El camaleón peripatético

Píntame estos tres

El autor discurre ante su camaleónico interlocutor en torno de tres textos unidos por “el viejo asunto de la imagen y las palabras, o de la imagen ‘contra’ las palabras, o de cuál entre la una y las otras dice más”.

Los he encontrado en diferentes, y dispares, lecturas —le refiero al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—. Los une tan solo el viejo asunto de la imagen y las palabras, o de la imagen “contra” las palabras, o de cuál entre la una y las otras dice más. El primero de los tres breves textos logra pintar, en clave irónica, un Rubens verbal. El segundo parecería pan comido para cualquier pintor al tratarse de una escena en la que simplemente departen cuatro personas; el problema es cómo un cuadro podría dar algo de momento solo transmisible con palabras: qué está ocurriendo dentro de estas personas. El tercero resultaría en un cuadro muy hermoso y al parecer igualmente abordable con facilidad, imagen por imagen, para cualquier pintor; aquí el problema sería la última, abstracta, palabra del poema. Píntame estos tres, camaleón.

1. ¿Dónde está Rubens cuando uno de veras lo necesita? ¿Quién más, después de todo, podría pintar la alegoría en la que pienso: El cautiverio de la Historia? En el centro estaría la patética figura de Clío, la Musa de la Historia, seriamente desnutrida (para Rubens) y en cadenas, languideciendo sobre una pila de libros grabados con “Macaulay”, “Parkman”, “Gibbon”; los gusanos carcomen sus páginas y los ratones mordisquean antiguas encuadernaciones. A la derecha de Clío estaría una figura ceñuda, abotargada y con lentes: con una mano silencia el clarín desamparado de Clío y con la otra sostiene las llaves de sus grilletes. Tiene grabadas en su armadura las palabras “Estudios Sociales” y lo respaldan tres desagradables y ávidas furias cuyos uniformes verde olivo condecoran los nombres “Relevancia”, “Temáticas” y “Corrección”, y juntos pisan el cadáver de un Hombre Blanco Muerto. Detrás de ellas, una matrona afligida, Mnemosine, la guardiana de la memoria, ruega que le abran paso hacia una gran cueva donde están prisioneros los gemelos Narrativa y Cronología. Pero la entrada a la cueva está resguardada por un perro fiero de muchas cabezas que tiene en el collar las palabras “Comisión de Aprobaciones” y también por un muro macizo de Libros de Texto producidos de manera industrial, del tamaño de unos bloques de cemento. Al fondo, una gran montaña tiene esculpidas las cabezas enormes de Herodoto, Tucídides y Tácito. Peñascos con forma de lágrimas ruedan por sus mejillas. La escena, sin embargo, no es tan trágica. Atrás, en la parte derecha, un rayo de luz irrumpe entre los negros bancos de nubes y deja ver una figura con alas, que vuela hacia la escena, lleva una lanza afilada como una pluma fuente y tiene las palabras “Historia Popular” grabadas en su casco. (Simon Schama: “Clio Strikes Back”, introducción a History. The End of The World. Ed. Lewis H. Lapham, Nueva York, 1997.)

2. Durante una agradable noche de verano, en junio de 1933, luego de cenar yo estaba sentado en el pasto con tres colegas, dos mujeres y un hombre. Hablábamos sin más sobre cosas cotidianas cuando, de modo muy repentino y muy inesperado, algo ocurrió. Sentí que me invadía un poder al que, aunque le di mi anuencia, resultaba irresistible y en definitiva no era mío. Por primera vez en mi vida supe con exactitud —porque, gracias a ese poder, lo estaba haciendo— qué significa amar a tu prójimo como a ti mismo. Tuve también la certeza, aunque la conversación seguía de modo perfectamente normal, de que mis tres colegas experimentaban lo mismo. Mis sentimientos personales hacia ellos seguían sin variar —eran solo colegas, no amigos íntimos— pero sentí que su mera existencia tenía un valor infinito y esto me puso dichoso (W. H. Auden: The Age of Anxiety. A Baroque Eclogue, 1947. Edición crítica a cargo de Alan Jacobs, Princeton University Press, 2011.)

3. Una niña lee el almanaque junto a su canasta de huevos./ Junto a los santos y los pronósticos del clima,/ hay hermosos signos para contemplar en los cielos:/ Capricornio, Tauro, Aries, Piscis, etcétera.// Y así puede imaginarse, la campesinita,/ que encima de ella, entre las constelaciones,/ hay mercados como aquí abajo, con burros,/ toros, carneros, cabras y peces.// Ella estudia el mercado del Cielo,/ y cuando la página va a dar a la Balanza,/ concluye que en el Cielo, igual que en la tienda de comestibles,/ pesan el café, la sal. Y las conciencias. (Francis Jammes, Under the Azure. Traducción del francés al inglés, Janine Canan. Littlefox, Australia, 2010.