El camaleón peripatético

Recuerdo

Recuerdo que la primera vez en que me vestí de manera juvenil y moderna para una Navidad se debió al saco mao color verde permanente y con botones dorados que me confeccionó mi hermana Emma.


Por la fecha navideña te dejo este archivo —leo un recado del camaleón peripatético—. Está bajo el formato del I remember… con el que hizo varios textos Joe Brainard, ilustrador y escritor de la Escuela de Nueva York.

Recuerdo la primera vez que en una Navidad las burbujas de la cocacola repiqueteantes desde un vaso de plástico subieron y me cosquillearon agradablemente en la nariz.

Recuerdo el olor del jamón Virginia hornéandose con piña a las ocho de la noche como una decisiva anticipación de Nochebuena y la primera vez que mordí sin querer uno de los clavos que condimentaban ese jamón infaltable en mi casa todas las navidades.

Recuerdo que los focos del árbol de Navidad debían enroscarse en sus sockets o cuencos respectivos y eran como aparatosos chiles jalapeños.

Recuerdo la Navidad en que por mi culpa se incendió el vestido de mi hermana Pilar con todo y mi hermana Pilar dentro de él y alguien por fortuna y a tiempo la abrazó y palmoteó el vestido varias veces con fuerza y precisión hasta apagarlo: ella me daba la primera luz de bengala encendida que yo hubiera tenido y reaccioné soltándola asustado hacia ella cuando me brincaron las chispas sobre la mano.

Recuerdo la consola que sonaba en el hall durante algunas navidades; recuerdo el portafolios comprado en Belice que mi madre trajo exacta y llegada de Chetumal, Quintana Roo, un 24 de diciembre en la tarde y nuestra sorpresa al abrirlo y ver que era un tocadiscos portátil que vino desde entonces a desplazar la consola que se hundió en el abandono.

Recuerdo entonces que recuerdo con inexactitud. Esa consola, al verse desplazada, más bien inventó una extraña discreción para persistir, como mueble callado y prudente, en varias de las posteriores navidades en mi casa.

Recuerdo haber hecho en alguna Navidad “las bellaquerías detrás de la puerta” (Góngora) del baño, con alguna prima en el segundo piso de la casa mientras los mayores departían en la planta baja.

Recuerdo la tarde del 24 en que yo tronaba cohetes con unos amigos en un terreno baldío de la avenida Sonora, a espaldas de mi casa en la colonia Condesa; recuerdo a los dos policías que se saltaron la barda del baldío para decir que nos llevarían a la Correccional para Menores. Mis lágrimas a punto de salirse. Nos quitaron la morralla que traíamos e incautaron nuestros cohetes. Recuerdo que la contraseña para comprar cohetes era preguntar por “dulces” con los marchantes de los mercados Medellín o Colima. Recuerdo no haber tronado un cohete más en mi vida.

Recuerdo que la primera bebida alcohólica que ingerí en una Navidad no fue la cuba al uso e iniciante sino jugo de piña con vodka: acababa de instalarse el “desarmador”.

Recuerdo que la primera vez en que me vestí de manera juvenil y moderna para una Navidad se debió al saco mao color verde permanente y con botones dorados que me confeccionó mi hermana Emma, quien dispuso acompañarlo con una camisa blanca de cuello de tortuga; sólo me faltó un medallón en el pecho como el que usaba en ese entonces el cantante Johnny Dínamo.

Recuerdo que a los seis años, en la cocina, previo a la Nochebuena, no pude resistir la curiosidad y le tomé los pechos a una huésped de la casa —la nuestra era una casa de huéspedes— apodada La Gogui, y el modo en que me retiró las manos y me gritó o me reconvino  “¡Güicho!”,  riéndose por la sopresa.

Recuerdo la Navidad en que el heno fue proscrito de mi casa como material del Nacimiento al descubrirse que de aquel hato comprado en La Merced había venido la mayor invasión de chinches que casa alguna de huéspedes recordare; y la labor titánica de expurgación en las diecinueve camas de la casa, contando las de los huéspedes y las de la familia.

Recuerdo la Navidad que pasé con un extraño olor a pollo quemado, sin descubrir hasta entrada la noche que el olor provenía de mí mismo y del pelo y las cejas ligeramente chamuscados por haber puesto yo la cara sobre una hornilla de la estufa para encender un cigarro clandestino en la tarde del 24 mientras no había nadie en la cocina.

Recuerdo la emoción de recibir a los diez años mediante “Santo Clos” un futbolito de imanes que a los dos días de práctica se demostró inservible para de veras jugar futbolito y me hizo volver al viejo y gastado pero grandioso futbolito de fibracel y varillas de metal ya chuecas y con hules sobados en las manijas y reforzamientos con cinta de aislar que cuatro años atrás me habían traído los Reyes Magos.