El camaleón peripatético

Poesía de dentista

“Y sé de otra buena vieja/ que un diente que le quedaba/ se lo dejó estotro día/ sepultado en unas natas;/ y con lágrimas le dice:/ ‘Diente mío de mi alma,/ yo sé cuándo fuiste perla,/ aunque ahora no sois nada’”

De ningún modo hay que confundirla con poesía de dientes o sobre dientes —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—. La poesía de dentista o sobre dentista es otra cosa.

—Claro, camaleón. La poesía de dientes o sobre dientes tiene piezas irremovibles. El mejor poema que yo recuerde ahí es el de Ramón López Velarde (“Tus dientes”), pero en esa zona hasta la poesía más chimuela masca rieles. Incluso en el mayor de los clichés. Cuando alguien recordó la sentencia: “El primero que comparó los dientes de una mujer con perlas fue un genio; el segundo fue un imbécil”, Borges completó: “El tercero fue un clásico”. Los dientes-perla van, y siempre han ido.

—Son casos de alabanza. Pero hasta en poesía que hace mofa de los dientes hay piezas también irremovibles; irremovibles, es decir, por el modo en que esa poesía trata lo removible de las piezas dentales. Para citar a un clásico, y de chusco diente-perla, el romance de Góngora que cantaba Paco Ibáñez, Que se nos va la pascua, mozas: “Y sé de otra buena vieja/ que un diente que le quedaba/ se lo dejó estotro día/ sepultado en unas natas;/ y con lágrimas le dice:/ ‘Diente mío de mi alma,/ yo sé cuándo fuiste perla,/ aunque ahora no sois nada’”. Pero ¿y la poesía de dentista? ¿La traes a cuento porque tienes próxima cita?

—No sé. Ya me hablarán del consultorio. No me toques ese tema. Más bien un cruce de libros me llevó a la poesía de dentista.

—Supongo que es la poesía dicha en “dentalés”, el idioma que nos habla el odontólogo mientras estamos en tratamiento. Dulces sonidos que quieren decir otra cosa. Lo cifró un dibujante de The New Yorker (9/9/13). Van unas muestras de dentalés. Cuando se nos dice: “Esto no va a molestar nada”, debe traducirse: “Esto va a molestar un poco”. Cuando se nos dice: “Un piquetito ligero”, debe traducirse: “Piquete que va a doler”. Cuando se nos dice: “A lo mejor sientes una molestia”, debe traducirse: “Vas a sentir una enorme molestia a menos que estés muerto”. Cuando se nos dice: “A lo mejor sientes una molestia no muy fuerte”, debe traducirse: “Bienvenido al peor de los dolores imaginables”.

—Pues más allá, camaleón. “Poesía de dentista” hablará aquí por poesía escrita por un dentista sobre los dientes o poesía escrita por un paciente sobre el dentista. Y en efecto: no puede haber un buen poema por o sobre dentistas. Al menos no lo ha habido. Los que encontré los hube en antologías de poesía “muy mala” y poesía de “feísmo”.

—Pero a su modo, de tan malos o feos, pueden ser inexpugnables. Mira qué maravilla. Tienes aquí, de la antología Very Bad Poetry (Ed. Kathryn Petras y Ross Petras, Vintage Books, NY, 1997) el caso de Solyma Brown (1790-1876). Brown fue poeta-dentista y pionero de fundaciones como la Sociedad Americana de Cirujanos Dentistas. Escribió en Cinco Cantos: “Dentología—Un poema sobre las enfermedades de los dientes y sus remedios apropiados con anotaciones prácticas, históricas, ilustrativas y explicativas a cargo de Eleazer Palmer, dentista”. De sus prolijos cantos los editores aíslan para tratamiento nada más algunos pasajes como éste: “Allí donde a lo largo de los discos de marfil, pueden ya verse/ las huellas sucias de la oscura gangrena;/ cuando llega la caries, con paso furtivo para esparcir/ manchas corrosivas de tinta en esos bancos de nieve:/ No sufran tardanza, temerosos dientes aún bellos,/ corran a refugiarse al cuidado del dentista”.

—Vamos ahora a poesía fea. Es un poema no solo de o sobre sino para dentista. La encontré en otra antiantología, por así decirle, ya que se titula El feísmo modernista, hecha por Pedro J. de la Peña (Hiperión, Madrid, 1989). Es un poema del español Salvador Rueda (1857-1933), se llama “Capricho” y va con irremovible dedicatoria “Al doctor Vera, mi célebre dentista”. Con todos los dientes, o quién sabe si solo con algunos (el poeta “murió en extrema penuria y tras una larga enfermedad”, informa el antologador), Rueda dice de modo feísta, inevitable:

El gabinete heroico donde operas,

de víboras de acero rodeado,

me parece la jaula en que encerrado

estás con lobos, tigres y panteras.

Pero tú vuelves sabias a las fieras

que, al verte como un ser privilegiado,

aprenden de tu genio idealizado

a crear dentaduras lisonjeras.

De hueso, para humildes proletarios;

de marfil, para regios millonarios;

de oro, para quien sueñe poseerlas.

Y para labios de mujer traviesos,

en dos engarces de divinos besos

montar dos hilos de divinas perlas.