El camaleón peripatético

El primer lumbersexual

Tom Puzak, especializado en ropa de "camping" y exploración, ha proclamado que “el metrosexual es una especie en extinción y está siendo reemplazada por hombres que prefieren la vida al aire libre —o su simulacro—a los hábitos de estética meticulosa”

Que despierte el Leñador —le oigo decir varias veces al camaleón peripatético mientras entro al cuarto donde escribo; le pregunto por qué anda repitiendo ese verso de Pablo Neruda y añado que el Leñador, por cierto, es Abraham Lincoln.

—No, el leñador es el de la nota que te traigo (www.milenio.com, 21/11/14): “Lumbersexual, la nueva tendencia en moda masculina”. Resulta que el metrosexual ya es, dijérase, retrosexual. Ahora, informa la nota, “aunque trabaje para una empresa de software parece recién salido del bosque: su barba es frondosa, usa botas y camisa de leñador. El ‘lumbersexual’ está desplazando con su estilo salvaje al metrosexual en el paisaje urbano”. Se explica que el apelativo viene de “lumber” en inglés y que en traducción literal sería “leñasexual”. Se informa que este leñador de la ciudad invade las calles de Brooklyn a Berlín, “acallando a quienes proclamaban que el ‘normcore’ —el vestirse sin un estilo particular— había terminado con las tendencias en la moda masculina”. Su suerte de profeta es alguien de nombre Tom Puzak, especializado en ropa de camping y exploración, “al proclamar que el metrosexual es una especie en extinción y está siendo reemplazada por hombres que prefieren la vida al aire libre —o su simulacro—a los hábitos de estética meticulosa”. A esto se suma el uso de parkas canadienses, botas Timberland y gruesas camisas de franela. Y junto con la barba obligatoria debe tener gustos alternativos en materia cultural y amar la comida casera, “con despreocupación y naturalidad”.

—Pues entonces, camaleón, el primer lumbersexual, el primer leñador como producto de la cultura apareció en 1928: es el guardabosques Mellors, personaje de la novela El amante de Lady Chatterley del escritor inglés D. H. Lawrence. O visto de otro modo, es un producto de los 1960: solo hasta 1963 en Inglaterra y Estados Unidos se levantó completamente la increíble prohibición que pesaba sobre la novela de Lawrence por cargos de obscenidad. Y de una vez: me parece que el mejor encuadre (al menos el último que yo haya leído) de la novela lo hizo la biógrafa Brenda Maddox (D. H. Lawrence. The Story of a Marriage. Norton, NY, 1996). Dice: “Como todo en la vida contradictoria de Lawrence, El amante de Lady Chatterley puede leerse de dos modos. Si es la peor de sus novelas, también puede ser la mejor; de cierto, es la más accesible. Está hermosamente tramada y cuenta una historia clara. Si es sensacionalista, es también instructiva; generaciones de jóvenes afirman que esa novela los liberó de la vergüenza respecto al cuerpo —y jóvenes no solo del pasado. El libro se lee ávidamente en las sociedades asiáticas que justo emergen de la represión sexual y la tiranía de la familia”. Ahora: mi novela predilecta de Lawrence sigue siendo una muy anterior, Hijos y amantes (1912).

—Pues conservas esta edición de cuando fuiste joven y la leíste en los 1970: El amante de Lady Chatterley (Editorial Azteca, 16ª. edición, 1971). En la página legal se lee: “Nueva traducción de la Obra Original no Expurgada”, pero no aparece el nombre del traductor.

—No, pero seguro es un argentino. Solo se descubre al llegar a la página 219. Copiemos partes del siguiente pasaje no sin recordar que uno de los títulos de la novela originalmente iba a ser John Thomas and Lady Jane, el modo popular en Inglaterra para referirse a los genitales: “(Ella) se mordió el labio inferior, con miedo y animación. Él se miró el falo que no había cambiado. ‘¡Sí’, dijo él, al fin con voz queda, ‘sí, muchacho, aquí estás! ¡Y levantas la cabeza! ¡Haces lo que quieres, y no haces caso de nadie! ¿Y qué quieres ahora, Juan Tomás? ¿Mandarme…¿Quieres a Lady Jane? ¡Ya me volviste a meter en líos!... ¡Pídeselo, pues! ¡Pídeselo a lady Jane! Dile: ¡Abre tus puertas para que pueda entrar el rey de la gloria! ¡Ah, qué atrevido eres! ¡Concha es lo que buscas! ¡Dile a lady Jane que quieres concha, Juan Tomás, y que quieres la concha de lady Jane!’”.

—Volviendo. Para ser un buen lumbersexual de corte Mellors se impone una práctica íntima: entretejer en el vello del monte de Venus de la amante florecitas nomeolvides, y que ella haga lo mismo en el vello púbico de él. Qué lata.

—Esa sería fácil para ellos, camaleón. Más bien querrían regresarse a los afeites de la metrosexualidad de saber que un buen lumbersexual a la Mellors se lava con tosco jabón amarillo; lo que entre nosotros viene siendo el jabón Zote.