El camaleón peripatético

Selenopolitano

¿No has visto o sentido los inmensos cráteres lunares que cunden por las calles y avenidas de la Ciudad de México? Todo se explicaría por eso: seríamos habitantes de Selene o "Metztli" por contar aquí con estos pavorosos cráteres llamados baches.

Al leer la sabrosa columna de José de la Colina “Por fin… ¿Chilangópolis?” (MILENIO, 22/10/14) —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— me entero de algo muy singular. Dice De la Colina que la palabra “chilango” comenzó “solo designando al habitante de nuestra (¿nuestra?) ciudad que no ha nacido en ella, sino que ha llegado de otras regiones del país y, por lo demás, solía usársela en tono peyorativo y hasta insultante, casi como la palabra ‘naco’”.

—Pues mira. Respecto a “chilango” yo siempre me había quedado con lo primero que encontré sobre el origen de la palabra. Fue en la novela de Leopoldo Zamora Plowes Quince Uñas y Casanova aventureros (1 945; reeditada por Editorial Patria, 1984). Esta novela tiene dos maneras de diversión: ella misma, y las prolijas notas al pie o al fin de cada capítulo que la acompañan hasta formar como una obra aparte. Notas muy disfrutables. Ve por ejemplo la que alude al personaje del título: “Se le llamaba ‘Quince Uñas’ a Antonio López de Santa Anna, por las diez de las manos y las cinco de su único pie y por su fama de ladrón; en realidad debería de ser ‘catorce uñas’, pues le faltaba un dedo de la mano derecha, el cual perdió con la pierna”. Entonces, en una de estas notas de Plowes di con el hallazgo de que en el siglo XIX los jarochos veracruzanos llamaban “huachinangos” a los habitantes blancos de la meseta central, por el color de la piel. El tiempo y el uso viciado llevaron la palabra a “chinango” y de ahí al apodo actual. Yo asociaba lo despectivo de “chilango” con la piel descolorida; en efecto, una percepción de habitantes costeños sobre los habitantes del centro de México, empezando por la capital. Sería interesante ver en qué momento, y por qué, la palabra se dirigió a habitantes de la Ciudad de México no nacidos en ella.

—¿Y qué rayos tiene que ver lo anterior con el título de esta columna: “selenopolitano”?

—Ah, camaleón. Es que hace poco me encontré, no en una librería de viejo, sino en un puesto de viejo, un libro de Juan Luis Maneiro y Manuel Fabri: Vidas de mexicanos ilustres del siglo XVIII (UNAM, 1956). En realidad lo integran semblanzas, hechas originalmente en latín, de aquellos brillantes jesuitas expulsados de la Nueva España en 1767. Por lo menos dos de estos jechuchos acusaban una leve manía: latinizar nombres de sitios. Rafael Campoy había nacido en Los Álamos, Sonora, llamada así por la abundancia de estos árboles en aquel lugar; Campoy cambió al latín el nombre de su ciudad natal: Populópolis. Por su parte, y hacia allá iríamos, Diego José Abad se llamó a sí mismo “selenopolitano”, o habitante de la ciudad de la Luna “pues, como muchos creen, eso significa México en la lengua nativa”.

—Pero resulta que otro de los jechuchos desterrados que aparecen en este libro, y que por supuesto no podía faltar, aclaró ese malentendido. En una legendaria nota al pie de su Historia antigua de México Francisco Javier Clavijero empieza por decir “Hay mucha variedad en los autores sobre la etimología del nombre de México. Unos quieren que sea de metztli, luna, porque vieron los mexicanos representada la luna en las aguas del lago (…) Yo creí en algún tiempo que el nombre fuese México, que es decir en el centro de los magueyes; pero después me desengañé con el estudio de la historia, y hoy no tengo duda que México es lo mismo que el lugar del dios Mexitli o Huitzilopochtli…”.

—No importa, camaleón. Como habitante de la Ciudad de México, de ahora en lo sucesivo, internamente, me consideraré selenopolitano, aferrándome a la etimología primera y por hacérseme más agradable que la idea del tremendo Huitzilopochtli. Y además qué feo o trabalenguado sonaría lo otro: huitzilopochtlipolitano. Quede, para mí, selenopolitano. Ya no tendremos que envidiar, digamos, a los habitantes de la ciudad de Puebla: angelopolitanos.

—Pues no quiero poncharte tu globito lunar o lunariego, tu dulce referencia a metztli, pero te arriesgas a una cosa peor: cuando sea conocido tu deseo, cualquiera dirá que el motivo de que resultes habitante de un lugar llamado o llamable Selenópolis es de una obviedad nada poética, puesto que ¿no has visto o sentido los inmensos cráteres lunares que cunden por las calles y avenidas de la Ciudad de México? ¿Aquello que cualquier selenopolitano llama viles baches? Todo se explicaría por eso: seríamos habitantes de Selene o Metztli por contar aquí con estos pavorosos cráteres.