El camaleón peripatético

Un almanaquero

Diego de Torres Villarroel dice en algún momento: “Yo confieso que para mí perdieron el crédito y la estimación los libros después que vi que se vendían y apreciaban los míos, siendo hechuras de un hombre loco, absolutamente ignorante y relleno de desvaríos”

Con esto de que hay fin e inicio de año —le digo al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— me dio por recordar la singularísima figura del escritor Diego de Torres Villarroel (1694-1770). Perdurará, claro, y sobre todo, por ser el autor de un divertido clásico de la lengua castellana: su Vida (publicada entre 1743 y 1758).

—Y no deja de divertirme la índole camaleónica de su personaje. Se dice que fue sacerdote, catedrático, torero, bailarín, guitarrista, actor, curandero, geólogo, meteorólogo, hidrólogo, cortesano, matemático, experto en apicultura. Y autor de títulos geniales, como Respuesta de don Diego de Torres Villarroel a la pregunta que hacen los médicos socios establecidos en Madrid en la Real Congregación de Nuestra Señora
de la Esperanza, la cual es: ¿Por qué siendo el regular domicilio de las lombrices el canal intestinal, comunmente producen picazón en las narices? O este otro: El gallo español. Respuestas dadas al conde de Meslay: por qué el gallo canta a las doce de la noche en Portugal, y llevado a Francia canta a las mismas doce, siendo así que hay una hora de diferencia.
O bien este otro, en defensa propia contra el médico Martín Martínez, que en un panfleto de nombre Juicio Final de la Astrología…lo atacó en su deriva de astrólogo; Torres respondió con Entierro del Juicio Final y vivificación de la Astrología, herida con tres llagas en lo natural, moral y político, y curada con tres parches.

—En efecto, camaleón. A Torres le dio dinero y fama el “oficio” de astrólogo, mejor dicho, de almanaquero, creador de almanaques en su sentido original. Hoy “almanaque” es solo un calendario; pero si vamos al Brevediccionario etimológico de la lengua castellana de Joan Corominas (Gredos, Madrid, 1973; 10ª. reimpresión, 2000), encontramos: “Almanaque, princ. S. XV. Del ár. hispano manâh ‘calendario, almanaque’, probablemente la misma palabra que el árabe vulgar manâh ‘parada en un viaje’, de donde ‘signo del Zodíaco’ (en el cual se estaciona el sol parte del año) y de ahí ‘calendario’; raíz n-w-h ‘descansar’”. A partir de 1718, cuando aparece el primero de ellos bajo el título Ramillete de los astros, Torres publicó año tras año sus almanaques en el sentido zodiacal o astrológico: incluían pronósticos para el año que entraba.

—Estos almanaques escritos para “juntar moneda”, o con “el ansia de ganar dinero para mantenerme”, le dieron celebridad de rockstar. En un pasaje de su Vida refiere Torres que durante su peregrinación a Santiago en cada lugar de paso se le acercaban mujeres, hombres y hasta niños “llenos de fe e ignorancia” a consultarlo como oráculo, “a saber la ventura de sus empleos y pretensiones”. Y también y finalmente, “venían todos y todas a ver cómo son los hombres que hacen los pronósticos, porque la sinceridad del vulgo nos cree de otra figura, de otro metal o de otro sentido que las demás personas, y yo creo que a mí me han imaginado por un engendro mixto de la casta de los diablos y los brujos”.

—Y tampoco se tomaba muy en serio, camaleón. El encanto de su estilo radica mucho en la manera de atacarse a sí mismo, empezando por su vertiente de almanaquero. Dice en algún momento: “Yo confieso que para mí perdieron el crédito y la estimación los libros después que vi que se vendían y apreciaban los míos, siendo hechuras de un hombre loco, absolutamente ignorante y relleno de desvaríos y extrañas inquietudes”.

—Pero dijo o predijo verdad en varias ocasiones. Su acierto más conocido, recuerda Dámaso Chicharro en su espléndida edición de la Vida de Torres (Cátedra, Madrid, 1984), fue su pronóstico de la muerte del joven rey Luis I, cuya salud y juventud no hacían esperar tal desenlace. La muerte se produjo en el tiempo exacto que Torres fijó: “durante el rigor del verano” (31 de agosto de 1724).

—Y sin embargo, camaleón, Torres no estuvo para ver el cumplimiento de su hit más espectacular en materia de pronósticos ya que había muerto varios años antes. Muchos de sus pronósticos eran en verso; escribió el siguiente respecto a Francia: “Cuando los mil contarás/ con los trescientos doblados/ y cincuenta duplicados/ con los nueve dieces más,/ entonces, tú lo verás,/ mísera Francia, te espera/ tu calamidad postrera/ con tu rey y tu delfín,/ y tendrá entonces su fin/ tu mayor gloria primera”. Las cuentas en la estrofa de Torres predecían, entonces, para 1790; se equivocó por unos meses con la llegada de la Revolución francesa en 1789.