El camaleón peripatético

El mar color de vino

Resulta que en la frase “el mar color de vino”—dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— hay un caso más de lo que has llamado “eternidad de los lugares comunes” en esta deriva: lo que en su momento fue una obviedad, los años y las lecturas potenciaron literariamente.

—Al respecto, propongamos un atajo, camaleón. Vamos de golpe a un relato de Leonardo Sciascia titulado precisamente “Il mare colore del vino”, y que también da título al libro traducido al español por Ana Goldar como El mar de color de vino (Bruguera, 1980). En el relato un ingeniero comparte un viaje por tren de Roma a Sicilia con una familia donde hay un niño travieso y lenguaraz apodado Nené. Cuando el tren pasa frente al mar de Taormina, su padre, un profesor de escuela, exclama: “¡Qué mar! ¿Dónde hay otro mar como este?”. “—Parece vino —dijo Nené”, y se desata un episodio donde los padres del niño le discuten el color del mar e incluso le hacen pruebas para ver si no es daltónico; pero Nené insiste cada vez: “A mí me parece vino”. El episodio concluye con los pensamientos del ingeniero: “El mar de color de vino, ¿dónde he oído esa frase? El mar no es de color de vino, el profesor está en lo cierto. Tal vez a primera hora del amanecer o a la hora de la puesta del sol, pero no a estas horas. Y sin embargo, el niño ha captado algo real, quizá el efecto, como de vino, que produce un mar como éste. No embriaga; se apodera de los pensamientos, suscita una sabiduría antigua”.

—El narrador de Sciascia no le revela al lector, o no le revela a su ingeniero, que la frase apareció por primera vez en la Ilíada.

—En efecto, pero es lo de menos y la cosa no iba por ahí, camaleón. Hemos ido al episodio simplemente para resumir cómo la frase o el epíteto “el mar color de vino” ha suscitado desde siglos muchas lecturas afortunadas o inspiradas, interpretaciones imaginativas y redondas, ejercicios de reflexión y creatividad, y algunas hipótesis locas como la del primer ministro británico William Gladstone en el siglo diecinueve: según él, la frase se explicaba porque los griegos tenían una forma de “ceguera de color”, y su paleta óptica se limitaba al blanco y al negro, y posiblemente al rojo.

—Tienes aquí que en los 1980 surgió otra explicación: como los antiguos griegos mezclaban el vino con agua, el agua alcalina común al Peloponeso le habría dado al vino un color azul.

—La interpretación más “universal” sería la siguiente: el mar era color de mavrodaphne, un vino cuya tonalidad es la de un profundo color púrpura-pardo, y así el epíteto de Homero “el mar color de vino” hablaba por un color “rojo-atardecer”.

—Veo que hay también la “no-interpretación”: muchos sostienen que la frase carece de sentido y que es una expresión hueco-poética sólo para “llenar verso”.

—Ya estamos entonces, camaleón, en el texto de la erudita Caroline Alexander en el Lapham’s Quarterly (volumen 6, número 3) dedicado al mar. Alexander, por cierto, tiene en marcha una nueva traducción al inglés de la Ilíada. En una de las traducciones anteriores, al aparecer “el mar color de vino” o “el mar vinoso”, leíamos algo así como: “Pero Aquiles, llorando, se apartó rápidamente de sus compañeros… y miró hacia el mar color de vino”. La de Alexander dirá: “Pero Aquiles, llorando, se apartó rápidamente de sus compañeros… y miró hacia lo profundo del mar tan oscuro como el vino”. Y es que comenta Alexander que los términos homéricos en griego para describir el mar, tienen sobre todo que ver con la luz. El mar es con frecuencia glaukós o melás. En Homero, glaukós (de ahí glaucoma) es un color neutral, que significa “resplandor” o “brillo”, aunque en griego posterior acabó por significar “gris”. Mélas (de ahí melancolía) es “de tonalidad oscura” y a veces, quizá de manera tosca, “negro”. Al fin, el enigmático “mar color de vino” es tan sólo “el mar oscuro”, el “mar adentro”.

—Pues me niego a tal obviedad; mi índole camaleónica me permite agotar todos los colores y tonalidades, o bien toda la imaginación cromática, que me sugiera la frase “el mar color de vino”.

—Así es, camaleón. La frase ya voló y seguirá volando más allá de su sentido inicial. Y algo más: es prueba de que desde los tiempos del señor Homero, poeta sin suerte no es poeta. O bien: clásico sin suerte, es decir sin lugares comunes transformados por el tiempo o las lecturas, no es clásico; se queda en mero y atado, previsible, decir contemporáneo.