El camaleón peripatético

La inmensidad en siete sílabas

Cada lectura permite o incluso exige un añadido personal para completar el poema, que en realidad o por lo mismo es inacabable: una vez completado, hay que completarlo de nuevo

¿Poemita? Poemota —me revira el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo al mencionarle con esa primera palabra un poema que cumple cien años. Lo escribió Giuseppe Ungaretti (1888-1970) el 26 de enero de 1917 en el pueblo Santa María La Longa al norte de Italia, en las trincheras, mientras peleaba durante la Primera Guerra Mundial—. Su brevedad es un mero espejismo.

—Tienes razón. Antes de volver a una paradoja de la que ya hemos platicado aquí, señalemos otra: ese poema, escrito efectivamente en las trincheras, al final fue parte de un libro de Ungaretti titulado La alegría.

—Antes de citarlo en su idioma original, demos dos versiones al español. Te encontraste el poema por vez primera en una Antología de la poesía italiana (selección, versión y prólogo de Manuel Durán. UNAM, México, 1961). Ahí se titula “Amanecer” y dice: “Me ilumino/ de inmensidad”. Luego en La alegría/La tierra prometida (traducción de Oreste Frattoni. Ediciones Librerías Fausto, Buenos Aires, 1974). Ahí se titula “La mañana” y dice lo mismo: “Me ilumino/ de inmensidad”. En ambos casos la edición reproduce el original; uno da la bienvenida a las traducciones y las juzga necesarias, pero una vez hecho esto comprueba que no haría falta llevarlo del italiano al español. O bien, se queda para siempre con el original. Se titula “Mattina” y dice:

M’ilumino
d’immenso
.

—La paradoja aludida tiene que ver con lo largo y lo corto de algunos poemas, y de cómo lo largo y lo corto se invierten. Digamos: el poema más largo que existe, el Mahabarata, escrito en sánscrito, con unos 200 mil versos, bien visto va a dar a o está contenido en un instante: el instante en el que el dios Krishna le pone en claro al renuente guerrero Arjuna que debe entrar a la batalla contra sus primos o de otro modo el universo entero peligrará. En cambio, el poema quizá más famoso del japonés Basho trata de una ranita que salta sobre un estanque antiguo e impasible; es un haikú y en las diecisiete sílabas que lo integran Basho logró dar cuenta de la eternidad. Así el de Ungaretti: el poema contiene ni más ni menos que a la inmensidad en siete sílabas.

—En la nota introductoria a Ungaretti en su antología, Manuel Durán incurre en algo exótico pero decidor: “Algunos (de los poemas de Ungaretti) como ‘Mattina’, están reducidos a un mínimo: es poesía concentrada, ‘deshidratada’ (en el buen sentido de la palabra) a la cual el lector tiene que añadir los líquidos de su propia interpretación y su propia experiencia”.

—Pues sí. Cada lectura permite o incluso exige un añadido personal para completar el poema, que en realidad o por lo mismo es inacabable: una vez completado, hay que completarlo de nuevo.

—La última versión al español de “Mattina” llegada a tus ojos dice en una sola línea: “Me ilumino de inmenso”. Podría ser un acierto: un solo verso de siete sílabas y en contigüidad estrecha con la lengua española. Después de todo y por ejemplo, Ungaretti escribió entre sus poemas “reducidos al mínimo” uno (“Una paloma”) de una sola línea, de once sílabas que en español darían las mismas que en italiano: “De otros diluvios oigo una paloma”.

—No, camaleón. No en el caso de “Mattina”. Es absolutamente indispensable que las siete sílabas del poema se dispongan en dos versos, tal y como fueron escritos. Y, según yo, tiene que ver con la respiración. Si lees el poema en silencio es posible que inhales mientras de manera mental dices el verso “M’ilumino”, y que luego exhales, y vuelvas a inhalar al corte tipográfico antes de decir el segundo verso: “d’immenso”. Ahora: si lo lees o dices en voz alta debes inhalar para decir “M’ilumino”, y ya que “exhalaste” el verso, el corte antes del segundo verso te permite, te hace, inhalar otra vez para exhalar el siguiente: “d’immenso”. Y ya que exhalaste todo el poema, vuelves a inhalar, en silencio, a fondo. En el poema de Ungaretti el amanecer no cesa de ocurrir, y te inunda, te colma, gradualmente por la vista; la inmensidad te entra por los ojos. Pero no es menos decisivo, según creo, el modo en que el poema te hace al parejo respirar el amanecer. Mejor dicho: luego de estar en el poema, más allá de la inmediata y primera emoción visual que es su clave, te das cuenta de que a plenitud, vastamente, de una forma acaso impagable, con sus dos versitos de cuatro y tres sílabas “Mattina” te ha puesto también la inmensidad en los pulmones.