El camaleón peripatético

Ojo de nariz solemne

Un poema de W. H. Auden empieza con el sentido del olfato: “Sé paciente, nariz solemne,/ da tu buen servicio en un mundo/ de prosa en los días que corren./ Y no contrastes con malhumor/ su olor atrevido, malcriado/ con grandes fragancias ya idas”

Te traigo este artículo de la escritora británica Muriel Spark “Sobre la nariz” (Harper’s, abril, 2014) —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—. Es de 1953 pero hasta ahora se publicará en libro. Podría subtitularse: alabanza de la nariz y denuesto de los ojos.

—No tanto así, camaleón. Tan sólo un imaginativo ejercicio en que se toma partido por las narices.

—Spark se queja de la incontinencia a la hora de adjetivar ojos. Dice que a los ojos siempre les vendrán bien adjetivos como: secos, ambiguos, azules (“claros, serenos” diría en lista aprobable don Gutiérrez de Cetina); incluso bestiales, diminutos, evocadores, obsesivos. Ojos, digamos, adjetivados clásicamente. En cambio Spark condena para los ojos adjetivos extraños en el momento en que escribió su texto, fechados a principios de los 1950: artúricos, extramurales, estricnínicos. O el único entre aquellos adjetivos que se entiende hoy: televisionarios. Claro: la tv asentaba su dominio en ese tiempo.

—Spark va más allá y se mete con la más trillada de las frases en abono de los ojos, para contravenirla en abono de las narices: “Se dice que los ojos son las ventanas del alma. Una falacia: son las ventanas de los humores y los inclines, las alarmas y las correrías, que actúan como meros imanes para más adjetivos. Nadie con una imaginación volandera debía tocar un tema propenso a los adjetivos. No ocurre así con las narices. Como son incapaces de engañar, solo se expresan a sí mismas. De hecho, la nariz es el poste de señales del alma”. Y dice más. Echa todo su resto a las narices. A las dos primeras y obvias funciones de la nariz, la olfativa y la respiratoria, Spark añade una tercera, trascendental: proclamar la humanidad. Que la nariz es nuestro lazo entre espíritu y sustancia, Cielo y Tierra, es claro desde el Génesis: “Formó Dios al hombre del polvo de la tierra, y alentó en su nariz soplo de vida; y fue el hombre en alma viviente”. La primera cosa que le ocurrió a Adán le ocurrió a su nariz. La nariz es un emblema de nuestro origen polvoso y al tiempo divino.

—Y casi al último me encantó lo que dice Spark de un asunto en especial, casualmente ahora en que un tipo logróredes a costa de desnudar, no su mirada (“ojos desnudos” también la libraría adjetivalmente) sino sus porallases frente a un cuadro de Botticelli. “Examinemos el caso de las narices en las ninfas y diosas de Botticelli, porque confirma mi convicción. Estas imágenes tienen fríos en sus narices sugeridos por un toque de color rosa en la punta. Y no sin motivo. Botticelli quería transmitir la espiritualidad suprema de mujeres elevadas. Entendió que ellas existen, por naturaleza, en un elemento tan purificado y perfecto que cuando entran a un marco natural se encuentran en una atmósfera extraña. Al darles formas humanas, en sus poses inmortales, les dio una reacción humana al cambio de clima: un frío”.

—Última cadena. Spark cita en apoyo a su tesis al poeta inglés John Donne: la nariz, “el más digno de los miembros”. No sé si varios siglos más tarde otro poeta inglés pensaba en la frase de Donne cuando escribió un poema sobre los cinco sentidos, “Precious Five”. El poema de W. H. Auden empieza, qué más, con el sentido del olfato: “Sé paciente, nariz solemne,/da tu buen servicio en un mundo/de prosa en los días que corren./Y no contrastes con malhumor/su olor atrevido, malcriado/con grandes fragancias ya idas”. Ahora bien: Spark da a entender que la nariz nunca se rebajaría a los adjetivos vistosos —mi adjetivo es deliberado— sino llanos. El “solemne” de Auden para la nariz ¿sería vistoso en términos poéticos o llano: un “solemne” de atinada llaneza? Yo usaría ese adjetivo para el ojo, por lo que sigue. En la colonia Condesa de la Ciudad de México hace años que en calles como Sonora al desembocar en Insurgentes; o en Tamaulipas cuando en esa calle los restaurantes desembocan sus agüas, los arroyos de banqueta dejan de serlo para volverse estanquillos de plata pútrida. Y hace rato, algo más. Los he bautizado “asqueaderos”. En los cruces de ciertas calles, al estacionarse los camiones de basura dejan chorrear, de sus viscosos podres y de bolsones de plástico, harto líquido. Se seca y quedan dibujados riachos de asco. Y aquí entra el ojo adjetivable por olfato contra las expectativas de Spark. “Sé paciente, ojo solemne”: antes que la nariz, el ojo es primer oledor cuando uno se aproxima a los asqueaderos.