Diario de campo

Agresión a la información

La agresión a la periodista Karla Silva, corresponsal del periódico El Heraldo de León en el municipio de Silao, Guanajuato, representa un ataque en contra de todo el gremio de los informadores del estado y del país. No puede aceptarse un asalto como el que perpetró un trío de rufianes en contra de dos mujeres indefensas, en las oficinas del periódico en el centro mismo de la ciudad, el 4 de septiembre pasado. Al enterarnos del atentado, muchos temimos que el crimen quedara impune, porque era muy evidente que tenía un móvil político: uno de los rufianes le espetó a la víctima que le “bajara de huevos” a sus notas. A pesar de ello los pillos intentaron simular un robo, para distraer la atención del verdadero origen del ataque. Se vieron así no sólo violentos, sino estúpidos.

Afortunadamente la procuraduría estatal, a cargo del fiscal Carlos Zamarripa, actuó con presteza y evidenció profesionalismo al arrestar en poco tiempo a los responsables, y dar a conocer que quien ordenó la agresión fue el director de seguridad pública del gobierno municipal, Nicasio Aguirre, quien hasta hoy se mantiene en fuga. No hubo encubrimiento, y se aprovecharon las nuevas tecnologías de vigilancia que el programa “Escudo” ha instalado en todo el estado.

Al día de hoy hay cuatro implicados presos, y el fugado jefe de la policía no tardará en caer. Sin embargo, muchos nos preguntamos si ahí termina el asunto, porque la línea de mando de las fuerzas públicas municipales continúa hacia el alcalde Benjamín Solís Arzola, a quien aún no se le convoca a declarar. Es difícil creer que el jefe de la policía haya tenido tanta iniciativa personal como para decidir esta “calentadita” contra la periodista por las 25 notas críticas que publicó, no contra la policía, sino contra el alcalde. Las circunstancias hacen pensar que la responsabilidad no acaba ahí, y no me refiero sólo a responsabilidades penales, sino también políticas.

La libertad de expresión es uno de los derechos humanos más delicados, más vulnerables. Nuestro país ha ganado el triste campeonato mundial de agresiones y asesinatos contra informadores. Según la organización internacional Reporteros Sin Fronteras (RSF) y su barómetro de la libertad de prensa, en lo que va de este año –sólo nueve meses- han perdido la vida 52 periodistas en el mundo, uno de ellos en México. En la página web de RSF ya se publicó el caso de Karla (es.rsf.org/mexico.html), con lo que Guanajuato se suma a las entidades inseguras para ejercer el oficio de la información. Así lo reportea RSF:

“Karla Janeth Silva Guerrero ha sido muy crítica con el gobierno del presidente municipal de Silao […]. La periodista ha denunciado la carencia de servicios municipales, la inseguridad, la falta de transparencia y el derroche de recursos del municipio. Sus textos le han valido numerosos reclamos de funcionarios locales, quienes varias veces han intentado obstaculizar su trabajo. La periodista afirmó que no cabía duda de que los agresores habían sido enviados por uno de esos funcionarios.”

RSF afirma que México se encuentra en el lugar 152, entre 180 países, en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa. Hasta el sótano, pues.

Es grave que el poder público se base en la represión física o moral a la crítica. La invectiva debe ser respondida con información y más información. Si existe una “agenda oculta” detrás de algún informador hay que ponerla en evidencia con pruebas, haciendo uso de los propios medios. Esa es la verdadera batalla democrática: afrontar la controversia con las mismas herramientas de los comunicadores. Que sea el área de comunicación social, y no la de seguridad pública, la que confronte la crítica con inteligencia, no con catorrazos.

Como opinador, yo me siento afectado por esta agresión. No soy periodista pero sí investigador social, lo que me coloca en una vía paralela a la de los informadores. Creo en el valor de la crítica y el debate civilizado, y rechazo de plano la violencia sin importar sus perpetradores. No podemos aceptar que los encargados de nuestra seguridad se conviertan en esbirros de los poderosos. Ser policía es una digna vocación para “servir y proteger”, y no para aporrear ciudadanos.

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