El camaleón peripatético

Una santa clandestina

Prefiero aquella que ha renunciado a la propia santidad, sin milagros y sin congregación, desapercibida de ella misma; creo haber leído en Cornelio Agrippa que la piedad es aquella, o una, cosa propia del agua, y pienso en Dolores Álvarez de Soto.

Fue de tu absoluto concernimiento —me dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— leer y ver en el Dominical de MILENIO (19/10/14) el texto y las fotografías de Arturo Bermúdez como adelanto de su libro El último leprosario, “sobre un grupo de ancianos leprosos que viven en el último refugio oficial para su enfermedad en México”.

—Así es, camaleón. Me llegó una racha emotiva cuando leí este párrafo del autor Bermúdez: “El hospital doctor Pedro López nació a petición de la combativa Dolores Soto, conocida como La Madre Lolita, una dama voluntaria de anteriores lazaretos. En 1939 organizó un plantón, en compañía de muchos hansenianos, en la plaza del Zócalo, con el fin de solicitar al presidente Lázaro Cárdenas un sanatorio con atención especial para sus padecimientos, así como refugio contra el desprecio de que eran objeto”. Se trata, en efecto, de Dolores Álvarez de Soto (1912-2004), quien desde 1934 y durante 70 años trabajó dura y discretamente para los enfermos de lepra en México. Lo sé porque Lolita fue madre también de la (mi) Bióloga Soto. A diez años de su muerte me puede la convicción de que Lolita fue lo más cercano que he encontrado a una santa secreta, más aún: clandestina.

—Las fotos de Bermúdez son buenas e impresionantes.

—Sí, pero al verlas pensé también en las viejas fotografías conservadas por la familia Soto Álvarez del estado de los enfermos de lepra en México durante los años treinta; fotografías simplemente intolerables. Por decirte lo menos: en una de ellas podían verse gusanos saliendo del oído ya sin oreja de un enfermo tirado sobre el piso. Así estaban las cosas cuando Lolita empezó su trabajo. En años muy posteriores fui testigo del cariño que le tenían los enfermos de Zoquiapan; la última vez, en una comida de aniversario y Lolita ya con Parkinson, veterana de varios infartos cerebrales y en silla de ruedas, los enfermos habían montado incluso una conmovedora obra de teatro actuada por niños sobre ella, su esposo Alfredo Soto y la historia de Zoquiapan. Y para que te des otra idea, y ya que hablamos de clandestinidad: la utilería de esa obra tenía un camioncito simulado por un tabla pintada y con ventanas; aludía al camioncito que manejaba nocturnamente uno de los enfermos menos graves, Benjamín, desde Zoquiapan hasta la casa de Lolita en el DF; camioncito cargado de enfermos que iban a recoger prótesis que Lolita había conseguido por fuera al ser inconseguibles en el mismo hospital. Debía ser clandestino para que a los enfermos no les ocurriera aquello que le ocurrió a alguien, no en los mencionados años treinta, sino incluso en los setenta. Clemente había salido una mañana de Zoquiapan para visitar a unos parientes en Toluca. En el camión venía un equipo de futbolistas y uno de ellos denunció a los otros la enfermedad de Clemente. Lo que empezó en insultos y furias por el contagio imaginario acabó en linchamiento: bajaron a Clemente del camión y lo golpearon y patearon hasta cansarse. Clemente logró repatriarse en Zoquiapan y murió ahí a los dos días.

—Hablas de Lolita como de una santa clandestina; el hecho es que una Santa de Verdad llegó a estar en Zoquiapan durante una visita a México: la mismísima Teresa de Calcuta.

—Lamento decir que en aquella visita la Madre Teresa salió de Zoquiapan decepcionada y casi de mal humor porque no vio ahí condiciones para ejercer su modo especial de santidad: enviar a los enfermos al cielo con todo y sufrimiento cristiano. Así no era en Zoquiapan. Por caso: durante los años en que fue prohibido el medicamento de la Talidomida por comprobarse que en las madres gestantes su consumo ocasionaba malformaciones congénitas en el feto, Lolita batalló ante las autoridades de la entonces Secretaría de Salubridad y Asistencia para que ese medicamento pudiera importarse y en Zoquiapan ingerirse: comparado con las sulfonas, era el que menos efectos laterales causaba en los enfermos de lepra. Por lo demás, camaleón, y aquí entre nos, siempre preferiré una santa-sin-Santa, una santa que al final no lo es ni conviene que lo sea, a las Santas A Fuerzas, las Santas Mandonas, las Santas Rocosas, las Santas Secas. Prefiero la santa que ha renunciado a la propia santidad; sin milagros y sin congregación, desapercibida de ella misma. Creo haber leído en el filósofo ocultista del siglo XVI Cornelio Agrippa que la piedad es aquella, o una, cosa propia del agua. Pienso en Dolores Álvarez de Soto.