El camaleón peripatético

Nabokov se da al sueño

El escritor sufrió de insomnio toda su vida, de modo que la mayoría de sus sueños debieron darse cerca del amanecer, y algunos de ellos tal vez afectados por las pastillas para dormir.

Como casi siempre —le digo al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— Borges estuvo ahí antes. Escribió varias veces sobre J. W. Dunne y su teoría (en libros como Un experimento con el tiempo, 1927) de que en los sueños confluyen el pasado y el porvenir inmediatos. En la vigilia recorremos a uniforme velocidad el tiempo sucesivo; en el sueño abarcamos una zona que puede ser vastísima. Soñar es coordinar los vistazos de esa contemplación y urdir con ellos una historia, o una serie de historias. Vemos la imagen de una esfinge y la de una botica e inventamos que una botica se convierte en esfinge. Y sobre todo: al hombre que conoceremos mañana le ponemos la boca de una cara que nos miró anteanoche. “(Ya Schopenhauer escribió que la vida y los sueños eran hojas de un mismo libro, y que leerlas en orden es vivir; hojearlas, soñar.)”

—Pues sí, Borges. Pero es curioso habernos enterado (TLS, oct. 31-nov.7/2014) de que cincuenta años atrás Vladimir Nabokov se dio al sueño de una manera peculiar; intentó un experimento luego de leer el referido libro de Dunne. Cada mañana al despertarse Nabokov escribía lo que recordaba de sus sueños. Durante el día siguiente o los días posteriores estaba atento a todo lo que pareciera relacionado con el sueño que había tenido. De eso quedaron ciento dieciocho tarjetas escritas a mano que contienen sesentaicuatro registros de sueños, con sus correspondientes episodios de vigilia.

—Vemos, camaleón, que el meollo de su experimento era probar la teoría dunneana de que los sueños pueden ser precognitivos tanto como retrospectivos: la premisa de que las imágenes y situaciones en nuestros sueños no consisten solo en impresiones fracturadas sino que pueden ser también una visión anticipatoria de un episodio futuro. Esto explicaría también el fenómeno del déjà vu. Y aquí entra lo del tiempo. Los sueños nocturnos pueden ser una imaginativa integración de eventos tanto pasados como futuros. Esto es posible ya que, según tal proposición, el flujo del Tiempo no es unidireccional sino recursivo: no percibimos el flujo hacia atrás por no estar atentos. La tierra de los sueños es el mejor sitio para probarlo. Otra curiosidad es que Nabokov sufrió de insomnio toda su vida, de modo que la mayoría de sus sueños debieron darse cerca del amanecer y algunos de ellos, tal vez, afectados por las pastillas para dormir. Quién sabe qué habría dicho Dunne de que el experimento tuviera esos añadidos.

—No podemos dar cuenta de todos; vamos al sueño en el que Nabokov considera que por primera vez tuvo un efecto precognitivo. Nabokov lo fecha: “8 AM Oct.16, 1964, viernes. Estaba bailando con Vé [Vera, su esposa]. Su vestido abierto, singularmente moteado y veraniego. Un hombre la besa al pasar. Lo agarro por la cabeza y le estrello la cara con tal fuerza despiadada contra la pared que casi se queda colgado como carne de un gancho… Se aparta con la cara toda sangrante y se va tambaleándose”. Debajo de esto Nabokov apunta que al jueves siguiente se cumplió la precognición: en un programa televisivo hubo una referencia a la carnicería de los participantes de un complot para ponerle una bomba a Hitler; luego de matarlos, los colgaron de ganchos. Las otras precogniciones tienen que ver casi siempre con palabras que Nabokov encuentra en sus sueños y luego se le aparecen en el futuro inmediato.

—Pues el mayor momento precognitivo, camaleón, no tuvo que ver con el futuro inmediato sino con algo más allá. Y es un absoluto momento nabokoviano. El 15 de octubre Nabokov registra un sueño en el que oye a una mujer rusa hablar en una caseta telefónica. Poco después intercambian unas cuantas palabras. La mujer le pregunta cómo supo que era rusa. En la lógica del sueño él le contesta que solo las rusas hablan tan alto por teléfono. “Pregunta si me gusta estar aquí, en St-Martin. La corrijo: en Mentone (en el sueño, un sustituto para Montreux)”. Nabokov vivió en Montreux, Suiza, desde 1961. Y lo extraño es que Nabokov no tuvo, al final, por qué corregir a la mujer rusa. Quién sabe si Dunne hubiera considerado el asunto como precognición cumplida, porque o aunque no fuera inmediata. A Nabokov lo habría entusiasmado. Unos trece años después de su sueño de 1964, a su muerte en 1977, el cuerpo de Nabokov fue cremado en la ciudad de Vevey; sus cenizas fueron depositadas en la iglesia rusa de Santa Barbara. El centro funerario de esa iglesia se llama St. Martin.