El camaleón peripatético

Un trabajo para Richelieu

El cardenal, que prohíbe el duelo, impidiendo a los nobles tomarse la justicia por su mano entre ellos, representa el triunfo del derecho sobre la barbarie tribal, reservando solo al Estado el ejercicio de la fuerza para reprimir los delitos y tutelar a los débiles.

Cuando alrededor —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— abundan palabras como autodefensas y simpatía por las autodefensas, justicia por mano propia, milicias comunitarias, derecho de piso, ocupación territorial, he pensado en algunos pasajes del escritor Claudio Magris en su libro Utopía y desencanto (Anagrama, 2001). Al final, se leerá, es como si lo que ocurre en México fuera planteable como un trabajo para Richelieu. Vuelvo a Claudio Magris.

~Las transformaciones sociales generan nuevas posibilidades de vida y desarrollo, pero también de abusos, atropellos y violencia y por tanto hacen falta nuevas normas que tutelen a sus posibles víctimas. Armas más potentes requieren más controles respecto a quien las usa. Sería insensato deplorar el desarrollo tecnológico y social o añorar la sencillez de los tiempos antiguos, desde luego más sencillos pero no ciertamente más exentos de opresiones, injusticias e iniquidades. Pero una nueva realidad puede comportar, junto con las ventajas, nuevos peligros, que es preciso encauzar. La ley es la tutela de los débiles, porque los fuertes no la necesitan; fue la plebe en Roma la que pidió y obtuvo las 12 tablas, básicas en el derecho romano escrito.

~En el plano político, una pura moralidad, incluso noble pero no mediada por la ley, puede convertirse en violencia justicialista, hasta acabar en el linchamiento. Quien roba, y poco importa que lo haya hecho para sí o para su partido, tiene que ir a la cárcel, pero debe pagar su deuda a la justicia en base a la tipificación jurídica de su delito, no al sentimiento o a la indignación moral.

~Ciertamente, Estado y derecho se nos antojan prosaicos, melancólicos; las cosas esenciales de la vida —el amor, la amistad, la aventura, la muerte— suceden sin códigos, y el vaquero es más fascinante que el burócrata, aunque la literatura austriaca nos haya dado inolvidables retratos de burócratas, de su profunda y ambigua poesía existencial. Pero si el Lejano Oeste es seductor, con ese héroe generoso que defiende a la muchacha inerme de los malvados pistoleros que quieren robarle el rancho, cabe preguntarse qué ocurriría si por ventura no llegase ese héroe providencial, que en la realidad, por cierto, no llega casi nunca. Y las películas del Oeste muestran la necesidad del shérif, con el que da comienzo la obra de la ley y el Estado, sin la que los débiles están expuestos a la violencia de los fuertes.

~Los grandes estados del mundo —desde el imperio romano hasta el habsbúrgico— son ejemplos de una riquísima diversidad de culturas, paisajes humanos, usos y tradiciones. Esa variedad estuvo defendida por la lex romana, vigente tanto en la Galia como en África, por la efigie de Francisco José grabada en las monedas usadas en Galitzia o en la región de Salzburgo, o por el paso cadencioso del gendarme imperial, que impedía a los señores feudales maltratar al campesino.

~Napoleón promueve y difunde con su código la igualdad jurídica de los ciudadanos y hace abolir las discriminaciones contra los judíos. La civilización y la democracia liberal están de parte de Napoleón, del código que abate los muros del gueto, y no de parte de quien construye esos muros o de quien dejaría en cualquier caso que quien estuviera en posesión de la fuerza para hacerlo levantase guetos para encerrar en ellos a quien le pareciera. Sin ley no hay orden ni libertad; el eclipse del derecho deja al mundo, dirían los romanos, a merced de los latrones.

~Cuando en la adolescencia leemos Los tres mosqueteros y nos enamoramos ya para siempre de esas aventuras que se suceden con la ligereza del viento, uno, faltaría más, no se pone de parte de los guardias del Cardenal, obedientes a una tenebrosa Razón de Estado, sino de la valentía y lealtad de D’Artagnan o de Athos. Y, sin embargo, el cardenal Richelieu, que urdió efectivamente esas tramas, estaba construyendo por entonces un Estado moderno, con sus leyes superadoras del egoísmo de los distintos cuerpos sociales, y aplastando el arrogante poder de los señores feudales, que querían mantener sus orgullosos privilegios y defender la desigualdad contra la ley. Richelieu, que prohíbe el duelo, impidiendo a los nobles tomarse la justicia por su mano entre ellos, representa el triunfo del derecho sobre la barbarie tribal, reservando solo al Estado el ejercicio de la fuerza para reprimir los delitos y tutelar a los débiles, en caso contrario a merced de los poderosos.