El camaleón peripatético

Tú con cuál lloras

Desde hace muchas semanas me activa el lagrimal un solo verso de Ramón López Velarde dirigido a la (pese a todos los pesares) Suave Patria; verso que me repito a modo de conjuro, certeza, asimiento: “Inaccesible al deshonor, floreces”, una, y otra, y otra vez.

Tú con cuál lloras —inquiere el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo al ver una compilación de poemas quién sabe si muy extraña o de algún modo previsible; en todo caso, y que sepamos, a nadie se le había ocurrido: editada por Anthony y Ben Holden, padre e hijo, se titula Poems That Make Grown Men Cry: 100 Men on theWords That Move Them (Simon & Schuster, Londres, 2014). En efecto los Holden les preguntaron a cien hombres (la mayor parte escritores, gente de cine y músicos), sobre cuál poema los hacía llorar o, según el subtítulo, “qué palabras los conmovían”; a cada poema escogido lo precede un breve apunte de quien hizo la elección—. Tú con cuál lloras.

—Originalmente iba a titularse Poemas que hacen llorar a hombres fuertes; Ben le sugirió a su padre Anthony un título que sonara “menos macho”. Le cambiaron de “fuertes” a “mayores”. Pues sí. Del modo anterior habría sonado a “poemones para hombrones bien llorones”. Con todo y que en el prefacio me entero de esto: aunque el conducto lagrimal de los hombres es más grande que el de las mujeres, “los estudios han demostrado de modo consistente que alrededor de los diez años de edad se da una divergencia y a partir de ahí los muchachos lloran menos que las muchachas”. Ahora: las edades de quienes eligieron, hombres de más de veinte países, van de los primeros veintes a los entrados ochentas. Entre los cien poemas escogidos hay autores de dieciocho países; solo doce fueron escritos por mujeres. Un 75 por ciento de los poemas se escribieron en el siglo XX. Entre los poetas más recu- o soco-rridos están A. E. Houseman, Thomas Hardy y Philip Larkin, con tres poemas cada uno. Se dio el caso de cinco parejas entre los electores que casualmente y por razones distintas coincidieron en el mismo poema; así (y entre los pocos de lengua española convocados al libro), Ariel Dorfman y Javier Marías escogieron “Amor constante más allá de la muerte” de Quevedo.

—Ya no te hagas. Tú con cuál lloras.

—Ha también de notarse, camaleón, que el poeta con más poemas incluidos es W. H. Auden, con cinco. De él, por ejemplo, Salman Rushdie escogió “En memoria de W. B. Yeats”. Sería de esperar que el infaltable de Auden, incluso el elegido por dos o más de dos, fuera uno de sus poemas muy visitados desde siempre pero que se hizo famosísimo luego de la película Cuatro bodas y un funeral; es el poema de Auden (ya nos hemos ocupado de esto tiempo atrás) que va: “Paren los relojes, corten el teléfono;/ eviten que el perro ladre dándole un hueso jugoso./ Que los policías lleven guantes negros… Empaquen la luna y desmantelen el sol”, etc. Y no. Nadie escogió ése. Resulta que el poema de Auden que logró “pareja” fue “Lullaby” o “Arrullo”, que empieza (versión de J. J. Blanco): “Pon tu cabeza, mi amor, tan humana,/ y duerme, sobre mi brazo infiel…”. Lo escogieron el historiador Simon Schama y, dato curioso, el actor Simon Callow. Curioso porque Callow actúa precisamente como el personaje del “funeral” en la película y a quien al morir su pareja le lee el poema de Auden como epitafio. Dice Callow en la breve nota donde explica o justifica su elección del poema que desde antes de hacer la película conocía el “Paren los relojes…” pero que el poema de Auden activador de lagrimal para él es “Lullaby”. Y qué piensas de otras curiosidades, camaleón. Digamos que el novelista de espionaje John Le Carré escogió directamente del alemán la “Segunda canción de la noche” de Goethe (la llama “una conmovedora y exquisita contemplación de la vejez”), y el actor Jeremy Irons escogió una versión, traducida al inglés del español, ni más ni menos que por la autora de fantasías épicas Ursula K. Le Guin, de un poema de Gabriela Mistral, y… ¿camaleón?

—Basta de evasiones. Tú con cuál lloras. Y no me vengas en respuesta con cosas como las que adujo el dramaturgo Patrick Marber cuando dio su negativa a estar en el libro: “Claro que tengo un poema que me hace llorar, pero no voy a compartirlo con nadie”.

—Está bien, camaleón. Conste que esto será lo más parecido a lo que desde hoy, y viniendo de tu parte, podría llamarse acoso lagrimal. Desde hace muchas semanas me puede, me activa el lagrimal un solo verso de Ramón López Velarde dirigido a la (pese a todos los pesares) Suave Patria; verso que me repito a modo de conjuro, certeza, asimiento: Inaccesible al deshonor, floreces. Una, y otra, y otra vez: Inaccesible al deshonor, floreces.