El camaleón peripatético

Whitman entre políticos

Veo, más bien, que era un espejismo dar por hecho a los políticos como parte del universo whitmaniano: a fin de cuentas, en "Hojas de hierba" el único a la altura del arte es Abraham Lincoln.

Pues la llegada este abril de todo Hojas de hierba en español (edición de Eduardo Moga, Galaxia Gutenberg, noviembre 2014) —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—, el libro del poeta estadunidense Walt Whitman, sería al parecer uno de los grandes momentos editoriales del 2015. ¿Por qué haces conexiones extrañas desde el título? ¿Por qué “ensuciarlo” con la política? Además, no te metas con Walt Whitman: poeta camaleónico, poeta-todos-los-hombres, poeta superdemocrático si alguno hubo.

—No va por ahí, camaleón. Pero recordemos previamente que hay dos Whitmans. Uno, como observó Borges, es aquel cuya biografía arroja una de las existencias más rutinarias y aburridas que darse pudieron. El otro es Walt Whitman, “un cosmos, de Manhattan el hijo, turbulento, carnal, sensual, comiendo bebiendo, engendrando”, etcétera. El que se celebraba a sí mismo y celebraba por extensión a todos. El que se medía pecho a pecho con los atletas. El que escribió: “Este no es un libro. Quien toca este libro toca a un hombre”. El que escribió, sin que sonara falso: “Yo soy el hombre. Yo sufrí. Yo estuve allí”. El que escribió, milagrosamente: “Tocar un cuerpo es algo que apenas puedo resistir”. O el que escribió (y de manera continua, sobre los animales): “El aspecto de la yegua baya me avergüenza y me quita la estupidez”. El Whitman de los poemas.

—En este sentido y que tú sepas, antes de Borges el poeta italiano Cesare Pavese se ocupó del doble o vario Whitman; pero Pavese vio que ese Whitman-creando-“Whitman” de algún modo es lo que hace todo redactor de poemas. Así, un poema no lo es sin pasar antes por la creación de un personaje, un hablante, una voz que el poeta ha inventado o va inventando. Ni el más “autobiográfico” de los poetas es autobiográfico de verdad; un poema habla por otro o con una voz que ya es de otro. Ahora: uno tendría la idea de que ese personaje múltiple, esa voz que inventó Whitman en sus poemas, ese “contengo multitudes” era afín a o abarcador de todo, políticos incluidos. Veo en la revista Prospect (abril, 2015) que no habría sido así. Veo, más bien, que era un espejismo dar por hecho a los políticos como parte del universo whitmaniano: a fin de cuentas en Hojas dehierba el único político a la altura del arte es Abraham Lincoln. Claro que el “Whitman” de Whitman hizo el “Lincoln” de Lincoln: lo convirtió en “O Captain, my Captain”, verso que, de paso, repite una y otra vez Robin Williams en La sociedad de los poetas muertos.

—La página de la revista tiene de encabezado “Desconfianza en los políticos”. Antes de Whitman se citan estos versos del poeta Lucilio (c. 180-102 a. C.) sobre la vida en el fórum de la República Romana: “Ahora de la mañana a la noche, todo el día y toda la semana/ la población entera, lo mismo que los senadores,/ todos bullen en el fórum y ahí se la pasan;/ todos se entregan al único empeño y al mismo comercio/ hacer trampa para salirse con la suya, echarse lodo,/ rivalizar en halagos, fingir que se es un caballero,/ urdir conspiraciones: como si fueran todos enemigos de todos”.

—Pues Walt Whitman se vio entre políticos ni más ni menos que en una convención del Partido Demócrata de los Estados Unidos en la década de 1850. Describió: Los miembros que la conformaban eran, siete de cada ocho, la más baja ralea de vociferantes y arrasadores burócratas, buscachambas, padrotes, malhechores, conspiradores, asesinos, alcahuetes, empleados de aduana, contratistas, tipos bien entrenados en el servilismo, chambistas, desleales…terroristas, ladrones de correo, atrapaesclavos… duelistas, contrabandistas de armas, sordos, granulientos, marcados por dentro con enfermedades repugnantes, adornados por fuera con cadenas de oro hechas con dinero del pueblo y dinero de putas mezclados; rastreros, arrastrados...¿Y de dónde venían? De traspatios y cantinas; de las aduanas, oficinas de alguaciles, antros de apuesta; de la casa del Presidente, de la cárcel, de la comisaría; de sitios anónimos, donde la desunión diabólica se incubó a la medianoche… Ellos, diría, formaban todo el personal, la atmósfera, quilo y nutriente de nuestra política municipal, estatal y nacional —que permea, maneja, decide y ejerce autoridad en todo: legislación, nominaciones, elecciones, “sentir público”, etcétera— mientras las grandes masas de gente, granjeros, mecánicos, comerciantes, estaban indefensos en sus garras.