El camaleón peripatético

Por qué bajó a los infiernos

Se trata  de otro infierno, relacionado con prácticas religiosas precristianas. Y con otros héroes-dioses, con los caracteres de Padre divino e Hijo divino.

En el Credo que yo me aprendí de niño —le digo al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—, no venía eso de “descendió a los infiernos”.

—Es que hablas de épocas arcaicas. El Credo de hoy es directo y escueto. Y dice claramente que Jesucristo “fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos”.

—Ahora vamos a eso, pero en el que yo me sabía obraban algunas maravillas de imagen y ritmo, incluso. “Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho”. O bien, el de ahora nada más dice: “… subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos”. En cambio, el de mis épocas: “y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos. Y su reino no tendrá fin”. ¿Y el Espíritu Santo? El de ahora nada más dice: “Creo en el Espíritu Santo.” En cambio, el de antes: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de Vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el hijo recibe una misma adoración y gloria. Y que habló por los profetas”.

—Pues “descendió a los infiernos”, y es dogma y te callas. La cosa es por qué. Un poema del joven Goethe escrito en 1765 tiene una curiosa y en sus términos más lógica explicación al respecto. En la traducción de Rafael Cansinos Asséns se titula “Pensamientos poéticos sobre la bajada de Cristo a los infiernos”. El Hijo del Hombre baja “a la negra charca infernal” para mostrar ahí toda su magnificencia y su “Majestad terrible” contra Satanás y compañía.

—Sí, pero es un infierno “posterior”, camaleón. El habitado ya por Satanás y los castigos y los réprobos. El infierno era otro en un principio.

—Claro: un sitio de internet dice que “la Escritura llama infiernos, sheol o hades a la morada de los muertos donde Jesús permaneció antes de su resurrección”. Infierno vale aquí por inframundo: “Jesús conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la morada de los muertos. Pero ha descendido como Salvador proclamando la buena nueva a los espíritus que estaban allí detenidos”. Nada de Satanás y los diablos que vendrían después.

—Pues sí, pero no: se trata aún de otro infierno, relacionado con prácticas religiosas precristianas. Y con otros héroes-dioses, con los caracteres de Padre divino e Hijo divino: Atis, Adonis, Osiris (y entre nosotros Quetzalcóatl. V. Enrique Florescano, El mito de Quetzalcóatl. FCE, 1993). Mitos de muerte y resurrección conectados con la agricultura. Todos ellos son destruidos y todos ellos renacen. Todos ellos bajan al inframundo y regresan con la vida. Escribe sir George James Frazer en su clásico La rama dorada: “Cuando reflexionamos con cuánta frecuencia la Iglesia se ha ingeniado tan habilidosamente para injertar el acodo de la nueva fe en el viejo tronco del paganismo, barruntamos que la celebración pascual de la muerte y resurrección de Cristo se injertó sobre una cepa de la muerte y resurrección de Adonis que, como parece probable, se celebraba en Siria”. Más aún: “No deja de ser significativa una afirmación de San Jerónimo. Nos dice que Belén, tradicional lugar del nacimiento del Señor, estaba sombreada por un bosque del todavía más antiguo señor sirio, Adonis, y que donde el niño Jesús lloró, había sido llorado el amante de Venus. Aunque él no lo dice así expresamente, suponemos que Jerónimo pensaba que el bosque de Adonis fue plantado por los paganos después del nacimiento de Cristo con la idea de profanar el lugar sagrado. En esto pudo haberse equivocado. Si Adonis fue ciertamente el espíritu del cereal, difícilmente puede encontrarse para su morada un nombre más apropiado que Bethlehem, ‘La casa del Pan’, y es posible que fuera adorado allí, en su casa del pan, largo tiempo antes que el nacimiento del que dijo: ‘Yo soy el pan de la vida’. Aun en la hipótesis de que Adonis hubiera seguido, mejor que precedido, a Cristo en Bethlehem, la elección de su triste figura para desviar la fidelidad cristiana de su Señor no puede menos que parecernos muy apropiada cuando recordamos el parecido de los ritos que conmemoran la muerte y resurrección de los dos”. De modo que Cristo, camaleón, en un principio bajó a los infiernos por motivos estrictamente agrícolas.