El camaleón peripatético

Silencio en gotas

El ruido en la Ciudad de México no es nada más un asunto estético o de malestar cotidiano sino de salud, no de cultura cívica sino de política pública; todo el ruido de fondo, el ruidito interior de la contaminación auditiva enferma.

Te traigo este artículo —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—: “En el DF 80% soporta niveles de ruido inaceptables”. Ahí (El Universal, 7/8/14) Héctor de Mauleón revela algo que de tan obvio muchos, supongo, no habíamos notado: el ruido en la Ciudad de México no vendría a ser nada más un asunto, pongamos, estético o de malestar cotidiano sino de salud. Un asunto no de cultura cívica sino de política pública. Por supuesto que teníamos, con todo el ruido de fondo, el ruidito interior de que la contaminación auditiva enferma; sin embargo, hacíamos como que no era un problema de salud: como si sólo “respirado” el ruido pudiera hacer daño. Escribe De Mauleón que, según la norma, las fuentes emisoras fijas de ruido no pueden exceder los 65 decibeles. El medidor de ruido ha llegado a registrar 98.6 decibeles en la hoy peatonal avenida Madero.

—Pues no creo que tenga remedio. Hace años que el ruido craso, para que suene feo, llegó para quedarse. Y no sólo aquí. He recordado un ensayo del escritor alemán Hans Magnus Enzensberger, “Memorias de la abundancia” (Nexos 232, abril 1997; trad. José María Pérez Gay). Entre los nuevos lujos del futuro, que no serán los lujos de lo superfluo sino de lo necesario, y sólo estarán a la mano de unos pocos, no el menor de ellos es la tranquilidad, vale decir, el silencio: “Quien quiera evitar el ruido omnipresente, debe hacer un gasto considerable. Los departamentos cuestan más cuanto más tranquilos; los restoranes que no ofrecen a sus clientes la música ratonera en sus oídos, exigen precios más altos para acabar con esa molestia. El tráfico delirante, el ulular de las sirenas, el traqueteo de los helicópteros, el estruendoso aparato estereofónico del vecino, las impetuosas fiestas callejeras que duran meses —quien pueda escapar a todo esto goza del lujo”.

—Ni aguanta nada Hans Magnus. Imagínate lo que al sono-caco-catálogo podría agregar hoy la Ciudad de México, empezando por lo que aquí mismo llamamos hace meses “La Llorona de la Chatarra”: voz grabada de mujer que desde una camioneta anuncia compra de cosas desechables. Y por lo demás, el platillo más caro e/o inencontrable en los musi-restoranes mexicanos; platillo clandestino, de ricos, de producto en veda, es la “Sopa de silencio”.

—Pues sí, camaleón. El factor mexicano contribuye original o briosamente al imperio del ruido. Me pregunto si no estaba todo desde el Himno. Y no me refiero nada más al “sonoro rugir”.

—No, tampoco es para tanto. No es un llamado que dijera desde el inicio: “mexicanos, a la guerra del grito”.

—Pues casi. Pero mira: si alguien quiere algún día levantar de nuevo la cuestión de que el Himno debía sustituirse por otro de letra menos bélica, quizá logre mejor causa si se aboca a impugnar su ruidajal. Una de las estrofas escondidas, de las que no se cantan, casi lo ve como inevitable; casi suena a aspiración, a anhelo patrio: “los cañones horrísonos truenen”. Y poco después viene lo de “y tus templos, palacios y torres/se derrumben con hórrido estruendo” antes de permitir que los hijos de la Patria “bajo el yugo su cuello dobleguen”.

—En efecto, horrísono ya es casi todo, y es de prever que algún día en la ciudad de México el “hórrido estruendo”, el ruido insoportable, no irá con el derrumbe, no acompañará al derrumbe, sino que será en sí mismo lo que acabe por derrumbar templos, palacios y torres. Pero no sólo el autor del Himno Francisco González Bocanegra sería culpable de lesa poesía ruídica. Qué me dices de tu Ramón López Velarde cuando le declara a la Suave Patria: “quiero raptarte en la cuaresma opaca,/sobre un garañón y con matraca,/y entre los tiros de la policía”.

—No. Ya quisiéramos esos ruidos para un día de campo, digo, día de calle. Pero mira lo que se me ocurre ahora. Alguna vez se pensó que luego de la contaminación del Valle de México a partir de los 1970 el único modo de volver al Valle como era consistiría en pararse ante las cuadros de José María Velasco a tomar con los ojos bocanadas de aire puro; en lo mismo, creo que “El sueño de los guantes negros” de López Velarde y sus versos “Soñé que la ciudad estaba dentro/del más bien muerto de los mares muertos./Era una madrugada del invierno/y lloviznaban gotas de silencio”, serán algún día silencio líquido, como bálsamo, en los oídos. Qué lujo impensado por Enzensberger: silencio en gotas. Óticas gotas de silencio, camaleón. El Auralvelardit.