El camaleón peripatético

El trapecio viudo

...La sola idea de que los circos desaparecieran arroja como un empobrecimiento de la vida. O tú, ¿qué? ¿No te llamas a pérdida y afrenta? ¿No es el circo, finalmente y bien visto, una forma de poesía?

Cada alma es un circo—le oigo repetir al camaleón peripatético este título del poeta estadunidense Vachel Lindsay mientras entro al cuarto donde escribo; lo hace a la manera de un conjuro porque me ha traído un reportaje de Jorge Cervantes Magaña (MILENIO Dominical, 15/3/15) que da cuenta de los circos en peligro de extinción—. No pensé que me importaría. Mejor dicho: no me importaba mientras tenía por segura su existencia. Ahora lo veo o lo siento de este modo: aunque nunca en tu vida hayas ido o nunca más vuelvas a ir, la sola idea de que los circos desaparecieran arroja como un empobrecimiento de la vida. O tú, ¿qué? ¿No te llamas a pérdida y afrenta? ¿No es el circo, finalmente y bien visto, una forma de poesía?

—No sé si una forma de poesía, camaleón, pero no pocas veces la poesía ha tomado forma alrededor del asunto. Igual se trata de un espejismo: para mí es como si todo poeta hubiera o debiera haber escrito alguna vez sobre el circo. En todo caso, podría decir que alguien ya escribió ese poema por todos. No resisto la tentación de meter aquí cinco de las once estrofas que integran las “Memorias del circo” de Ramón López Velarde. Un último apunte. En el reportaje de Cervantes Magaña hablan consternados sobre la extinción del circo los hermanos Bebeto y Juventino Fuentes, ambos trapecistas. “Había de ser así”, pensé, al recordar que la imagen final del poema de López Velarde es la de un trapecio; no se me ocurre mejor imagen como endecha o lamento por la desaparición de los circos.

……

Los circos trashumantes,

de lamido perrillo enciclopédico

y desacreditados elefantes,

me enseñaron la crónica friolera

y las magnas tragedias hilarantes.

…….

Irrumpía el payaso

como una estridencia

ambigua, y era a un tiempo

manicomio, niñez, golpe contuso,

pesadilla y licencia.

………

El payaso tocaba a la amazona

y la hallaba de almendra,

a juzgar por la mímica fehaciente

de toda su persona

cuando llevaba el dedo temerario

hasta la lengua cínica y glotona.

Un día en que el payaso dio a probar

su rastro de amazona al ejemplar

señor Gobernador de aquel Estado,

comprendí lo que es

Poder Ejecutivo aturrullado.

…….

La niña Bell cantaba:

“Soy la paloma errante”;

y de botellas y de cascabeles

surtía un abundante

surtidor de sonidos

acuáticos, para la sed acuática

de papás aburridos,

nodriza inverecunda

y prole gemebunda.

 

¡Oh memoria del circo! Tú te vas

adelgazando en el frecuente síncope

del latón sin compás;

en la apesadumbrada

somnolencia del gas;

en el talento necio

del domador aquel que molestaba

a los leones hartos, y en el viudo

oscilar del trapecio…