El camaleón peripatético

Operación De Quincey

“El cruel jinete ha mantenido el bocado en la boca del caballo durante dos siglos; quítale el freno un minuto, por favor, y lávale la boca con agua”

Será primera vez en mucho tiempo —me dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— que una biografía referida al escritor Thomas De Quincey (1785-1859) no aluda en el título a uno de sus libros: Confesiones de un comedor de opio inglés (1822). La nueva biografía (me entero en el Times Literary Supplement, 13 de mayo de 2016, y en Harper’s Magazine, octubre de 2016) se titula Guilty Thing. A Life of Thomas De Quincey.

—Al parecer la biógrafa Frances Wilson transita por una pregunta que se hizo el mismo De Quincey en páginas publicadas años después (Suspiria de profundis, 1845) respecto a sus alucinaciones: “¿Fue el opio, o fue el opio en combinación con algo más lo que creó tales tormentas?”. Este “algo más”: cuando él tenía seis años una hermana de ocho murió de hidrocefalia. De Quincey volvería siempre a tal escena: el momento en que entró secretamente al cuarto donde estaba la hermana muerta y besó “los labios que no besaría ya” antes de oír que alguien se acercaba y “escabullirse del cuarto con pasos sigilosos” y como una “guilty thing” (de ahí el título de la nueva biografía). Pero el suyo no es un caso de culpa “sentida” o “confesada”; la cosa es cómo De Quincey se apropió de la culpa al grado de anexarla a su don literario.

—Todo reitera que De Quincey es muchos De Quinceys; mejor dicho: De Quincey es un “yo” elusivo. A lo largo de sus escritos (21 volúmenes y más de 200 ensayos) los retratos de tal “yo” son formas de la huida, de disolverse o desaparecer él mismo entre la multitud urbana o dentro del desfiladero de un sueño, o de ir a dar a otro cuerpo: un doble. El logro de Wilson: su libro genera en quien lee “los modos de pensamiento necesarios” para seguir a De Quincey “mientras va cambiando, impredecible, de una a otra” y entre todas las formas imaginables. La última frase de la biografía: “Ya todos somos dequinceyanos”. Y sí. Por decir algo: él escribió sus memorias de adicto mucho antes de que la palabra drogadicción siquiera se acuñara (William Burroughs aseguró que “ningún otro autor ha dado una descripción analítica tan completa de lo que es ser un junky”). O bien, De Quincey inventó las categorías de la psicología moderna (introdujo en el vocabulario, entre otras, las palabras “patológicamente” y “subconsciente”) y exploró su “infancia laberíntica”. Su ensayo “Del asesinato considerado como una de las bellas artes” (1827) fundó la predilección moderna en la narrativa de crimen por el “asesino dandy”. Su obra es también una dequinceypedia amplia y frecuentable: fue, dice Wilson, un hack (no el hacker de hoy; sino el “machetero”, el escritor a destajo, el gacetillero, el talachero) “trascendental”. Y lo que a mí me resulta el encanto último de De Quincey: él mismo se preguntó si no había “inaugurado la dolencia de la risa”. Puede estar escribiendo sobre un asunto hórrido; y de pronto, la ocurrencia y lo risible. Y asocio esto con algo difícil de tolerar en un escritor que no sea De Quincey: su gusto inapelable por las digresiones. En él, la digresión es un arte; al grado de que mientras De Quincey escribe uno desea que se salga, cada vez, del tema. Incluso las notas al pie son menos eso que digresiones en letra chica. Ahora que lo pienso, uno de sus ensayos más antologados, “Literatura de conocimiento y literatura de poder”, no es más que una digresión en un texto más largo, que hoy nadie recoge entero, sobre el poeta inglés Alexander Pope.

—Recordé en especial una digresión dequincyeana cuando hace no mucho pasé junto al pobre Caballito al que restauran tras velos entre el Munal y el Palacio de Minería del exDF. Tengo el pasaje con marca en un libro que contiene Del asesinato …, junto con El coche correo inglés (trad. Antonio Dorta, Espasa-Calpe, Madrid, 1966). De Quincey refiere el momento en que un coche correo con caballos desbocados, porque el cochero se adormila, está a punto de chocar contra un pequeño carruaje donde van una muchacha y un muchacho. En eso, De Quincey digrega; se sale del digámosle tráiler (muy emocionante, por cierto) y con lo que dice imaginé una operación que consistirá en liberar a todos los Caballitos que en el mundo existen del (por muy rey, general, héroe que sea) bobo que los monta. Operación De Quincey: “Mira esa estatua ecuestre de bronce. El cruel jinete ha mantenido el bocado en la boca del caballo durante dos siglos. Quítale el freno un minuto, por favor, y lávale la boca con agua”.