El camaleón peripatético

Rechazos

Pues me informa la más joven de la casa —le refiero al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— que en internet circula un artículo firmado por Rachel Holdin bajo el título “14 cartas de rechazo a artistas famosos”. Fui de inmediato al insuperable librito Rotten Rejections (ed. André Bernard, Penguin, Nueva York, 1990). Van algunos momentos y episodios en materia de rechazos editoriales.

Santuario, de William Faulkner (1931): “Por Dios, yo no puedo publicar esto. Usted y yo iríamos a la cárcel”.

Madame Bovary, de Gustave Flaubert (1856): “Usted ha sepultado su novela bajo un montón de detalles que están bien hechos pero que son completamente superfluos”.

—La novela de James M. Cain El cartero siempre llama dos veces fue una sensación al publicarse en 1934. No era sobre el servicio postal, sino sobre sexo. Cain explicó que le puso ese extraño título a su libro porque antes de que lo aceptaran para su publicación fue rechazado varias veces, y cada día en que el cartero traía una carta de rechazo, tocaba dos veces.

Estudio en escarlata, de Arthur Conan Doyle (1887): “Ni lo bastante largo para fascículos ni lo bastante corto para una sola historia”.

—Un libro sin título de Rudyard Kipling (1889): “Lo siento, señor Kipling, usted simplemente no sabe cómo usar la lengua inglesa”.

El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence: “Por su propio bien no publique este libro”.

Moby Dick, de Herman Melville (1851): “Lamentamos decirle que nuestra opinión unánime es por completo adversa al libro ya que pensamos que de ningún modo encajaría en el Mercado Juvenil [en Inglaterra]. Es muy largo, más bien pasado de moda, y en nuestra opinión no merece la reputación de la que al parecer goza”.

Granja de animales, de George Orwell: “Es imposible vender historias de animales en Estados Unidos”.

El laberinto de la soledad, de Octavio Paz (1962): “No veo que el libro en su totalidad pueda interesarle a los lectores estadunidenses. Esto se debe a que está dirigido a los mexicanos”.

Retrato d’une femme, poema de Ezra Pound (1912): “El verso inicial contiene demasiadas ‘erres’”.

En la corte de mi padre, de Isaac Bashevis Singer (1966): “Demasiado pedestre”.

La máquina del tiempo, de H. G. Wells (1895): “No tiene ni el suficiente interés para el lector común ni la profundidad suficiente para el lector científico”.

—Antes de que William Saroyan (quien se convertiría en uno de los autores más publicados en Estados Unidos) obtuviera su primera aceptación, llegó a tener una pila de notas con rechazos que medía unas treinta pulgadas de altura —quizá siete mil en total.

Crash, de J. G. Ballard (1973): “El autor de este libro está más allá de la ayuda psiquiátrica”.

—Según el libro de récords Guinness, “el mayor número de rechazos editoriales a un manuscrito es 106, para Cruzada por un gobierno mundial, de Gilbert Young”.

—Un manuscrito con los poemas de Emily Dickinson (1862): “Raro: las rimas estaban todas mal”. A Emily Dickinson le publicaron solo siete de sus poemas en vida pero uno de sus rechazantes se volvió su amigo. En 1858 Thomas Wenworth Higginson, del Atlantic Monthly, hizo un llamado para reclutar talento nuevo y Dickinson le envió algunos de sus poemas. La creyó una “poetisa medio chiflada” y le aconsejó que no intentara publicar cosa alguna. Lo que sí le ofreció fue amistad y ambos mantuvieron correspondencia por varios años.

—George Bernard Shaw: “Terminé mi primer libro hace 76 años. Lo ofrecí a todos los editores sobre la tierra angloparlante

de los que tuve noticia. Sus negativas fueron unánimes y el libro no se imprimió sino hasta que, cincuenta años después, los editores publicarían todo lo que llevara mi nombre… Me opongo a los editores: el único servicio que me han hecho es enseñarme a vivir sin ellos. Combinan la bribonería comercial con la susceptibilidad y la mezquindad artísticas, sin ser o buenos hombres de negocios o buenos conocedores de literatura. Todo lo que se requiere en la producción de libros es un autor y un librero, sin el parásito de enmedio”.

—Más de una docena de editoriales rechazaron un libro del poeta estadunidense e. e. cummings. Cuando al fin se publicó, tenía esta dedicatoria: “DesAgradezco a: Farrar & Rinehart, Simon & Schuster, Coward-McCann, Limited Editions, Harcourt, Brace, Random House, Equinox Press, Smith & Haas, Viking Press, Knopf, Dutton, Harper’s, Scribners, Covici, Friede”. ¿Quién lo publicó al fin? La mamá de cummings.