El camaleón peripatético

El platillo de Pizarro

En su libro "Platillos ficticios. Un álbum de las comidas más memorables de la literatura", Dinah Fried presenta las alusiones a los alimentos presentes en varias obras.

Ya entendí —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—: no es un libro como La cocina jerezana en tiempos de López Velarde (Eugenio del Hoyo Cabrera, FCE, 1988), ni como El recetario del Quijote (Felipe y Martha Jiménez García Moreno, Gatuperio Ediciones, 1998). No se trata de recetas de época ni de recetas desprendidas de la literatura, sino de pasajes literarios diseñados visualmente y fotografiados, en fin, con “arte”.

—Así es, camaleón. El libro se titula Platillos ficticios. Un álbum de las comidas más memorables de la literatura (Harper Design, NY, 2014) y su puntillosa o metódica autora es Dinah Fried. Durante algunos años fue localizando en varias obras de ficción las alusiones a la comida; se llevó otro tiempo en acopiar los objetos que le daban “contexto” al platillo, y un tiempo más en detallarlos hasta hacer los “cuadros”, mejor dicho: las fotos de los platillos reconstruidos.

—Hay comidas infaltables, como la madalena de Proust en Por el camino de Swann, o en el Ulises de Joyce “los riñones de carnero a la parrilla, que dejaban en su paladar (el de Leopold Bloom) un rastro de sabor a orina ligeramente perfumada” (trad. J. Salas Subirat. Debió ser: “Un delicado regusto a orina vagamente olorosa”). O comidas más que simples: la de Robinson Crusoe, meros melones con uvas; la de Jane Austen en Emma, suculentas fresas sencillas. Y al fin puse atención en algo: la comida en el orfelinato donde el personaje Oliver Twist de Dickens pide “some more” no era algo muy cercano a un puchero, como creí siempre, sino gruel: atole, diríamos en México. El libro no sólo recolecta comes- sino bebestibles: en/para Lolita, Fried escoge la bebida predilecta de Humbert Humbert: ginebra y jugo de piña. Y bueno, On the Road de Kerouac: pie de manzana con helado; The Catcher in the Rye, de Salinger: sandwich de queso y malteada.

—Y qué me dices de un platillo como el de La metamorfosis de Kafka: Grete Samsa le sirve a su hermano Gregor sobras de comida, muy variada por cierto en verduras putrefactas.

—Respecto a escritores en lengua española, Fried incluye a dos. Julio Cortázar, en Rayuela, con la bebida del mate (acompañada de tres colillas de cigarros sin filtro en un cenicero). El otro: en Cien años de soledad los Buendía descubren que a la huérfana Rebeca llegada a su casa “sólo le gustaba comer la tierra húmeda del patio y las tortas de cal que arrancaba a las paredes con las uñas”. Me entero de que a comer tierra se le llama “geofagia”. ¿Y a comer cal? Curioso: la bióloga Soto te explicó un día que comer cal no tiene nada de “realismo mágico” o exotismo culinario: lo hacen los niños que necesitan calcio. ¿Calciofagia, entonces? Y ahora: el platillo de García Márquez pudo ser otro de Fried haber reparado en que páginas atrás de la aparición de Rebeca, se dice que los pequeños Arcadio y Amaranta, por efecto en sus vidas de la india Visitación, “hablaron la lengua guajira antes que el castellano, y aprendieron a tomar caldo de lagartijas y a comer huevos de araña”.

—Y ahora y por último, camaleón. Mientras leía y veía el libro de Fried me vino a la cabeza una novela mexicana, rica en alusiones a la comida y a la bebida, que incluye al menos un fictitious dish de calidades y cantidades mayores. En Morir en el Golfo (Océano, 1985) de Héctor Aguilar Camín, el líder petrolero Lázaro Lacho Pizarro hace que le sirvan gradualmente al narrador-personaje-periodista de la novela, un desayuno memorable, para usar el adjetivo de Fried en su libro. Va el platillo de Pizarro. Oye —mejor dicho: mira, toca, huele, prueba— esto, camaleón: “Platón de natas… con mitades de bolillo tostado… enorme fuente de fruta sin pelar, con mangos, granadas, melones, plátanos, chicos zapotes, guanábana, y un plato con cuadros de papaya, rodajas de sandía, limones cortados… jarrita de jugo de naranja… plato de picadas veracruzanas, rezumantes de manteca y salsa y queso y una taza de frijoles atolados… platón de huevos revueltos, ahogados en una salsa roja veteada de epazote… junto con un lec de tortillas recién torteadas, envueltas en un trapo blanco. Una de las mujeres de la cocina vino también y puso junto al lec una nueva escudilla con chiles rellenos, muy pequeños, perfectamente capeados. Antes de que pudiera yo reaccionar a la abundancia de la mesa, el muchacho trajo una jarra de atole humeante y una más, de café, que olía a toda la infancia”.