respirar antes de degustarlo con confianza. Hay que evaluar a las personas antes de acogerlas en las profundidades sensibles de tu alma.

Además de las personas, hay que aprender a amar a los animales, a las plantas y a los lugares. Ama a tu mascota, y al animal desprotegido. Cultiva tus plantas, y respeta la vida silvestre. Venera tu suelo, tu barrio y tu ciudad. Ama a tu país, aunque critiques con severidad a los que lo regentean. Ama al planeta y goza del universo donde nuestra presencia vital fue posible. Aunque no soy religioso y rechazo la idea de un Dios, amo a la esencia superior que nos hizo posibles. Agradezco la posibilidad de vivir, y de poder amar y ser amado. Al final, amar nos hace personas humanas, y a lo mejor también divinas.

Antropólogo social. Profesor investigador de la Universidad de Guanajuato, Campus León.

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