El camaleón peripatético

Tú sólo tienes dos

Si no le dieron el Nobel a Vladimir Nabokov, debieron dárselo a su personaje-poeta Fyodor Godunov-Cherdyntsev de la novela "The Gift"

Un amigo –le digo al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo– nos envía lo siguiente: “A ver si el jueves nos amanecemos con un acto de justicia y, por fin, anuncian a Philip Roth como ganador (del Premio Nobel de Literatura). Las apuestas se lo dan a Murakami. ¿Cómo la ven?”.

–Pues ojalá se lo den a Roth y que Murakami espere un poco más.

–Y si no, camaleón, desde hace años he hecho la broma: ya que no les iban a dar el Nobel, ya que no les dieron el Nobel a ciertos escritores, por lo menos que les den-dieran el Nobel a los escritores de los escritores, mejor dicho: a los escritores que tienen escritor en sus libros. Así: si a Proust no se lo dieron, debieron dárselo a su personaje-escritor Bergotte en En busca del tiempo perdido. (Aunque, igual, según recuerdo, uno de los moldes para el Bergotte de Proust fue Anatole France, a quien sí le dieron el Nobel.) Si no le dieron el Nobel a Vladimir Nabokov, debieron dárselo a su personaje-poeta Fyodor Godunov-Cherdyntsev de la novela The Gift. Igual, si no iban a dárselo a Italo Calvino, que se lo dieran a su personaje-novelista irlandés Silas Flannery, un Nobel de Nobeles, contenedor camaleónico en Si una noche de invierno un viajero de novela centroeuropea, japonesa, latinoamericana, policiaca, etcétera. Y bueno, Borges no tenía remedio por ningún lado: ya que no le dieron-iban a dar el Nobel a él, tampoco a su personaje-escritor “Pierre Menard, autor del Quijote”: habría sido de suponerse que la Academia Sueca vería muy limitada la obra de Menard antes de escribir El Quijote y decidiría que era más escasa incluso que la de Juan Rulfo. El Nobel ni a Borges ni a Menard. Y volviendo, y por último: si no le dieron-van a dar el Nobel a Philip Roth, pues que se lo den a su personaje-escritor Nathan Zuckermann, recogido por vez primera en Zuckermann Bound, tres novelas y un epílogo.

–Sería genial porque, claro: Philip Roth anunció hace no mucho que dejaría o había dejado ya de escribir desde su novela Epidemia. Pero imaginemos dado el caso un Nobel para Roth, que entonces regresa con una novela titulada Zuckermann. The Nobel. A Novel. O una novela que tiene en la portada al autor Nathan Zuckermann y cuyo título es: Philip Roth. The Nobel. A Novel. O bien, si recordamos, en la novela Operación  Shylock de Roth hay un tipo loco que se hace pasar por Philip Roth (igual es Philip Roth en una crisis de medicamentos psiquiátricos y desdoblamiento de personalidad); digo que este doble se ha impuesto la tarea de organizar una Diáspora consistente en lograr que todos los judíos se salgan de Israel y regresen a Europa. Años después, Philip Roth escribe una novela (Shylock Redux) para denunciar que Philip Roth se vendió a la Academia Sueca sólo para ocasionar más tragedias en Gaza.

–Pues abur y vuelvo al peripato, pero antes: otro “nobelizable” continuo, Milan Kundera, acaba de publicar este año una novela titulada La fiesta de la insignificancia.

–En caso de que se lo dieran, me imagino que no iría a recibirlo directamente; pero en su discurso enviado haría bien en agradecerle a Philip Roth su difusión. Desde entonces me quedó claro: Philip Roth se llevó a Kundera de París a Estados Unidos; ahí lo publicaron y Kundera cruzó el Atlántico de nuevo para difundirse desde Europa. Ahora, camaleón: al final de cuentas, todo es un problema de uno o dos, tres lectores. Supongamos como cierta la anécdota de Juan Rulfo respecto a que dejó de escribir porque había muerto el “tío Celerino, quien me contaba las historias”; tal cosa es mejorable, o bien prefiero invertirla: Rulfo habría dejado de escribir porque en efecto había muerto el tío Celerino, pero no por eso sino porque ya no tenía a quién escribirle o devolverle literaria, idealmente lo que el tío le había platicado. Rulfo habría perdido a su lector; a su “idea” de lector. Vuelvo entonces a Roth y a lo que dijo en una entrevista para Vanity Fair (noviembre de 2010): “Tengo un amigo rumano, Norman Manea, escritor. Ha sido mi amigo desde que salió de la Rumania de Ceaucescu. Vivió ahí durante lo peor de la dictadura; no cesaban de acosarlo y no lograba publicar. Así que fue a ver a un amigo, un escritor mayor que él y al que respetaba, y empezó a quejarse de que no tenía lectores. Y su amigo le dijo: ‘¿Cuántos lectores necesita un escritor? Cuatro. Es todo lo que necesitas: cuatro lectores. Tu infortunado problema es que sólo tienes dos’”.