El camaleón peripatético

Sin una gota de pasto

He pasado, aunque no seguidos, once mundiales de futbol viviendo frente al Parque México de la colonia Hipódromo Condesa; desde el Mundial Corea-Japón 2002 comenzó y avanzó poco a poco lo que hoy es mi absoluta foraneidad respecto al parque.

Si hago las cuentas con algo que no me falla —le digo al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—, he pasado, aunque no seguidos, once mundiales de futbol viviendo frente al Parque México de la colonia Hipódromo Condesa. Desde el Mundial Corea-Japón 2002 comenzó y avanzó poco a poco lo que hoy es mi absoluta foraneidad respecto al parque. Ya soy en, ante, mi parque un extranjero. Y espérate a que acaben la remodelación en curso, si es que algún día la acaban.

—Ni mi índole camaleónica ha logrado avenirse a lo que veo ocurrir como parte de las nuevas obras. Frente a tu casa tienes un campo de concentración para patos. En uno de los prados (aunque cómo llamarles prados a los que llevan años sin serlo realmente: mero suelo de tierra y, digamos para referir toda planta desértica, huizache) han colocado postes con alambres que sostienen unos muros de plástico negro para evitar las miradas de los vecinos y paseantes. Hay una manta de fondo naranja ilustrada con la foto de un pato; pato que ha de ser muy ilustrado puesto que dirige el siguiente mensaje: “Estimados Visitantes y Vecinos: Nuestro estanque está en reparación porque tiene fisuras por donde se va el agua. De manera temporal permaneceremos en esta jardinera”. (De modo que jardinera es el nuevo eufemismo para, ditto, mera tierra con huizache.) El pato añade en su mensaje que “nuestro cuidador (?) se hará cargo de nosotros durante este período y una asociación especializada vigilará que no tengamos ningún problema”. El pato invita a “disipar dudas” o, dado el caso, a “participar como vigilante voluntario” contactando a la Dirección de Gestión Ambiental de la Del. Cuauhtémoc. Al pie de la manta aparece el logo de esta misma delegación, el logo del gobierno de la Ciudad de México y otro increíble: Preservación de Quelonios, en cuyo centro puede verse efectivamente una tortuga. ¿Una tortuga que se hará pato? Más camaleónica que yo andará.

—Y ya no sé qué esperar sobre otra obra en marcha: el antiguo Teatro Lindbergh, conocido en mi infancia como el Monumental Estadio del Redondel, que con los años se fue volviendo un negocio de tianguis todos los fines de semana, lo mismo que las bancas se vuelven casetas de bienes y servicios (hasta masajes, por ejemplo). Como han tapiado el Redondel para las obras, cuando destapien, si algún día destapian, no sé si temer que en el amplio espacio rodeado por los arcos y las columnas art déco veremos que han puesto ya en descaro módulos de comercio para que ahí en lo sucesivo no deambulen ni futbolistas ni patines ni bicicletas sino ambulantes.

—Otra sorpresita puede venir de lo que harán en un círculo inmenso trazado sobre el Parque 2, que en tu infancia le llamaban el Parque de los Judíos puesto que en las bancas hasta podían verse periódicos en yidish; ¿pondrán ahí más de ese otro gran eufemismo llamado ecocreto, vil cemento simulador de adoquín? ¿O más ecograva, piedritas color guinda según esto “freáticas” y que acabaron en vil fregadera al solo producir más tierra y desierto? Ya hemos dicho en este mismo sitio que durante la temporada de vientos, del parque salen terracanes; olvidamos añadir que durante las lluvias esa grava, desgravada hasta volverse mugre tierra, crea ecopantanos o ecolodos, para seguir con los eufemismos en eco.

—Y pensar, camaleón, que el ecocreto y la ecograva vinieron a sustituir algo que no necesitaba sustituirse: las losetas que en 1965 cubrieron la tierra que había antes en las avenidas del parque. Sobre su posible permanencia y funcionalidad, cada vez y a quien no me crea, remitiré al camellón de la avenida Horacio en la colonia Polanco: ahí siguen esas losetas, puestas en diversas partes de la ciudad por la misma época. Y las del Parque México, en tres días: medidos por las tardes de abstinencia antes de poder futbolear nuevamente, de cancha de tierra a cancha de loseta.

—Tu sensación de extranjería ¿no será mera rabieta nostálgica?

—No lo creo, camaleón. O dime tú: ¿habrase visto un parque sin una gota de pasto? Ahora que, como nunca, soy ajeno a mi parque, vino la poesía en mi auxilio. Releyendo Al margen (Visor, 1972) de Jorge Guillén, me encuentro un poema (“Este pradecillo”) hecho “al margen” de Lorenzo de‘Medici, mejor dicho de un verso suyo: Un verde praticel pien di bei fiori. Olvídate de las flores, que muchas, y bellas, y en el parque, hubo; desde hace años en el parque no hay ni un verde pradito.