El camaleón peripatético

La Oreja de Dionisio

Es imposible hablar de "El Gatopardo" sin mencionar que son menos quienes la han leído que quienes saben de ella por la famosa y recurrente frase en la novela, dicha por su sobrino Tancredi: “Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”.

La moraleja—dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—es que nunca hay que deshacerse de un libro por considerar que una nueva edición del mismo lo ha vuelto desechable.

—Por fortuna en el último episodio al respecto no me deshice del libro previo una vez adquirido el más reciente. La cosa fue así. Compré hace unos meses la edición “definitiva” de El Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957). Novela ubicada en la Sicilia del siglo XIX sobre una familia de la nobleza “en la época de Garibaldi, cuando hubo en Italia profundas transformaciones que precedieron a la unidad política de la península” y “el final de un mundo (el de los viejos palacios, los criados, las rentas, las fincas) a favor de otro marcado por el ascenso de nuevos ricos de origen plebeyo” (extraigo de la contraportada). La publicó Alianza Editorial en el 2010; recoge la edición de Edhasa, 2009, en traducción de Ricardo Pochtar. Su importancia es que está basada en la edición italiana del 2006, a cincuenta años de la terminación, no así la publicación, de El Gatopardo con añadidos y apéndices ausentes en la edición original de 1958. Como se recuerda, Lampedusa murió antes de ver publicada su novela y dejó la tarea a su hijo adoptivo y discípulo Gioacchino Lanza Tomasi, quien escribió el prefacio para tal edición dando cuenta de los añadidos y apéndices, a partir de hallazgos en materiales y cartas del autor que se encontraron años después de su muerte.

—Pensaste entonces en desechar la edición previa que tenías de El Gatopardo, la única disponible para ti en su momento, que recogía la primera edición de la novela en español (no se dice en qué año) a cargo de la Editorial Noguer, traducida por Fernando Gutiérrez. Pero veo que casi le tienes tirria a esa edición.

—Aclaro que no es por el modo en que está envuelta la novela El Gatopardo (Origen Planeta, 1984), ofrecida desde la portada como un estentóreo bestseller y con la foto del actor Burt Lancaster en el papel del personaje principal, don Fabrizio príncipe de Salina, en la película de Luchino Visconti. La leí mal, casi no la leí, por otro motivo: estaba impresa de modo tan barato o fenicio que la tinta sobre el papel ya amarillento desde que llegó a las librerías mexicanas parecía volverse polvo en los dedos al pasar las páginas. Ahora la veo hasta con cariño.

—Antes de ir al punto: es imposible hablar de El Gatopardo sin mencionar que son menos quienes la han leído que quienes saben de ella por la famosa y recurrente frase en la novela, dicha la primera vez no por el príncipe sino por su revolucionario sobrino Tancredi: “Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”. Todo mundo lo conoce ya como el “gatopardismo”.

—Vuelvo al asunto. Pues iba leyendo la edición definitiva de El Gatopardo y en el capítulo final (“Mayo 1910”), sobre las hijas del príncipe ya muerto y expuestas a que la Iglesia degrade la capilla de la familia por contener obras de arte y no imágenes religiosas “de verdad” para oficiar el culto, leemos sobre una de ellas, Concetta, y lo que ocurre: “La discreción de la Iglesia era la más completa que cabía encontrar en Sicilia, pero eso no significaba demasiado; dentro de un mes, o dos, la historia [de que el cardenal iría a la capilla de los Salina para degradarla] se habría difundido, como se difunde todo en esta isla cuyo símbolo, en lugar de la Trinacria, debía ser la siracusana Oreja de Dionisio, capaz de hacer resonar el más leve suspiro en un radio de cincuenta metros”. No entendí cabalmente; o entendí que algo faltaba para entender cabalmente. Fui a la edición de Planeta; dice: “La reserva de la Iglesia era lo mejor que podía encontrarse en Sicilia, pero esto no significaba gran cosa, pues todo se propaga en esta isla que más que Trinacria debía tener como símbolo la siracusana Oreja de Dionisio que hace resonar el más leve suspiro en un radio de cincuenta metros”. Es casi lo mismo; pude desechar la edición “bestseller” de El Gatopardo y quedarme con la definitiva. Excepto por la nota al pie referente a la “Oreja de Dionisio”. Se lee: “1. Cantera de Siracusa convertida en prisión por el tirano Dionisio y cuya resonancia permitía a éste reconocer las conversaciones de los presos”. Una obra de arte, camaleón; una perversa obra maestra del tirano (creo que Dante lo mete en el Infierno junto a otros Tiranos Rex) Dionisio de Siracusa.