El camaleón peripatético

Los chistes del 'Garbanzo'

Hasta en las apremiantes circunstancias de la guerra civil entre Pompeyo y Julio César, Cicerón se atraía enemigos personales entre sus mismos compañeros de combate al hacerlos reír sin parar contra su propia voluntad.

Cuando hace unas semanas —me dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— se anunció el premio Princesa de Asturias para la clasicista Mary Beard, recordé haberte traído hace un par de años noticia sobre su último libro en inglés, La risa en la Roma antigua (Times Literary Supplement, 15/8/14), y un perfil de The New Yorker (1/9/14) traducible como “La Mata-trolls”: llamada así por sus pleitos airados y airosos, o su afable indignación contra el sexismo de sus detractores (“siempre ha habido hombres que temen a las mujeres listas”), primero en los medios y luego en línea y Twitter.

—Retengo dos cosas de esa obra de Beard. Lo más distintivo en la risa en latín es el “chiste” (facetia) que puede intercambiarse y recopilarse; los romanos inventaron el chiste como lo entendemos hoy, y gracias a la aceptación y conservación en el Renacimiento de este aspecto de la cultura antigua, de los romanos hemos aprendido cómo y de qué reírnos. La otra cosa es haberme enterado de que el siglo XIX reinventó a Cicerón (106-43 a. C.) para volverlo un “fastidio estentóreo”, desplazando su fama previa desde siglos como un autor de chistes incluso en los momentos más sombríos. Se cuenta que hasta en las apremiantes circunstancias de la guerra civil entre Pompeyo y Julio César, de modo repetido Cicerón se atraía enemigos personales entre sus mismos compañeros de combate al hacerlos reír sin parar contra su propia voluntad. Más aún, como debe proceder un buen hacedor de chistes, los fabricaba a su propia costa respecto a su nombre: Cicer=garbanzo. Podría hablarse entonces de los chistes del Garbanzo. Van algunos. Extraigo el primero de Aulo Gelio (s. II), Noches áticas (Porrúa, 1999; no encuentro al traductor; supongo que es Francisco Navarro y Calvo, a quien se debe la primera traducción al español de las Noches áticas en el siglo XIX); el resto, de Macrobio (ss. IV-V), Saturnales (Gredos, 2010; edición de Fernando Navarro Antolín, quien prefiere “chanza” a “chiste”). Por cierto, el último chiste de Cicerón es el favorito de Mary Beard.

~“Propio es también de la retórica enseñar el arte de confesar con agudeza y sin peligro lo que es vituperable. ¿Os censuran una falta que no podéis negar? Eludid la censura con un chiste, y que desaparezca la reconvención en medio de las carcajadas. Cicerón recurrió a este artificio. Censurábanle una falta; no podía negarla, y la hizo desaparecer con una frase aguda y amable. Como quería comprar una casa en el Palatino y no tenía a la sazón la cantidad necesaria, tomó prestado secretamente de Sila, acusado entonces, un millón de sestercios. Antes de la compra se divulgó el secreto, y se censuró a Cicerón por haber tomado préstamo de un acusado para comprar una casa. Sorprendido por la repentina censura, negó el préstamo y hasta la intención de comprar. ‘Sea verdad, dijo, que he tomado en préstamo si compro la casa’. Compróla, sin embargo, y como sus enemigos le censuraban la mentira en pleno Senado, dijo: ‘Espíritus vacíos de sentido común: ignoráis que un padre de familia sabio y prudente disimula la intención de comprar por temor a la concurrencia’”.

~Cicerón comía en casa de Damasipo (“amante del arte y las antigüedades, vendedor de inmuebles y fincas”); éste había servido un vino mediocre, y decía: “Bebed este falerno; tiene cuarenta años”. “Lleva bien su edad”, replicó Cicerón.

~Con respecto al consulado de Vatinio, que ejerció pocos días, circulaba una célebre chanza de Cicerón. “Gran prodigio se produjo el año de Vatinio ya que en su consulado no hubo invierno, ni primavera, ni verano, ni otoño”. Luego, cuando Vatinio le reprochaba que no se tomara la molestia de visitarlo cuando estaba enfermo, su respuesta fue: “Quise ir durante tu consulado, pero la noche me sorprendió”.

~Ni siquiera respetó a su hermano Quinto. Alguna vez, en la provincia que su hermano había gobernado, vio un retrato suyo en un escudo, pintado hasta el pecho, según la costumbre, a grandes trazos (aunque Quinto era de corta estatura) y exclamó: “La mitad de mi hermano es más grande que mi hermano entero”.

~Pompeyo tuvo que sufrir sarcasmos de Cicerón; circulaban frases como esta: “Personalmente sé bien de quién huir, pero no a quién seguir” (formulada justo al estallar la guerra civil).

~El mismo Cicerón, un día que vio a su yerno Léntulo, hombre de corta estatura, armado con una gran espada, preguntó: “¿Quién ató a mi yerno a una espada?”.