El camaleón peripatético

Oír con los ojos

Un sordo, “privado de toda experiencia del sonido, podría deleitarse ante aquellas suaves visiones” de una partitura de Mozart; citemos un verso de Shakespeare: “Oír con los ojos, propio del fino ingenio del amor”.

Mi primera reacción fue decir que no —le susurro al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—. Cuando por medio de la escritora Jennifer Clement el grupo Seña y Verbo/Teatro de Sordos, fundado y dirigido desde hace años por Alberto Lomnitz, me invitó a hablar sobre poesía ante miembros de su troupe, pensé que sería imposible ya que un componente central de la plática había de ser el del sonido en la poesía. Lo pensé mejor; más bien: me fueron cayendo varios veintes sobre algunos ejemplos poéticos que podrían darse en sustitución o en aproximación al sonido por otros caminos. Y entonces, fui.

—Te pudo también un temor: si no incurrirías de modo involuntario en algo similar a lo que refiere Wislawa Szymborska en su poema “La bondad de los ciegos”. Cuenta cómo transcurre una lectura de poemas ante un auditorio de ciegos; los poemas rebosan de amaneceres, arco iris, nubes, etcétera. Al cabo los ciegos bondadosos aplauden y uno de ellos agradecido le da al poeta un libro con la portada de cabeza para que estampe un autógrafo invisible. ¿Qué tal si tú, frente al público de personas sordas, con dos agilísimos intérpretes en señas de tus palabras, empezabas a decir cosas del tipo “oigamos cómo suena este verso”? Habría sido un descortés numerazo.

—En realidad lo paradójico de la situación fue lo que me animó a hablar frente a integrantes de Seña y Verbo. Y escogí concentrarme en algunas zonas de la poesía donde en efecto hay mucho de paradójico o incluso de contradicción, digamos: cómo un verso en apariencia sencillo puede ser muy complejo, y lo contrario; cómo un poema largo puede centrarse en un instante, y cómo poemas breves pueden contener enormidades. Y, claro, el asunto de los sentidos en la percepción poética.

—Pusiste ejemplos de cómo en la poesía podía olerse, gustarse, verse, tocarse el silencio. Les divirtió saber que esta línea callada del escocés Edwin Morgan: “s sz sz SZ sz SZ sz ZS zs Zs zs zs z”, es un poema en sí mismo, apenas cinco caracteres más extenso que el título que lo explica, “Siesta de una serpiente húngara”. Mencionaste, en fin, el hecho de que hace más de veinte siglos en las Metamorfosis, con historias de cómo una muchacha se transforma en árbol o una madre llorosa que ha perdido a sus hijos se transforma en una roca húmeda, Ovidio inventó por su cuenta lo que en el cine se conoce como efectos especiales. Pero todo partió de la relación, llamémosle, ojo/oído.

—Así es, camaleón. Se imponía recordar, por supuesto, el “óyeme con los ojos” de Sor Juana y el “escucho con mis ojos a los muertos” de Quevedo. Pero oye o mira cómo es la cosa de los nexos (hermosa palabra como para andarla unciendo al narcotráfico o a la delincuencia organizada) literarios que se encarga de establecer la casualidad. Había yo leído semanas atrás la novela Doctor Faustus de Thomas Mann. Para la plática ante Seña y Verbo no tuve sino que ir o regresar al capítulo donde se habla de las lecciones musicales que imparte Wendell Kretzschmar, uno de los primeros profesores del personaje central en la novela, el compositor Adrian Leverkühn. Una lección es “La Música y el Ojo”. En ella Kretzschmar dice que en todas las épocas los compositores habían introducido en sus escritos algún secreto, más dirigido a los ojos que a los oídos. Hace ver por caso “el placer infinito que la figura óptica de una partitura de Mozart ofrecía a una vista ejercitada, la claridad de su disposición, la bella distribución de los grupos de instrumentos, la conducción espiritual y rica en sinuosidades de la línea melódica”. Añade que un sordo, “privado de toda experiencia del sonido, podría deleitarse ante aquellas suaves visiones”. Y cita un verso de Shakespeare: “Oír con los ojos, propio del fino ingenio del amor”.

—Ya no te dio tiempo de un nexo último. En su librito Los caracteres de la escritura china como medio poético el profesor Ernest Fenollosa y el poeta Ezra Pound desmontan la falsa creencia occidental de que la poesía china es solo visual y nunca sonora. Concluyen con el ejemplo del verso chino “El sol sale en el oriente”. Se compone de tres ideogramas o caracteres: el sol, el sol (que) sube, (en el) este. De un lado el sol y su luz; del otro el signo de oriente que es el sol visto a través de las ramas de un árbol, y, enmedio, el verbo “salir”, “surgir”, “elevarse”. Aquí también oímos con los ojos. El sol suena. Al ojo llega, va llegando, la creciente resonancia solar.