El camaleón peripatético

La joroba de Narciso

A principios del siglo XX Freud inventó la cura por habla para sanar las enfermedades de la psique moderna; a principios del siglo XXI la gente no puede parar de hablar de sí misma.

Acabará por resultar que la obra Eco y Narciso (1903) —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— del pintor inglés J. W. Waterhouse, donde vemos a Narciso verse en un lago mientras Eco, sentada junto, a su vez lo ve verse, sería uno de los primeros selfies. Y habría que rebautizarlo: Eco ve cómo Narciso se hace un selfie.

—Pues sí, camaleón. Se menciona la palabra selfie en varios de los artículos de publicaciones en inglés que dan cuenta de una racha de libros sobre el narcisismo. De alguna manera todos vuelven a aquel libro de Christopher Lasch, La cultura del narcisismo (1972), y al parecer lo extreman. Oye este título de Jeffrey Kluger: El narcisista de junto: Para entender al monstruo en tu familia, en tu oficina, en tu cama —en tu mundo. Otra autora, Elizabeth Lunbeck, de plano es como si creara una nueva especie, el “narciso caníbal” o el narciso vampiro: “El narcisista está hambriento de tributo y, de modo más elemental, de provisiones narcisistas que literalmente pueden tomar la forma de ‘comida’. Los otros son visualizados sólo como personas que en su interior tienen comida que el narcisista puede devorar”.

—Para volver al selfie, me imagino que la oleada de libros sobre el narcisismo se asocia con las redes sociales. ¿Se supone que hay más narcisismo puesto que en Internetlandia hay más “cúmulo de espejos”? Una de las reseñistas de estos libros, Laura Kipnis, observa una ironía. La condición del “yomismismo” moderno es la insaciabilidad, sobre todo para hablar de sí todo lo que uno quiera. La ironía: a principios del siglo XX Freud inventó la cura por habla para sanar las enfermedades de la psique moderna; a principios del siglo XXI la gente no puede parar de hablar de sí misma. La cura se ha vuelto el síntoma de la nueva enfermedad.

—El asunto, camaleón, es que no tuve antojo de leer o siquiera buscar alguno de estos libros. Volví en cambio a uno fascinante (y uso la palabra de modo deliberado, como se verá) y que hace años me reveló con originalidad el, por decirlo así, otro lado del mito de Narciso. En El espejo de Medusa (FCE, 1985) su autor Tobin Siebers asocia el de Narciso a otro mito, el de Medusa, la mujer de la mirada petrificante, y los relaciona a ambos con la superstición del mal de ojo, que del griego baskania derivó en las palabras latinas fascinum y fascinatio. Al igual que Medusa, Narciso cautiva y deja estupefactos a quienes lo circundan, y él mismo acaba de perder su belleza y su salud por autoembrujamiento, como un caso de suicidio por fascinación. Siebers refiere que la potencia de la mirada de Narciso tiene que ver con el miedo de los antiguos griegos a contemplar el reflejo de la propia mirada, y posteriormente con la superstición del mal de ojo. A fin de cuentas el mito de Narciso, fijado como nadie por Ovidio en las Metamorfosis, va a dar a la existencia de una flor. A la muerte de Narciso, escribe Ovidio (versión nuestra*), “No se encontró el cadáver./ Pero ahí, en la hierba sumida donde él había muerto,/ Estaba una alta flor, intacta,/ Inclinada, un collar de pétalos blancos/ Alrededor de un delicado balín en el centro/ Amarillo como yema de huevo”. Narkissos se refiere así al hermoso personaje del mito y a la flor Narcissus poeticus. Siebers añade que Narkissos pertenece a “ese grupo de palabras curiosas en torno al verbo griego narkao. Este verbo significa ponerse tieso o entumecerse debido a parálisis, susto o frío; y evoluciona hasta nuestra palabra ‘narcótico’”. Viene luego la relación de “hipnótico” y “narcótico”: “El término griego hypnos, que se refiere a ‘sueño’, tiene también relación con hypnikos o ‘planta que produce sueño’. No es coincidencia que el Narcissuspoeticus tenga un efecto hipnótico, ya que esta flor fue creada como parte del ardid para secuestrar a Perséfone. Zeus, en conspiración con Hades, atrae a Perséfone con el hermoso narciso”.

—Pues abur y vuelvo al peripato, pero antes: ¿qué tienes que decir sobre la hermosura como uno de los atributos esenciales de Narciso?

—Ahí mi texto preferido es del poeta inglés W. H. Auden en La mano del teñidor (1ª traducción al español: Barral Editores, 1974). Dice Auden que Narciso no se enamora de su reflejo porque este sea bello, sino porque es suyo. Si fuera su belleza la que lo hechiza se vería libre en unos cuantos años, al perderla. “Después de todo”, suspiró Narciso el jorobado, “a me queda bien”.

*Fábulas de Ovidio. Versiones de Luis Miguel Aguilar. Ediciones Cal y arena, México, 2001.