El camaleón peripatético

Vulneración del silbo

Me encantó la inferencia de que el silbido es quizá la “música de la democracia”: silban todos, hasta quienes ya van dejando de silbar o de existir, como los lecheros, y silba el pastor, silba el jardinero, silba el albañil; silbas tú y silbo yo.

A primera vista parece algo ocioso —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—; una vez leída en el TLS la reseña que te traigo, el asunto se vuelve sorprendente. En efecto los autores John Lucas y Allan Chatburn han publicado en Londres una Breve historia del silbido. Bien pudo subtitularse a la manera antigua: De cómo el silbido, a lo largo de los siglos, en solitario o en pequeños grupos, y por lo general al aire libre, ha contribuido a la gran causa de la felicidad humana.

—Vemos que el libro tiene curiosidades mayores. Resulta, por ejemplo, que el filósofo Ludwig Wittgenstein era un silbador definitivo de Mozart, al grado de preguntarse si los silbidos no fueron en su caso una manera de comunicación con el mundo más allá del pensamiento y de las palabras, y si el mismo Wittgenstein no acabó por encontrar en la silbadera un modo de cordura. Otro caso es el de Jean Genet, muy dado a silbar en prisión durante sus noches carcelarias; contra lo que era de esperarse, el repertorio silbador de Genet no incluía canciones de burdel o de bar sino solemnes tonadas religiosas. O una anécdota fantástica. El año de 1699 en el monasterio benedictino de Saint-Wandrille en Francia, los monjes estaban cansados de que sus enseñanzas y lecturas solo incluyeran por dieta a Santo Tomás de Aquino. Es que ya habían leído a Descartes y no estaban resignados a quedarse con la explicación tomista del universo en que el abad insistía. Los monjes comenzaron a silbar como un modo de resistencia a la autoridad. Silbar por Descartes, camaleón. Qué maravilla.

—Igual me encantó la inferencia de que el silbido es quizá la “música de la democracia”. Silban todos, hasta quienes ya van dejando de silbar o de existir, como los lecheros. Silba el pastor, silba el jardinero, silba el albañil, silba el limpiaventanas; silbas tú y silbo yo. Quizá todos somos un silbido; quizás eres lo que silbas. Mejor: quizás eres si de vez en cuando silbas.

—Volvamos a “silba el pastor”, camaleón. La cosa me remitió de inmediato al (que yo sepa) único gran silbante a la altura de la poesía, o al único poeta a la altura del gran silbido. En 1934 el poeta español Miguel Hernández, que en su pueblo había sido pastor de cabras, publicó un libro de título El silbo vulnerado. Su poema central comienza “La pena hace silbar, lo he comprobado…”; y su segunda estrofa, de donde sale el título del libro, dice: “¿Qué ruy-señor amante no ha lanzado/ pálido, fervoroso y afligido,/ desde la ilustre soledad del nido/ el amoroso silbo vulnerado?”.

—Era la poetización de una habilidad que tenía, digamos, su propia poesía física. Pablo Neruda la registró en sus memorias Confieso que he vivido (Seix Barral, 1974) al evocar a Miguel Hernández.

—Registró solo una parte de esa habilidad, camaleón. Antes de ir a Neruda vayamos a esto que me encontré hace años, y después de Confieso que he vivido, en la única edición que tengo de la Poesía completa de Miguel Hernández (Presencia Latinoamericana, S. A., México, 1981). En su prólogo el cubano Juan Marinello refiere que en un café de Madrid lleno de gente alguien dudó del origen pastoril de Miguel Hernández, como sugiriendo que el pastorcillo era un farsantillo. En vez de contradecirlo o contraprobarlo con palabras, el poeta “llevándose los dedos a la boca, lanzó un silbido agudísimo, que dejó espantados a los presentes”. Sí: chiflido de arriero.

—Ahora completemos con Neruda. Dice que en Madrid Miguel Hernández le hablaba a veces de los ruiseñores. “El Levante español, de donde provenía, estaba cargado de naranjos en flor y de ruiseñores. Como en mi país”, abunda Neruda, “no existe ese pájaro, ese sublime cantor, el loco de Miguel quería darme la más viva expresión plástica de su poderío. Se encaramaba a un árbol de la calle y, desde las ramas más altas, silbaba o trinaba como sus amados pájaros natales”.

—Todo esto, camaleón, me regresa a lo del silbo vulnerado pero de otra manera. Al final de Miguel Hernández en una cárcel franquista tres años después de terminada la guerra civil española. Entre las enfermedades que lo aquejaron estuvo la tuberculosis. El gran silbador, el músico-arriero, el remedador de ruiseñores con todo y rama, acabó ya sin fuerza pulmonar para emitir silbido alguno. La pena, ya no amorosa sino brutalmente física, no le daría a silbar más. Otra manera de silbo vulnerado; la vulneración, esta vez respiratoria y terrible, del silbo.