El camaleón peripatético

Se solicita un Drummond

“Qué vil tristeza, esa/ que se derrama en rencor, y no en el canto/al capricho de los dioses del balón”

No te hagas, que en un principio y respecto al equipo brasileño en este Mundial sentiste algo muy parecido al Schadenfreude —me dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—. De esa palabra alemana ya nos ocupamos (MILENIO, 18/12/13): es “alegría ante el mal ajeno” o, en mexicano, el “lero lero”.

—Así es camaleón, pero al último acabé sintiendo una gran pena cuando el equipo brasileño ni siquiera obtuvo el tercer lugar en su Mundial. Al ver cómo los jugadores salían entre abucheos luego de su derrota 3-0 contra Holanda, pensé: “Se solicita un Drummond”. Me refería al poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade (1902-1987). (Si me pidieran un modo veloz de describir a Drummond, diría: es como el Jaime Sabines brasileño.) Drummond escribió varios poemas sobre el futbol, la mayoría celebratorios de la selección brasileña durante sus triunfos; escribió uno, sin embargo, en el momento más doloroso del futbol brasileño luego del Maracanazo 50 (y antes, claro, del Mineirazo 14 contra Alemania). En el Mundial de Inglaterra 66 Brasil era el gran favorito para ganar el campeonato tres veces seguidas (Suecia 58, Chile 62) y llevarse para siempre la Copa Jules Rimet. Brasil quedó eliminado en la primera ronda; los jugadores y el entrenador se volvieron los apestados nacionales. El poema de Drummond se titula “A los atletas”. Vierto, al botepronto, algunos fragmentos del mismo.

***

Los poetas habían compuesto sus odas

para alabar a los atletas vencedores.

La conquista brillaba entre dos toques.

Era frágil y grácil

hacer de la gloria la esclava de todos.

Hoy, manuscritos picados en sollozos

llueven desde las azoteas su lluvia de desprecio.

Pero yo, poeta de la derrota, me levanto

sin revuelta y sin lamento

para alabar a los atletas vencidos.

¿Qué importa si perdieron?

***

Qué vil tristeza, esa

que se derrama en rencor, y no en el canto

al capricho de los dioses del balón

***

Hola, mi rubio canarito:

persiste en ese trino

tanto más dulce cuanto más tranquilo

donde habiten Bellini o Jairzinho,

el ingenioso Tostao, el Djalma Santos de siempre,

y Pelé y Gilmar,

cualquiera de los que en Inglaterra conocieron,

luego de la hora radiante,

la hora dura del deporte,

sin la cual no hay premio que alivie,

ya que perder es tocar alguna cosa

más allá de la victoria, es encontrarse

en aquel punto donde todo comienza

a nacer de lo perdido, lentamente.

Canta, canta, canarito

la suerte echada entre

el laboratorio de los errores

y el laberinto de las sorpresas,

canta el conocimiento del límite,

la experiencia madura a brotar de la esperanza rota.

Ni héroes griegos ni parias,

vuelven los hombres —dañados

pero lúcidos, en su justa dimensión.

Souvenirs mezclados en el equipaje:

el día-sin, el día-no.

El día-no completa el día-sin

en la medalla perfecta. Hoy, completos

están los atletas que alabo:

en las manos vacías traen todo

lo que redobla la fortaleza del alma fuerte.

24 de julio de 1966