El camaleón peripatético

A cien millas de Cornish

Me quedo con el ejercicio de Ian Hamilton: "En busca de J. D. Salinger", “narrado” por él y un álter ego que discuten hasta qué punto su “búsqueda” del escritor necesita meterse con la vida del autor para iluminar su obra.

No lo voy a leer ni en película —le aseguro al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—. Gracias al muy buen artículo de Víctor Núñez Jaime, “Los misterios de Salinger”, publicado este sábado en MILENIO (Laberinto, 15/2/14), ya vi por dónde va la cosa en el libro Salinger de David Shields y Shane Salerno.

—Pero cómo dices eso frente al trabajo que se tomaron los autores para reconstruir la vida de J.D. Salinger (1919-2010) luego de que se abstuvo o abstrajo del éxito retirándose en 1953 a una casa de campo en el pueblito de Cornish, New Hampshire. “Durante casi una década entrevistaron a 200 personas con el objetivo de hacer un libro y un documental que derribara los misterios de J.D. Salinger… Obtuvieron testimonios de soldados que fueron compañeros del escritor durante la Segunda Guerra Mundial, familiares, amigos, vecinos, editores”.

—Supe del documental dirigido por Salerno hace unos meses en la reseña de David Denby (The New Yorker, 23/9/13), y percibo cuando menos esta paradoja: el que una película sobre un escritor tan leve y agraciado como Salinger arrojara dos horas y nueve minutos de tedio. Llegaron al absurdo de entrevistar al esposo de una reportera, Lacey Fosburgh, quien alguna vez recibió una llamada telefónica de Salinger; el esposo recrea la excitación y el aliento contenido al recibir esa llamada.

—De regreso al libro. Núñez Jaime nos informa de la conclusión a la que arribaron los autores: “Hay dos fronteras cruciales en la vida de Salinger: el antes y el después de la guerra, y el antes y el después de la religión. La guerra lo destruyó como hombre, pero lo convirtió en un gran artista; la religión le ofreció consuelo espiritual tras la guerra, pero destruyó su arte”. Y agregan respecto a la religión: “El hinduismo advaita vedanta lo llevó a abandonar la narrativa para convertirse en divulgador del misticismo, destruyó su obra y, con el tiempo, lo obligó a guardar silencio para cumplir con las frases finales de su doctrina religiosa”. ¿Qué piensas?

—1. Los autores debieron dedicar aunque fuera un tiempo de esa “casi década” a por lo menos leer a Salinger y ver que sus obras más conocidas las escribió no antes de la sino con “filosofía vedanta”; y no solo eso: igualmente con otros “orientalismos” como el Zen y el Tao. Y, 2. Veo que se les hace inconcebible un tipo que tan solo deteste la fama.

—Como que en tal populosa e inflada búsqueda de “los misterios de Salinger” se olvidaron de buscar en el propio Salinger.

—Por eso, camaleón, yo me quedo con el ejercicio muy previo del poeta inglés Ian Hamilton: En busca de J. D. Salinger (1988; publicada en español el mismo año por Mondadori). Está “narrado” por Hamilton y un “álter ego” que discuten sobre hasta qué punto su “búsqueda” de Salinger necesita meterse con la vida del autor para iluminar su obra. Un capítulo se ocupa del acoso a Salinger y da cuenta del callejón idiota al que llevó tal acoso. En su último libro publicado en vida, Franny and Zooey (1961), hay una traviesa nota al lector que concluye: “Mi opinión más bien subversiva es que los sentimientos de un autor por el anonimato/oscuridad son el segundo bien más preciado durante sus años en activo. Mi esposa me ha pedido que añada, sin embargo, en una singular explosión de franqueza, que vivo en Westport con mi perro”. La broma de Salinger estaba dirigida a los frenéticos husmeadores de Cornish. Time la llamó “fraudulenta” porque Salinger nunca había vivido en Westport y quizá ni perro tenía; luego disputó con Newsweek si Salinger había mentido o no sobre lo del perro, o si podía considerarse perro de la familia al mastín que en su casa de Cornish disuadía de un excesivo acercamiento a los interesados en el autor. No sé si Shields y Salerno, de enterarse, para mayor exhaustividad habrían entrevistado al menos en estudio fotográfico a un descendiente de aquel mastín salingeriano.

—La lección central de En busca de J. D. Salinger ocurre en un pasaje. El álter ego inquiere a Hamilton sobre si “debían ir a Cornish, hacer una descripción del pueblo y hablar con ex vecinos, localizar conocidos”, etc. “Era tentador”, dice Hamilton, “pero no; en nuestro caso, las reglas de violación de límites eran absolutamente claras, y la primera era no acercarnos a menos de cien millas de Cornish”. Pues sí. La mejor manera de conocer a Salinger sigue siendo a cien millas de Cornish. Es decir: lo más cerca, siempre, de su obra.