El camaleón peripatético

A las once serán las doce

decía Vallejo: “Sin duda alguna, hay versos en ese maldito "Trilce" que, justamente por derrengados y absurdos, hallan su realización cuando menos se espera”

Una prueba más de que la poesía da para todo —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—. Hasta para el horario de verano. Tiene que ver con el poeta César Vallejo, su libro Trilce (1922) y un incidente en una de sus crónicas.

—Fui antes al poema LIII que comienza: “Quién clama las once no son doce!/ Como si las hubiesen pujado, se afrontan/ de dos en dos las once veces”. Fui no sólo a buscar este principio sino a ver qué más traía al respecto la muy cuidada y esclarecedora edición de Trilce a cargo de Julio Ortega (Cátedra, 1993).

—Ortega incluye esta interpretación de un experto en Vallejo, James Higgins: “En el poema las leyes naturales que controlan la vida del hombre están tratadas en forma abstracta. Así, en la primera estrofa tales leyes se manifiestan en la marcha inexorable del reloj. La pregunta inicial plantea, como una verdad que nadie se atrevería a refutar, la proposición que ‘las once…no son doce’, en cuanto desde el primer momento es el destino de cada hora ir acercándose a la próxima hasta transformarse en ella. Esta idea es desarrollada en la segunda oración que parece referirse a las dos manecillas del reloj: a las 11 éstas señalan el 11 y el 12 respectivamente y luego, en una confrontación parecida a una subasta donde dos rivales van aumentando su oferta, la manecilla corta avanza conforme la larga pasa de numeral a numeral, hasta que ambas coinciden en el 12. Así, la estrofa destaca el dominio del tiempo en la vida del hombre”. Queda claro.

—Sí. Podemos pasar al incidente. Fui al primer verso por algo que recordé. Viene en una de las Crónicas. Tomo II. 1927-1938 (UNAM, 1985) que Vallejo escribió, fechada “mayo de 1927”. Empieza: “Los periódicos de París anuncian para esta noche el cambio de hora de la situación. Hoy empieza el horario de verano. L’Intran dice en su primera plana: ‘Esta noche, a las once serán las doce’. Y un amigo mío… me llama la atención hacia el hecho de que los términos en que L’Intran anuncia el nuevo horario de París, le traen a la memoria un extraño poema de mi libro Trilce, donde hay un verso que dice: ‘¿Quién clama que las once son las doce?’ —He aquí —sostiene mi amigo— que el verso de usted va a realizarse esta noche en París. A las once serán las doce. Es decir, las once serán contadas por doce. ‘¿Qué hora es?’, preguntaremos a cualquier transeúnte y éste nos responderá, muy seguro de lo que dice: ‘Son las once o, lo que es igual, las doce de la noche…’”

—Qué maravilla. Aunque Vallejo cambió el verso. Para que se ajustara con el cambio de horario o porque quiso “aclararlo”.

—No importa, camaleón. Dan en lo mismo. Importa en cambio lo que añade Vallejo en su crónica: “Sin duda alguna, hay versos en ese maldito Trilce que, justamente por derrengados y absurdos, hallan su realización cuando menos se espera. Son realizaciones imprevistas y cómicas, pero espontáneas y vitales. Aquello de que esta noche las once sean doce en París, no puede ser más cierto y viviente. Aquél que no acepte esta nueva verdad matemática de que once son doce, tendrá que vérselas esta noche con mil catástrofes personales. Porque bueno es que se sepa que sin el reloj —solar, de arena o de metal— nada es posible en este valle de lágrimas. Una persona sin reloj no vive en regla con su destino. Aun más allá de la tumba, impera un horario. La muerte misma lleva reloj y sujeta sus actos de muerte a la medida del tiempo, porque la Muerte, para matar tiene que estar dentro de la disciplina del reloj; en caso contrario sería una Muerte que no mata”. Hasta la muerte ajusta su horario de verano.

—Pues abur y vuelvo al peripato, pero antes. En otro texto Vallejo llamó a tales coincidencias o “premoniciones” del poema, “profecía de la poesía”. Se refiere a un verso en que hablaba de un adjetivo “en el cual crece la hierba”. Años más tarde vio en una piedra del cementerio Montparnasse un adjetivo con hierba.

—Pero volviendo a Trilce. Qué te parece, hoy, esto. El poema XXXII comienza: “999 calorías…/ Serpentínica u del bizcochero/ enjirafada al tímpano”. De estudiante, en la ciudad peruana de Trujillo, Vallejo oía al bizcochero que pasaba por su calle pregonando “biscochouus”: de ahí la u del verso. Y “enjirafada”: el pregón se oía incluso en los pisos altos. Enjirafarse: estirarse. El último verso: “Treinta y tres trillones trescientos treinta y tres calorías”. ¿A qué suena, camaleón? ¿Qué más “profecía de la poesía” quieres?