El camaleón peripatético

Una mágica posteridad

El columnista comparte el texto de agradecimiento leído al recibir un reconocido premio internacional de poesía, resaltando que “la única prueba concreta de la existencia de la magia es, se llama, Ramón López Velarde”

¿Dónde andabas? –pregunta el camaleón peripatético apenas entro al cuarto donde escribo–. El del peripato soy yo.

–Te respondo con el breve texto que leí la noche del viernes 5 de diciembre durante la ceremonia de entrega del Premio Festival Internacional de Poesía Ramón López Velarde, en el Teatro Fernando Calderón de Zacatecas. Fue dirigido a las autoridades de la Universidad Autónoma de Zacatecas; al poeta José de Jesús Sampedro, coordinador del Festival; y, claro, a los asistentes.

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Para mí se convierte en algo más allá del honor, que mucho lo es ya o en sí mismo, recibir este premio. Y ocurre de este modo por unas cuantas, invaluables cosas. Digamos: quizás el mayor de nuestros poetas —digo el mayor para que no haya confusión de géneros –sea Sor Juana Inés de la Cruz; y no habría espacio aquí para señalar otros momentos y poetas decisivos de México. Sin embargo no me canso de pensar o sentir que Ramón López Velarde es el centro de la poesía mexicana. Me preguntaba qué tan lejos o tan cerca estará el año 2021, cuando ocurran los centenarios de la muerte de López Velarde y del nacimiento de su poema “La Suave Patria”. Y caí en la cuenta de algo: vamos a los aniversarios velardeanos como si hubiéramos de no olvidarlo, de re-ponerlo; y resulta al contrario: es López Velarde quien nos repone a nosotros. Desde el 2021 o desde cualquier fecha futura, es López Velarde quien no cesa y al parecer no cesará de venir hacia nosotros. No sólo literariamente; no sólo sorprendiéndonos al ver cómo su obra sigue transformándose y es surtidor –palabra que le gustaba– de todas las lecturas, claves y cifras posibles. Hay algo más, y lo sabemos. El poeta Robert Browning pudo decir de su país: Inglaterra me ha ayudado aquí y allá; nada nos cuesta reconocer que México nos habrá ayudado aquí y allá, pero no siempre, no cada vez, o bien: México no ha ayudado a todo México, y entonces al no ayudar a muchos otros como que a veces deja de ayudarnos a todos. En cambio, y en lo personal, hay otro país del que sí puedo decir: López Velarde me ha ayudado aquí y allá. Incluso al tratarse de situaciones recientes; yo llevo semanas y semanas repitiéndome a manera de conjuro, de asidero, de purificación nacional, el verso: Inaccesible al deshonor, floreces; y aunque rime y rime, una y mil veces: Inaccesible al deshonor, floreces.

Y ahora bien. Luis Cardoza y Aragón abrigó la certeza de que la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre; creo que a Cardoza no le habría disgustado una deriva que yo tengo al respecto. La única prueba concreta de la existencia de la magia es, se llama, Ramón López Velarde. Lo sigo comprobando al paso de tantos años desde que, en un cuarto de madera apodado El Palomar por encontrarse sobre la azotea de la casa de mi familia en la ciudad de México, leí de joven aquel librito con prólogo y selección de Xavier Villaurrutia, Elleón y la virgen, publicado en 1971 por la Biblioteca del Estudiante Universitario de la UNAM. Aún lo conservo y lo he traído aquí, portado en el bolsillo izquierdo de mi saco para que quede cerca del corazón, o bien, del son del corazón. Ante aquel deslumbramiento y aquel gozo –como supongo le ocurre ahora a cualquier joven que accede por primera vez a la magia velardeana– ni en el más loco de mis sueños pensé que alguna vez mi nombre, por un solo instante, aunque fuera por un instante, por un instante al menos, se uniría al nombre de Ramón López Velarde. Por eso considero más que un honor el que me hayan dado este instante, que naturalmente se dispersa. López Velarde se va por lo pronto al 2021 y a incontables fechas más allá; López Velarde se retira a su mágica posteridad, y yo me quedo ante ustedes sin saber cómo agradecerles este instante, si no es agradeciéndoselos con la promesa de atesorarlo, guardarlo quizá en una caja de carretes de hilo, oírlo de nuevo y tal vez en una campanita de barro que suene a plata, saberlo en un golpe gustativo de chía, olerlo en alguna santidad panadera, y merecerlo muy, muy despacio.

Muchísimas gracias.