El camaleón peripatético

Dos poemas de Mark Strand

En homenaje a Mark Strand (1934-2014), el camaleón peripatético nos brinda un par de poemas escritos a partir de obras del pintor Giorgio de Chirico.

Me entero —le digo al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— de que ha muerto (milenio.com, 30/11/14) el poeta nacido en Canadá (1934), pero crecido en Estados Unidos, Mark Strand. Ofrezcamos al lector un par de poemas suyos escritos a partir de dos cuadros del pintor Giorgio de Chirico. Traduje estos poemas para leerlos en español luego de que Strand leyera los originales en inglés durante una velada en la Casa del Poeta en 1995. Ambos poemas están escritos bajo una forma llamada “villanelle”. Yo la castellanicé hace años como “vilanela”. El mismo Strand definió la forma poética nacida en Italia de modo popular o campesino (de “villa”), y retomada de modo culto en Francia por el poeta Jean Passerat, que a fines del siglo XV o principios del XVI fijó el o la “villanelle”. Es un poema, dice Strand, “de diecinueve versos en el cual, entre otras cosas, dos versos se utilizan cuatro veces. Los versos siguen regresando a uno, creando un contra-movimiento, una circularidad, en la cual se está a salvo para hablar sobre la pérdida, porque el sentimiento (o la sensación) que uno obtiene al leer una vilanela es que nada se pierde. El tema puede ser la ruina —privada o pública— pero la forma es, toda ella, recuperación”.

1. La conquista del filósofo

El melancólico instante persiste,

Y el oráculo al fin de la puerta,

Siempre la torre, el bote, el tren distante.

En un sitio hacia el Sur matan a un Duque,

Una guerra se gana. Aquí es muy tarde.

El melancólico instante persiste.

Aquí, una tarde de otoño sin lluvia,

Sobre un huacal, dos alcachofas solas;

Siempre la torre, el bote, el tren distante.

¿Vuelve a doler la infancia en esta escena?

¿Por qué da ese reloj la 1 y 28?

El melancólico instante persiste.

Reino de amor: su luz verde-amarilla

Cae sobre la congoja del destino;

Siempre la torre, el bote, el tren distante.

Quiere nuestra visión que retengamos

El peso intolerable de estas cosas.

El melancólico instante persiste,

Siempre la torre, el bote, el tren distante.

2. Las musas inquietantes

Primero el tedio, y luego el desespero.

Uno intenta desplazarlo. Crece más.

Algo sobre el silencio de la plaza.

Algo está mal; algo en el aire; el color;

Algo en la luz y el rumbo de su brillo.

Primero el tedio, y luego el desespero.

Las musas con sus hábitos estriados

Harían suponer —sus caras romas—

Algo sobre el silencio de la plaza,

Sobre los edificios que ahí yacen.

Y no es así. Posar es lo que buscan.

Primero el tedio, y luego el desespero.

Qué ocurre luego de eso, a quién le importa.

¿Nos trajo aquí el deseo de componer

Algo sobre el silencio de la plaza,

O algo más, que aún no percibimos,

La vida misma, quizá —quién sí lo sabe?

Primero el tedio, y luego el desespero,

Algo sobre el silencio de la plaza.