El camaleón peripatético

La trucha cosquilluda

En un ensayo reciente Aaron Schuster reúne lo que sobre el cosquilleo han dicho personajes como Aristóteles, Koestler, Spinoza, Descartes, Darwin, Nietzsche y Shakespeare.

Suena como a cadena de restoranes —le advierto al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—. ¿“La trucha cosquilluda”?

—Es uno de los hallazgos en el ensayo de Aaron Schuster, “Una filosofía de las cosquillas” (Cabinet 50). Me concierne también porque habla de la mímesis. Van algunos momentos.

~Aristóteles: “Cuando a la gente le hacen cosquillas, estalla de súbito en la risa, y esto se debe a que la moción penetra con rapidez en esta parte, que aunque sea cuidadosamente tocada, produce un movimiento (más allá de la voluntad) que la inteligencia reconoce. El hecho de que solo los seres humanos son susceptibles a las cosquillas se debe (1) a lo fino de su piel y (2) a que son las únicas creaturas que se ríen”.

~En El acto de la creación, Arthur Koestler dice: “Hacerle cosquillas a un niño lo hará contonearse y retorcerse. Pero el niño solo se reirá —y esto es lo crucial— si se cumple otra condición: debe percibir las cosquillas como un ataque simulado, una caricia en un disfraz levemente agresivo. Esto explica por qué la gente se ríe solo cuando otros les hacen cosquillas pero no cuando se hacen cosquillas ellos mismos… El mecanismo es en esencia igual a una personificación cómica: el que hace cosquillas personifica a un agresor, pero simultáneamente se sabe que no lo es. Es probable que sea la primera situación en la vida que hace que el niño viva en dos lugares a la vez, la primera experiencia deleitosa en bisociación: una probada de los placeres que vendrán en el show de pantomima, el de volverse una víctima voluntaria de las ilusiones del escenario, de que el thriller de horror le haga cosquillas”.

~Las cosquillas han servido como un modo alterno de pensar en el placer no como una satisfacción tranquilizadora. La ambivalencia de las cosquillas, un deleite que pronto se vuelve insoportable, parecería algo muy adecuado para describir el placer-en-el-dolor que Lacan designó con el término jouissance (gozo), como opuesto al más plácido plaisir (placer).

~Spinoza distingue entre hilaritas, que designa un sentimiento general de estar bien, y titilatio, que se localiza en una parte específica del cuerpo. Las cosquillas serían titilación.

~Descartes: “De modo natural obtenemos placer al sentirnos incitados por todo tipo de pasiones —incluso la tristeza y el odio— cuando a estas pasiones las causan los meros y extraños acontecimientos representados en el escenario, o cosas similares que, como no pueden hacernos daño alguno, afectan nuestra alma y la hacen titilar”. Las pasiones provocadas por una obra de teatro actúan sobre la mente como la pluma proverbial que cosquillea el pie, y hace que se estremezca y brinque. El cuerpo cosquilludo se duplica por un alma cosquilluda. Las cosquillas requerirían no solo una física sino también una metafísica.

~Darwin: “Se dice que a veces en la imaginación cosquillea una idea juguetona; y este cosquilleo de la mente es curiosamente análogo al del cuerpo”.

~Nietzsche: “¿Cuál es la mejor vida? Que le hagan a uno cosquillas hasta morir”.

~En una obra de Paul Margueritte, el payaso Pierrot mata a su esposa Colombina haciéndole cosquillas: el crimen perfecto. Cuando se desviste para dormir, ve que sus pies empiezan a temblar como poseídos por una danza involuntaria. El baile se vuelve cada vez más febril y Pierrot corre con frenesí por el cuarto. Sus ojos caen en el retrato de Colombina. Ella se está burlando de él y haciéndole cosquillas desde la tumba. Del cuerpo de Pierrot se han apoderado temblores convulsivos; él, como su esposa, muere en un ataque de risa. ¿Qué le pasa a Pierrot? En el acto de mímesis, el mimo se vuelve el incauto de su propia imitación, el cosquilleador cosquilleado por sus propias cosquillas. Es como si, en esta historia trenzada de éxtasis fatal, la mímesis misma fuera el verdadero asunto cosquillesco.

~El animal más famoso por sus cosquillas es sin duda la trucha, que cae como en estado de trance cuando le frotan el vientre con ligereza. Esto se sabe desde siglos. En Twelfth Night de Shakespeare, el personaje María dice, mientras planea engañar a Malvolio (trad. Astrana Marín): “Quédate aquí, pues llega la trucha que vamos a atrapar cosquilléandola”.

~Pero lo mejor al respecto va así: “A quien muere le da igual si lo cuelgan con nudo de soga o de seda. No obstante, confieso que es más agradable la seda; y como las truchas, amamos la muerte por cosquillas” —John Selden, “De sobremesa”, 1689.