El camaleón peripatético

Del "Mesías" y un indignado

En la obra de Yeats un personaje dice: “Swift reposa bajo el más grande epitafio de la historia: "Se fue a donde la feroz indignación no puede lacerar más su corazón"

Es como el “Himno a la alegría” —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—: lo has oído aunque no lo hayas oído. Tu limitadísima cultura musical no te impide conocer el “Aleluya” del Mesías de Handel. Y, lo mismo que en Navidad, durante la Semana Santa y Pascua estamos en temporada del Mesías.

—Pues yo no sé, camaleón, si la campaña publicitaria de hace unos meses, emprendida por una tienda de autoservicio, me echó a perder para siempre mi limitadísimo conocimiento, apenas tarareante, del “Aleluya”. Usaban esa música para martirizar al escucha anunciándole descuentos y precios regalados. Creo que nunca más podré oír el “Aleluya” sin que me caiga como una peste el recuerdo de esa campaña, digna de toda indignación.

—No aguantas nada. Y yo que te traje un guardado: el texto “Hallelujah” escrito hace unos años por la ensayista Rivka Galchen (Harper’s, diciembre de 2012) precisamente sobre esa obra de Handel y algunas curiosidades aledañas. Por ejemplo, se estrenó en Dublín en 1742. Galchen refiere que los taxistas dublineses aún recuerdan el estreno y lo detallan como si hubieran estado ahí hace más de 200 años. Fue a beneficio de tres instituciones de caridad y lo recaudado alcanzó para liberar a 142 presos por deudas económicas. Handel compuso la música en un tiempo récord, veinticuatro días, y tal cosa indignó tanto al libretista Charles Jennsen (cuyo libreto es un collage de frases adaptadas del Antiguo y Nuevo Testamentos) que le escribió a un amigo sobre Handel: “Su Mesías me ha decepcionado, lo compuso a las carreras aunque me dijo que se llevaría un año y que iba a ser la mejor de todas sus composiciones. Nunca más pondré en sus manos Palabras Sagradas, para ultrajarme así”. Se corren leyendas de que durante la composición los sirvientes de Handel le ponían comida que él ni siquiera tocaba, y que llegó a decirles: “Creo que he visto todo el Cielo ante mí, y al mismísimo gran Dios”. En realidad la partitura original del Mesías está llena de manchas de tinta y tachaduras; hay reelaboraciones de Handel a otras melodías, hay incluso la dirección de un banquero y notas sobre una tonada que oyó al pasar por la calle, cantada “por un niño pobre irlandés”.

—Pues añadiremos que es temporada del Mesías y de indignados (como el debate “¿Por qué estamos tan indignados?” en Tribuna MILENIO). Recordé que el escritor Jonathan Swift tuvo que ver con Handel. Más aún: antes de que lo internaran en un manicomio Swift dijo sus últimas palabras “cuerdas” cuando le anunciaron que Handel había ido a visitarlo en Dublín: “¡Ah! ¡Un alemán y un genio! ¡Un prodigio! Que pase de inmediato”. Swift murió tres años después.

—Y de Swift, como de nadie, pudo decirse: he aquí a un indignado.

—Basta ir a su epitafio. Swift lo escribió en latín cinco años antes de su muerte como parte de su testamento (aún sano, dos años antes de sus palabras sobre Handel; dejó su fortuna, unas once mil libras, para construir en Dublín un hospital que albergara lunáticos). Su epitafio, dirigido a cualquier viajero que pasara, daba cuenta de que el cuerpo de Jonathan Swift, deán de esta catedral (St. Patrick), estaba enterrado aquí, en un sitio (y viene el centro del epitafio) UBI SAEVA INDIGNATIO ULTERIUS COR LACERARE NEQUIT: donde su furiosa indignación ya no podrá lacerarle el corazón.

—Años más tarde, su paisano el poeta irlandés W. B. Yeats lo traduciría a la lengua inglesa en un breve poema.

—Menos conocido es que el mismo Yeats escribió una extraña obra teatral, Las palabras sobre el vidrio biselado; el zapato insomne ha visto en varias noches fragmentos de una película seguramente basada en la obra. Geraldine Chaplin aparece como integrante de una sociedad espírita en cuyas sesiones mediúmnicas se aparecen los fantasmas de Swift y de sus dos amores, “Stella” y “Vanessa”, repudiadas por el propio autor de Los viajes de Gulliver. La obra plantea que Swift no se atrevió a consumar en matrimonio ninguno o alguno de sus dos amores por miedo a tener descendencia que heredara su enfermedad mental. Quién sabe en la película; en la obra de Yeats un personaje dice: “Swift reposa bajo el más grande epitafio de la historia. ‘Se fue a donde la feroz indignación no puede lacerar más su corazón’”. Tampoco sé si es el más grande epitafio, como dice la obra de Yeats; sí, que la palabra indignatio y el modo en que Swift la usó se vuelven imborrables desde el primer contacto.