El camaleón peripatético

Tres pasajes de la guerra revolucionaria

Yo cantaba el Himno y de pronto me ganó la risa: Aquí se queda la clara,/ la entrañable transparencia/ de tu querida presencia/ mi cerveza Carta Blanca

Sin más —le digo al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— van, abreviados, tres “pasajes de la guerra revolucionaria”, entre otros a los que di forma hace algún tiempo.

1. Tendría yo unos diez años la mañana en que a la casa llegó la noticia: el Che Guevara estaba en Bolivia. La noticia fue recibida con euforia entre mis hermanos mayores y los huéspedes de la casa, puesto que la nuestra era una casa de huéspedes, estudiantes en su mayoría. Mi madre salió del cuarto de costura y trataron de hacerla partícipe de la euforia: “¡Mamá! ¡Doña Emma! ¡El Che está en Bolivia! ¡La Revolución avanza por todo el continente!”. Mi madre dijo o desparticipó entonces con el acento cubano que no perdió a pesar de los años que llevaba en México desde 1938: “Fidel y el Che pudieron hacer lo que hicieron en Cuba porque el guajiro cubano es distinto a todos los otros campesinos de América. El guajiro cubano te habla de frente, te dice ¿qué tú quiere?, te invita café y a los dos minutos ya te está hablando de política y de todo. El campesino boliviano no es así. Ahí el Che va a encontrar su tumba. Va a morir en Bolivia engañado y traicionado”. Tiempo después aparecían estas palabras en el Diario del Che en Bolivia: “Total silencio de los indios, como si fuéramos gente venida de otro mundo. Como piedras los campesinos”.

2. Aquel domingo de 1971 doña Emma salió lívida del cuarto de la casa que daba a la avenida México, enfrente del Parque México. Yo me dirigía al comedor a desayunar y doña Emma me dijo que acababa de ver, entre las persianas, a un muchacho cargando una tremenda pistola con la mano derecha, gimiendo, recargándose en las paredes y llevándose la mano izquierda al abdomen ensangrentado. El muchacho iba rumbo a la calle de Parras, en la cuadra siguiente. Enseguida se oyeron sirenas de patrulla y de pronto hasta volaron helicópteros. Sonó el timbre de nuestra casa y hubo fuertes toquidos sobre la puerta de vidrio y metal. Eran varios policías uniformados y varios judiciales diciendo que tenían orden de entrar porque iban tras unos delincuentes que al parecer se fugaban por las azoteas de la manzana. Entraron a la casa con un aparatoso dispositivo y algunos pasaron por mi cuarto (que compartía con otros dos huéspedes) en el segundo piso, rumbo a una terraza; otros subieron a la azotea. Luego supe por mi amigo Pablo Borja que el joven al que mi madre vio huir se había refugiado en el edificio de Parras donde él vivía. Tocó a la puerta del departamento de Pablo, gritó que estaba herido y pidió que le abrieran. Tocó en otros departamentos y nadie le abrió. Regresó al zaguán del edificio para entregarse o enfrentar a la policía y ahí lo acribillaron. Supimos, después, que eran dos los perseguidos y que al otro muchacho lo habían matado atrás, en la calle de Ámsterdam. Todos sabíamos que el despliegue policiaco no era para cazar delincuentes sino guerrilleros urbanos. Por la tarde, rumbo al cine, mientras completábamos secuencias y versiones, Pablo me preguntó: “¿Y el póster?”. “¿Cuál póster?”. “El de tu cuarto. ¿No que tú estabas comprometido? La policía hubiera pensado que estabas escondiendo a los revolucionarios. Por el póster”.

Pablo se refería al póster del Che Guevara que yo tenía pegado con chinches sobre mi pared del cuarto. Se refería también a las pequeñas mentiras con las que yo le decía, para darme importancia, que en realidad mi casa, tan llena de estudiantes y agraviados del 68, era algo así como un cuartel clandestino de la guerrilla. Por eso le dije: “Yo creo que me salvó Pelé. Los despistó”. En efecto, junto al póster del Che Guevara había uno del futbolista, vestido con su inmaculado uniforme blanco del equipo Santos, y al pie su firma: “Pelé”, no con un acento sino con una especie de glifo sobre la última “e”. El sello distintivo del Rey.

3. La postura revolucionaria necesitaba canciones comprometidas hasta que un día guitarrero ocurrió el momento, el parto de la historia. Yo cantaba el Himno y de pronto me ganó la risa: Aquí se queda la clara,/ la entrañable transparencia/ de tu querida presencia/ mi cerveza Carta Blanca. Fue una liberación. Y lo que siguió: “Hasta la Vicky (cerveza Victoria) siempre”. Estaba ya pavimentado el camino del Hombre Nuevo. Y luego más transgresiones. “Sean como el Che”, había dicho Fidel Castro. Y entonces yo desarrollé un cuadro asmático.