El camaleón peripatético

El rayo imposible

Yo pongo y pondré en mi edición de Stevenson ese pasaje imposible donde el también imposible rayo lunar pega sin duda alguna en un botón metálico de la chaqueta azul de Long John Silver.

Te la hicieron de género —ironiza el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo, mientras le digo que fui al Lunario del Auditorio Nacional a la proyección en pantallas de La isla del tesoro, montada por el National Theatre de Londres—. Resulta que en la obra, adaptada por la dramaturga Bryony Lavery sobre la novela de Robert Louis Stevenson, el muchacho Jim Hawkins es una actriz. Además, el doctor es la doctora Livesey y alguno que otro pirata es alguna que otra pirata.

—Pues sí me distrajo mucho, camaleón. Y en parte porque los diálogos hacen continuamente alusiones reivindicatorias de género. Cuando le preguntan a Jim Hawkins si es él o ella, responde que tal cosa es de su absoluta privacidad o algo así de chistoso. Me recordó, de otro modo, aquellas matinés de teatro mexicano para niños donde si Peter Pan pelea con Garfio alguno de los actores cuela una morcilla de chiste político como guiñándoles un ojo picarón a los padres que han llevado a sus hijos. Un fastidio. Y súmale: en esta La isla deltesoro no hay padre de Jim encargado de la posada donde llegan los piratas por vez primera, ni madre viuda de Jim cuando el padre muere, sino abuela de Jim. Me imagino que lo del padre es para abreviar. Incluso hay algo en que reparé hace algún tiempo: Stevenson, que las pasó muy duras y pleiteadas con su padre Thomas Stevenson, mata a sus personajes paternos al comienzo de sus narraciones, y así es en La isla del tesoro. Entonces, en este montaje sea tal vez un acierto involuntario el que muera el padre sin haber vivido siquiera, como quizá lo habría aprobado Stevenson. Pero ¿por qué una abuela en vez de una madre? ¿Cuota inglesa para la “tercera edad”? Ahora: si me preguntas qué tal está la obra, incurriré en el equivalente teatral de la “fotografía” en el cine. Como sabemos, decir que una película tiene “muy buena fotografía” es el último refugio del comentarista canalla. Pues ni modo: diré que el montaje de La isla del tesoro del National Theatre de Londres tiene muy buena escenografía.

—Por lo menos, pegado a lo del género no llevaron el asunto a los buenos usos alimentarios de nuestros días; ¿te imaginas una La isla del tesoro dietéticamente correcta? Se suprimiría para empezar la dieta balanceadísima de Bill Bones y su estricto orden nutritivo: ron, huevos y tocino. Pero más allá de todo, confiesa: fuiste a la obra para ver si se te cumplía un imposible.

—Y un imposible de doble banda, camaleón. Cada vez que se me pone enfrente La isla del tesoro, vuelvo en mi memoria a la primera edición infantil que leí de esa novela. Era algo que se llamaba Clásicos Ilustrados. Retuve para siempre la imagen del pirata Long John Silver en una de las ilustraciones que acompañaban el texto. Muchos años después, en un poema titulado “Lunas”, que en efecto recogía lunas literarias, lo puse así: “la luna que logró un imposible pero perfecto rayo de luz al caer sobre un botón metálico de la chaqueta de Long John Silver de Stevenson”. A fin de cuentas tal rayo es imposible no solo porque se trata de un efecto absolutamente literario, incomprobable más allá de sí mismo, sino porque no está en La isla del tesoro de Stevenson. Creí reencontrarlo al leer un texto de Marcel Schwob donde habla sobre el “realismo irreal” de Stevenson. Mejor dicho: quise que estuviera. No es así: Schwob hablaba de otros efectos similares, en otras narraciones y con otros personajes de Stevenson. No me ha importado. Por eso he ido de nuevo a mi vieja edición de La isla del tesoro. Es la de Sepan Cuantos número 110, Editorial Porrúa (1ª edición, 1968; 2ª. edición, 1972) con prólogo de Sergio Pitol. Vuelvo ahí y sé que no he de encontrarme con el rayo imposible, o solo posible por el encanto de Stevenson. Veo en cambio: en unas 150 páginas que en esa edición ocupa La isla del tesoro, hay señaladas unas 65 erratas; podría decirse que estamos ante un libro de erratas con unas cuantas aventuras. Y sé que no lo encontraré, cada vez, pero cada vez volveré ahí a buscar ese pasaje.

Y cada vez sabré que sí existe, o debió existir, o al menos lo tengo como existente en mi edición imaginaria, paralela, de la La isla del tesoro. No está en La isla del tesoro de Stevenson pero sí está en mi La isla del tesoro. Yo pongo y pondré en mi edición de Stevenson ese pasaje imposible donde el también imposible rayo lunar pega sin duda alguna en un botón metálico de la chaqueta azul de Long John Silver.