El camaleón peripatético

La mano sobre el hombro

La tarde de un sábado de 1965 trajo a mis nueve años de edad uno de los momentos más felices cuando Luis me preguntó si quería, no jugar futbol sino 'ir' al futbol

Como hoy el América cumple 100 años —le digo al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—, daré en unos trazos una historia relacionada, personal.

~Mi madre Emma y mi tía Luisa tenían una casa de huéspedes en la colonia Hipódromo Condesa en los 1960, años en que yo era un niño contagiado por el futbol, tanto por jugarlo en el Parque México, a donde daba nuestra casa, como por verlo en las transmisiones televisivas. ~En una de ellas jugaba el América. Por el nombre curioso de un jugador, Pepín González, decidí irle a ese equipo y nomás por esa vez. Fue para siempre. ~Como ahora, con el América solo había de dos sopas: amarlo u odiarlo. ~Los huéspedes de la casa eran por lo general jóvenes de la provincia mexicana o de Centro y Sudamérica, muchos de ellos enviados por sus familias para estudiar en la Ciudad de México. ~Para mí, todos con un común denominador: eran antiamericanistas y, más que otra cosa, encontraban en mi americanismo y en cómo escarnecerlo una regalada actividad distractora para una casa de huéspedes. ~Mi madre no sabía si odiar o querer al América; más bien lo primero puesto que el América me hacía sufrir. ~Mi tía Luisa, quien fue nuestro padre ante la ausencia del mismo, iba más allá para advertirles a los huéspedes que dejaran de joderme con el América porque se las verían con ella y no con el niño que era yo. ~Aquellos huéspedes se las ingeniaban para rodear el veto de mi tía. ~Por caso, los domingos en que jugaba el América se esperaban a que estuviera yo desayunando para bajar al comedor y silbarme a turnos una canción pegajosa y de moda, interpretada por Herb Albert y sus Tijuana Brass: “Whipped Cream”. El equipo América era apodado Los Cremas: los huéspedes me profetizaban así que habría “Crema batida”. ~Una excepción entre ellos resultaba Luis Trejo Esquivel, guatemalteco. ~Luis no era “estudiante huésped” sino solo huésped. Respecto a él los mayores en la casa sabían que estaba en México “por motivos políticos”; lo que yo sabía o me importaba saber de él en ese entonces era su gusto por el futbol, al grado de que a su regreso a la casa se detenía a cascarear con los niños que jugábamos en el parque. ~Luis me caía bien por otra cosa: la cara morena, el modo en que metía los pies al andar y al correr, las amplias entradas en la frente y la manera en que le pegaba a la pelota me recordaban a uno de mis ídolos de entonces: Zague, el centro delantero del América. ~La tarde de un sábado de 1965 trajo a mis nueve años de edad uno de los momentos más felices cuando Luis me preguntó si quería, no jugar futbol sino ir al futbol. ~Se trataba, a mis nueve años, del partido de la vida o de mi vida: ese domingo de marzo el América y el Guadalajara jugarían el Campeón de Campeones en el estadio de Ciudad Universitaria. ~No sé cómo logré dormir la noche anterior. El domingo salimos de la casa a las diez y media de la mañana para tomar el camión que por Insurgentes nos llevaría al estadio de CU. ~El tiempo voló y dio comienzo el partido que más me haya impactado aunque, o quizá porque, el América acabó perdiendo 2-1. ~Fue el partido histórico en que Guillermo Sepúlveda, antes de salir expulsado, se quitó la camiseta del Guadalajara, se las mostró a los contrarios del América y la arrojó a la cancha para decir: “Con la sola camiseta les ganamos”. Y ese día, dolorosamente para mí, fue cierto. ~Poco después Luis desapareció de la casa de huéspedes. Al año se presentó a la casa una mujer que resultó era la esposa y venía por las pertenencias de su marido, ahora muerto luego de reingresar, clandestino, en Guatemala. Luis había sido subteniente y se había pasado al lado contrario, la guerrilla: había muerto en un enfrentamiento contra su propio ex ejército. ~Al regreso del partido en CU el camión estaba repleto; la mayoría de los ocupantes celebraba el triunfo del Guadalajara. Nos tocó ir de pie. Yo iba agarrado del tubo curvo unido a los asientos porque mi estatura no alcanzaba los tubos del techo, a diferencia de Luis que estaba atrás de mí. Frente a la derrota, frente los embates festivos de los fanáticos del Guadalajara y la íntima certeza de que quizás era el único americanista, y mudo, en el camión, estuve a punto de echarme a llorar. Luis Trejo lo presintió; en el momento exacto me puso la mano sobre el hombro y lo apretó ligeramente. Con ese dique paternal atajó la inminencia del llanto.