El camaleón peripatético

Penitenciados sexuales

Nicolás Cervera, en Mallorca, 1578, se desnudaba dentro de la iglesia y luego de untarse “en salva sea la parte con el aceite de las lámparas, tomaba sus vergüenzas en las manos y mirando al Santísimo Sacramento decía: ‘Vos, señor, que me las distes dadme lugar donde las ponga’”

Te traigo esto —me dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—, encontrado en una caseta de libro-viejo: Historias de la Inquisición (Planeta, 1992), de Juan Eslava Galán. Me acordé ya que he visto por aquí el clásico La Inquisición española, de A. S. Turberville (1932; 1ª. edición en español, 1948; 5ª. reimpresión, FCE, Breviarios 2, 1971. Eslava cita la edición de 1985). Supongo que el libro de Turberville fue pionero en darle trato “objetivo” a la Inquisición, aunque él acaba por reconocer, o uno por concluir, que era indefendible. El hecho, por ejemplo, de que en la España inquisitorial no quemaran tantas brujas y de modo tan salvaje como en Escocia, en una especie de “tú también lo hiciste y hasta peor”, no rebaja en nada los salvajismos del Santo Oficio. Pero te lo traje por otro motivo.

—Veo en efecto, camaleón, que el libro de Eslava acopia unos pasajes imperdibles sobre un asunto que Turberville solo mencionó al pasar: los penitenciados sexuales en tiempos de la Inquisición. Junto a los acusados de judaizantes, mahometanos, herejes, luteranos y demás apartamientos de la fe cristiana, en busca de mayor clientela la Inquisición se fue también contra los practicantes del sexo “con desvío”.

—Dice Eslava que el primer auto de fe en el que aparecen penitenciados por simple fornicación (sostener que fornicar no es pecado) se celebró en 1559 en Sevilla. La represión inquisitorial por el nuevo delito arreció entre 1585 y 1590, y bajó algo a principios del siglo XVII. Entre 1575 y 1610 el tribunal de Toledo procesó a doscientas sesenta y cuatro personas por simple fornicación, un tercio del total de los procesos. Y había que cuidarse de las palabras. Magdalena Grau fue procesada en 1593 por haber propuesto a sus compañeras en un rapto eufórico: “¡Jodamos, jodamos y entremos en la gloria!”. No le valió decir que había empleado la palabra gloria sin tintes religiosos. A Juan Delgado lo procesaron porque en una parranda “bautizó con vinos los genitales de un amigo mientras pronunciaba las palabras rituales Ego te baptizo”. (Es como de Joyce en Ulises.) En 1588 se da este caso: Elena de Céspedes, una antigua esclava, se había casado y tenido un hijo; “luego se transformó en hombre y sedujo a varias mujeres. Se hizo soldado contra moriscos y luego cirujano en un hospital de Madrid; ahí conoció a una muchacha y se comprometió a casarse. A la familia no le convencía el nuevo yerno, que era imberbe y como amujerado”, pero  a fin de cuentas hubo boda. Alguien denunció a Elen@ por tener pacto con el diablo. El médico del tribunal de la Inquisición certificó que era mujer. Fue condenada a doscientos latigazos y a diez años de trabajo sin sueldo en el hospital.

—Sitio aparte merece Nicolás Cervera: en Mallorca, 1578, se desnudaba dentro de la iglesia y luego de untarse “en salva sea la parte con el aceite de las lámparas, tomaba sus vergüenzas en las manos y mirando al Santísimo Sacramento decía: ‘Vos, señor, que me las distes dadme lugar donde las ponga’”. Fue penado con romería, misa, confesión y multa de dieciséis ducados de oro.

—Y qué me dices del gitanillo Juan Escudero, procesado por haber expuesto sus teorías respecto a dos mujeres: juro a Dios que la jodería a la madre y a la hija, que no es pecado hacérselo haciéndoselo a la hija y luego a la madre.

—Cuando Eslava refiere el desarrollo de todo un código para determinar qué sí y que no entrañaba pecado, dice que la postura coital de la mujer sobre el hombre llegó a considerarse pecado contra natura, aun dentro del matrimonio. Aquí se cuela una preciosidad, digna de estar entre las expresiones del Decamerón de Boccaccio para referirse al coito (nuestro decameronismo favorito: “hacer que cante el ruiseñor”). Tal postura era conocida como “meter la iglesia sobre el campanario”. Ahora bien, camaleón, tal vez el Santo Oficio pudo añadir cargos más serios a los penitenciados sexuales del caso en términos de postura lesiva a, o competitiva con, la misma Divinidad. Creo haber leído que el poeta inglés Coleridge prefería estar debajo durante el sexo: “Amamos lo que está arriba de nosotros más de lo que está debajo”. Y a fin de cuentas la Divinidad es visible desde la posición predilecta de cada quien, pero me he preguntado si unos versos del persa Hafiz no aluden a “mujer arriba”. Los aislé para un poemita al que puse de título  “Coito”. Dice: “Y he visto ángeles/ Sentándose/ A tus oídos”.