El camaleón peripatético

Tos de mujer

La tos masculina es neandertalismo puro, bronquio de rama basta, sucesión de meras tosquedades cacofónicas, o vale decir: meras tos-cofonías. En cambio, la tos femenina constela en otra galaxia. La tos de mujer se tose aparte.

Here I stand, head in hand…”—le oigo entonar al camaleón peripatético apenas entro al cuarto donde escribo—. “Hey, you’ve got to hide your cough away”.

—Camaleón: tú y yo sabemos que la letra de los Beatles dice “you’ve got to hide your love away”. Es “tienes que esconder tu amor” y de ningún modo “tienes que esconder tu tos”. Abusas porque “love” y “cough” son palabras monosílabas y suenan parecido.

—¿Abuso? Nada más hago un ejercicio fónico luego de ver, entre algunas notas que tienes por aquí, que apuntaste esta frase creada o recogida en 1640 por el poeta inglés George Herbert: “Love, and a cough, cannot be hid”. Ahí está: el amor es como la tos puesto que no puede esconderse. Por eso sí es dable o pertinente cantar “You’ve got to hide your cough away”. Pero ¿por qué andamos en esto de la tos?

—Es que llevamos una larga temporada en la tosósfera. Meses con el medio ambiente cruzado de enfermedades respiratorias.

—Parece que  hace tiempo no se desataban tantas neumonías. Pero tu incumbencia al respecto no tiene que ver con la salud pública.

—No, camaleón. Tan sólo volví a una íntima certeza: en materia de tos hay serias diferencias de género.

—No inventes. El síntoma es el mismo para hombres y mujeres.

—Que no: la tos masculina es neandertalismo puro, bronquio de rama basta, sucesión de meras tosquedades cacofónicas, o vale decir: meras tos-cofonías. En cambio, la tos femenina constela en otra galaxia. La tos de mujer se tose aparte.

—¿No me vas a salir con sustancias romanticoides en esta época de benditos medicamentos corticoides contra las enfermedades respiratorias? Oye lo que dices: Tos de mujer. No queda ni como título de telenovela. ¿O piensas urdir un enésimo remake de La dama de las camelias de Alejandro Dumas? Hasta Rubén Darío “se distanció” de aquel personaje al comenzar un poema: “¿Recuerdas que querías ser una Margarita/Gautier?”.

—Bueno que lo mencionas para un eco de Pacheco. José Emilio “distanció” aún más la cosa al escribir un poema titulado no me acuerdo bien si “París, 1968” o “Mayo, 1968”, antecedido por el epígrafe de Darío, que va: “¿Recuerdas que querías ser/no una/ Margarita Gautier/sino una/Rosa Luxemburgo?”.

—Pero de regreso a la tos de mujer, más allá del personaje de Dumas.

—Muy simple: tos de mujer, sí amerita un poema, incluso de poetas que murieron tosijosos. Qué más quieres que López Velarde en “Hoy como nunca” (me enamoras y me entristeces): “…ya tu garganta sólo es una sufrida/blancura, que se asfixia bajo toses y toses…”.

—Y tienes aquí a un predecesor de López Velarde, el poeta francés Jules Laforgue.

—Con la curiosidad de que Laforgue murió de tuberculosis en 1887, un año antes del nacimiento de López Velarde; y en tanto, su novia-esposa efímera inglesa, Miss Leah Lee (con quien se casó en la misma iglesia de Londres donde otro poslaforguiano nacido igualmente en 1888, T. S. Eliot, iba a casarse años después con su primera esposa, Vivienne Haigh-wood); digo que Leah Lee moriría un año después de Laforgue, también de tuberculosis. Laforgue nunca escribiría un poema sobre su masculina tos vulgar; en cambio, varias veces en sus últimos poemas se refiere con absolutos cariño y concernimiento a la tos de mujer, a la “tosecita” seca y maligna, pero, a diferencia de la tos masculina, “adorable”.

—Pues abur, y vuelvo al peripato. (Por cierto que Laforgue durante su estancia en Berlín como lector en francés para la francófila emperatriz Augusta, se hizo amigo de unos/aquellos “músicos peripatéticos”: los hermanos Ysaÿe. Serían de los míos.) Tenemos para concluir un poema de Luis Rosales (1910-1992), “A mí me gusta tu tos”, que a su vez y eficaz y efectivamente concluye:

a mí me gusta

tu tos, es lo más tuyo, y me parece ahora

mismo que he vuelto a oír en la alameda última,

igual que un trapo atado se rasga con el viento,

su estrangulada y ronca iniciación de lluvia.