El camaleón peripatético

Un uso de brasier

Esta imagen es excepcional incluso en la procesión de extrañas imágenes de Plinio: pienso siempre en un hombre con toga sentado y trabajando hasta tarde en la noche a la luz de una lámpara, con un dispositivo sobre la cabeza.

Pues resulta que este 2014 —me oye decir el camaleón peripatético en el
cuarto donde escribo— también el brasier cumple cien años. El invento se asocia al nombre de Mary Phelps Jacob, quien por así decirlo descorsetó el corset que anteriormente usaban las mujeres e ideó una pieza cómoda y liberadora. ¿Camaleón? ¿Qué haces? ¿Qué cantas?

—“Si yo fuera mujer, nada de sostén, nada de pastillas: que las tome él”. Es el cover del cantante español Patxi Andión a una balada italiana. Entonces: el brasier será “pieza liberadora” para ti, no para ellas. ¿Te olvidas de los años sesenta?

—No me olvido, camaleón. Pero por cierto, en los reportajes sobre el centenario del brasier volvió a circular un equívoco (Reforma, 16/8/14): “En los años 60, algunos grupos feministas quemaron en diferentes países brasieres como forma de protesta a la opresión femenina”. No hubo tal. O hubo, tan sólo: en 1968 algunas feministas protestaron en Atlantic City contra el concurso de belleza Miss Estados Unidos de ese año y echaron no sólo brasieres, sino también maquillaje y tacones altos a un simbólico “Liberador Bote de Basura”. Nada de quemas.

—Y en la racha de tal centenario volviste, qué más, a López Velarde como pionero de cierto diseño.

—No hubo más remedio, camaleón. Leemos (The New York Post, 21/2/14) que en los cuarenta y cincuenta floreció, plantada originalmente en Hollywood, la mata del “brasier-bala”: en efecto se trató de los brasieres de puntas terminadas en pico que luego harían furor y dejarían estela combinados con los suéteres. (Y ay, Dios mío: quizá la última actriz que recuerde en tal atuendo de pechosos picos o picos pechosos sería Fanny Cano, moviéndolos al ritmo de “go-go”, en las películas mexicanas de los sesenta.) Pues ya López Velarde lo había inventado desde 1921, con terminados en punta de cuerno de toro; en su poema “La suave Patria” vemos aparecer (o ir “cual muriéndose”) a las cantadoras de las ferias que “con el bravío pecho/ empitonando la camisa han hecho/ la lujuria y el ritmo de las horas”. Un Bra-Pitón Natural. Pero se me ocurrió ir más atrás, hasta…

—Ya sé hasta dónde. Ni se te ocurra. El tipo que mencionarás en las líneas que siguen era nefasto para los camaleones: aconsejaba o admitía “métodos científicos” cuyas instancias últimas eran el descuartizamiento o la toma de lengua, ojos, piel, etcétera, de camaleón para fines “curativos” o “mágicos”. Qué te parecen cosas como: “(cuenta Demócrito) que la cabeza y el gaznate del camaleón, si se prenden con astillas de roble, desencadenan lluvias y truenos, así como su hígado quemado sobre tejas”. ¡Tráiganme a un defensor de derechos camaleónicos!

—Tampoco era tanto así, y no lo personalices. En su Historia natural Plinio el Viejo (23-79 d. C.) hace tanto el registro de cosas en las que creía como de cosas que simplemente recababa; algunas tan sólo obtenían su rechazo. No es todas las veces un convencido de que así fuera sino un informador de cómo era, o de cómo se creía que era. Pero en fin. Iba a que esto de los brasieres me remitió a un asunto peculiar. La profesora Amy Richlin, experta en clásicos y estudios de género dedicó un largo e instructivo ensayo a un pasaje de Plinio (incluido en J.P. Hallet y M.B. Skinner, editoras: Roman Sexualities. Princeton University Press, 1997). Richlin localiza en la Historia Natural de Plinio esta breve observación: “Encuentro que los dolores de cabeza disminuyen si uno se amarra un brasier a la cabeza”. Y borda: “La rareza de esta imagen, excepcional incluso en la procesión de extrañas imágenes de Plinio, me ha seguido desde que la leí por vez primera. Por supuesto que me hizo reír; pienso siempre en un hombre con toga sentado y trabajando hasta tarde en la noche a la luz de una lámpara, con un dispositivo sobre la cabeza parecido a algo que Madonna se habría puesto. De hecho es probable que los brasieres romanos se parecieran más a bandas elásticas; aún así la imagen sigue siendo extraña, porque Plinio no sólo quiere decir que un dolor de cabeza se cura si te envuelves la cabeza con algo estirable. Está hablando de los usos medicinales del cuerpo humano femenino, y cree al parecer que el cuerpo de las mujeres exuda algo que le permitiría a un brasier curar un dolor de cabeza”. Ahí queda, camaleón: la imagen de Plinio en la noche, escribiendo su densa y prolija pero nunca aburrida Historia natural con un brasier en la cabeza para ahuyentarse el dolor.