El camaleón peripatético

Dos poetas ucranianos

El escritor le comenta a su camaleónico amigo el encuentro casual con las líneas de dos poetas ucranianos, mostrando su versión de los poemas de los nacidos en Járkov: Grigory Pozhenyan y Boris Chichibabin.

Buscaba otra cosa —le digo al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— y di por casualidad con dos poetas ucranianos, ambos nacidos en Járkov con un año de diferencia. Vienen en Plata y acero. Poesía rusa del siglo XX, antología en inglés de Evgueni Evtushenko (Doubleday, NY, 1993). Van cuatro poemas con mis versiones.

 

Grigory Pozhenyan (1922-2005).

“Poeta y Zar”

…Y Stalin yace en tierra,

y Pasternark.

Poeta y Zar.

Tirano y espíritu divino.

El silencio:

su enemigo común.

La tierra:

su amigo común.

Se fueron,

sin sentir culpa.

Ahora son iguales

y no son iguales.

Uno escogió

un sarcófago incierto;

el otro:

tres pinos verdes.

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“Ciudades”

Las dunas ondulan somnolientas.

Las arenas mudan calladas.

En silencio vagan caravanas

de melancolía dolida, camellesca.

Vienen del mágico desierto,

de las ropas al tacto sofocantes.

Quién sabe de dónde vienen, a dónde van

estas caravanas de la esperanza.

Pero si al batir de tambores ustedes

han abandonado las ciudades, ¿de dónde

esperan que lleguen caravanas?

Nunca llegarán. Entonces, ¿cómo puedo

contender conmigo mismo,

con mi triste joroba de camello,

con mi cuerno que se ha quedado mudo,

con mi labio-niño herido,

con mi frente surcada por traiciones?

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Boris Chichibabin (1923-1994).

“Estaré acabado”

Estaré acabado. Si sobrevivo,

¿qué tipo de hierba crecerá en la quebrada?

La hierba se marchitó en el campo de batalla

del Príncipe Igor. Los corredores de la escuela

están callados, no resuenan.

Cómanse sus rojos tomates,

cómanselos sin mí.

¿Cómo sobreviví a tal prosa,

con mi cabeza amarga, vapuleada?

Cada tarde un convoy

me lleva a una pregunta.

Escaleras, corredores,

ingenioso grafiti carcelario:

Cómanse sus rojos tomates,

cómanselos sin mí. (1946.)

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“Camello”

De todos los animales, mi corazón es del camello.

Se toma un descanso —y de nuevo a andar, con sobrecarga.

Hay en su joroba una sombría vitalidad,

vertida por siglos de esclavitud.

Arrastra su carga, pero anhela el azul nuboso,

aúlla con la furia del amor.

Su paciencia alimenta el desierto.

Soy del todo como él —de mis canciones a mis pezuñas.

No pienses pobremente del camello.

Sus rasgos son remilgados, pero amables.

Míralo, más antiguo que la lira,

y sabe todo lo que nadie sabe.

Va en su tranco, estirando el cuello de un susurro,

real y descarnado lleva su carga—

el cisne de las dunas, pesaroso workohólico,

el monstruo más hermoso: un camello.

Su destino es horrible y altivo,

y entre las olas rosas del desierto,

mirando con tierno desprecio entre su equipaje polvoso,

me gustaría orinar junto con él en la arena.

Como él, no fui el consentido de mi Dios.

Muelo el mismo forraje sabio,

y todo lo que soy es una mueca pestañeante,

y una joroba caliente, y las piernas de un errabundo.