El camaleón peripatético

Abejas

Yo había escrito sobre ellas reducidas a la impotencia “sin necesidad de un puño de arena”, y mi amigo creyó que mostraba el inexpresable miedo de ellas ante la muerte.

Me pasé un buen rato —le digo al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— en un libro con poemas sobre abejas: If Bees Are Few. Recordé un texto que escribí hace tiempo, parte de algo titulado “Poesía sin poemas”: alusiones a poemas no escritos que al fin se volvían, daban, el poema. Va “Abejas”.

***

Esa noche oímos ruidos en la calle y al asomarnos por la ventana de la casa vimos un carro de bomberos frente al parque México. No nos lo explicamos: no había fuego, no había fuga de gas o cortocircuito en las casas de junto.

Yo estaba en la oficina al día siguiente cuando mi mujer habló por teléfono para revelarme lo ocurrido: los bomberos estaban ahí porque habían disuelto, con agua a presión, un enjambre de abejas que se había formado en uno de los árboles del parque. Al preguntarle cómo lo sabía, me dijo que ése era el problema: sobre la pared de nuestro cubo de luz había una cantidad tremenda de abejas, sobrevivientes de la noche previa.

Ahora mi mujer había cerrado todas las ventanas de la casa para evitar que las abejas se metieran. Temía un ataque a ella y a los niños, a quienes después del trabajo había recogido ya de la escuela. Me dijo que no sabía a dónde hablar: si al sector de agricultura o a los bomberos.

Al llegar a la casa me encontré a mi hijo Felipe, excitadísimo, amenazando desde la ventana, con una espada de plástico, a las abejas. Mi hija Mercedes, en su español de año y medio de edad, me contaba también sobre las abejas. Y ahí las vi entonces, chisporroteando sobre la pared blanca. Mi mujer y yo nos miramos y compartimos miedos.

Horas después entraron los bomberos a la casa y acabaron, a golpes de agua y jabón, con las abejas. Éstas se fueron apagando y dejaron de zumbar sobre el piso. El alivio final dio paso en mí, sin embargo, a una forma de melancolía, sobre todo al deducir, junto con las posteriores reflexiones de los bomberos, qué habría traído a las abejas a nuestra casa. La respuesta: las abejas buscaron el calor para rehacerse y el calor más cercano a su desastre estaba en nuestro cubo de luz, porque ahí teníamos el calentador.

Antes de publicar el poema “Abejas” se lo di a leer a un amigo y él me comentó que la referencia al “puño de arena” tenía que ver con T. S. Eliot y el “puñado de polvo” de La tierra baldía. Y no: tiene que ver con Virgilio, cuando en las Géorgicas recomienda el lanzamiento de un puño de arena para dividir a los caudillos combatientes en una batalla de colmenar. Cosas de la poesía: como yo había escrito sobre abejas reducidas a la impotencia “sin necesidad de un puño de arena”, mi amigo creyó que esta parte del poema mostraba el miedo de las abejas ante la muerte, un miedo inexpresable por ellas pero sentido por el lector mediante el poema, al no haber ni siquiera, para las abejas, un “puñado de polvo” que mostrara ese miedo como en el verso de Eliot.

Y hablando de compasión: la línea “y Bábel será el santo patrón de las abejas” surgió de una de esas magias de la realidad que a falta de mejor cosa llamamos “coincidencia”. Esa misma tarde, en cuanto acabaron de irse los bomberos, me llamaron de la librería a la que solicitaba libros en inglés para decirme que estaba listo mi último pedido: el Diario 1920 del escritor ruso Isaac Bábel, que sería la base para su libro de cuentos Caballería roja. Fui por el libro y al regresar a mi casa me dispuse a leerlo de inmediato. En eso, al recorrer sus hojas, ahí estaba: el episodio de las abejas, con el que luego Bábel daría principio a su relato “El camino de Brodi”: “Me duelen las abejas. Las martirizan los ejércitos contendientes.

En Volin ya no hay abejas. Hemos profanado las colmenas. Las fumigamos con azufre, las destruimos con pólvora. Los trapos chamuscados apestaban en las sagradas repúblicas de las abejas. Moribundas, vuelan con lentitud y zumban de modo casi imperceptible. Privados de pan, sacamos la miel con los sables. En el Volin ya no hay abejas”.

Al día siguiente mi hijo Felipe no cesó de rondar el asunto de las abejas como en una vaga expresión de nuestra, también, vaga culpa. Luego pidió ver fotos de su hermano pequeño, ido por siempre. Luego me preguntó si el color blanco de nuestro cubo de luz era lo que había atraído a las abejas. Le dije que no, que había sido el calor como conjeturaron los bomberos, y añadí sin pensarlo que el color predilecto de las abejas es el azul.